Plovdiv, la gema desconocida de los Balcanes que es la nueva Capital Europea de la Cultura

A pesar de sus pergaminos, la la segunda ciudad de Bulgaria es una joya todavía poco apreciada
A pesar de sus pergaminos, la la segunda ciudad de Bulgaria es una joya todavía poco apreciada Crédito: shutterstock
Elida Bustos
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24 de febrero de 2019  

Tiene siete colinas como Estambul y Roma, pero a las dos las dobla en edad. Ya era vieja cuando nació Troya y constituía una sociedad organizada en la época en que Egipto era un desierto sin pirámides.

A pesar de esos pergaminos, Plovdiv recién saltó a la fama para el gran público cuando se la nombró Capital Europea de la Cultura 2019, título que comparte con la italiana Matera.

Plovdiv es la segunda ciudad de Bulgaria y una gema de los Balcanes y por lo menos tiene 8000 años de historia. Siempre fue el corazón cultural del país, pero ahora se potenció con los 350 eventos planificados para este año y el entusiasmo que generan.

La apertura de los festejos fue a mediados de enero y la controversia por no haber llegado a tiempo con la restauración de algunos monumentos no opacó la celebración. "La inversión en restaurar y preparar la ciudad ha sido enorme", dice Simona Radoslavova, gerente de BulgariaPremiumTravel. "Ha habido contratiempos y momentos bastante complicados. Pero todo esto ya esta superado y la inauguración fue un éxito".

El marco para todo este despliegue de exposiciones, eventos culturales y música es un casco antiguo encaramado en colinas, con un anfiteatro romano espectacular y casonas del Renacimiento búlgaro reconvertidas en restaurantes, galerías de arte y cavas.

Pero quien llega hasta Plovdiv, no lo hace sólo por el despliegue cultural extraordinario de este año sino para conocer una ciudad con una historia tan extensa como intensa, que cambió tantas veces de nombre y religión como las que fue conquistada por tracios, macedonios, griegos, romanos, bizantinos y turcos.

Así es que se la llamó Kendros, Eumolpia, Filipópolis, Pulpudeva, Trimontium, Pulden, Populdin, Ploudin, Filibe y finalmente Plovdiv. Y, como los arqueólogos encontraron objetos de 8000 años en sus excavaciones, se estima que es la urbe continuamente habitada más antigua del viejo continente, a pesar del pataleo de algunas polis griegas. También es el primer lugar de Europa continental donde se produjo vino muchos miles de años atrás.

Ubicada 140 kilómetros al sudeste de Sofía, en el apacible entorno de los montes Ródope, Plovdiv es puro contraste con la capital búlgara. Sofía es amplia, a veces hasta ampulosa, con avenidas y parques muy espaciosos de reminiscencia moscovita, mientras que el casco antiguo de Plovdiv, encaramado en un peñasco, es un enjambre de calles y callejones que desconocen lo que es el terreno plano.

Los primeros viñedos

No queda claro en cual de las siete colinas comenzó la urbanización primigenia pero cuando llegaron los tracios, 3.500 años antes de Cristo, ya encontraron una sociedad organizada que los precedía desde hacía más de un milenio. Procedentes del este, de algún lugar de las planicies euroasiáticas, los tracios hicieron uno de los aportes más trascendentales que un pueblo inmigrante haya hecho a Europa: llevaron la vid. Y comenzaron a cultivarla en lo que hoy es el territorio búlgaro hace unos 5500 años, iniciando una tradición vitivinícola que se extiende hasta nuestros días.

Las técnicas de cultivo y producción se fueron transmitiendo de generación en generación y también de conquistador en conquistador. Y con el paso del tiempo, Bulgaria desarrolló sus propias cepas que atraen –principalmente en la zona de Plovdiv– a un turismo selecto. Las más conocidas son Mavrud, de oscuro color rubí, y Melnik, la favorita de Winston Churchill, así como también la cepa blanca dimyat.

Otro valioso legado de los tracios, en algunos casos próximos a Plovdiv, son los túmulos funerarios. Comparten su origen con los que se encuentran en el este de Turquía, pero a los enterratorios búlgaros los diferencia la cantidad y calidad de exquisitas piezas de oro que protegieron durante centurias.

Hasta ahora sólo el 10 por ciento ha sido excavado (y se estima que hay más de 1500) pero el legado es tan enorme que los búlgaros lo valúan por el peso de las piezas de oro encontradas en cada uno de ellos: 6,5 kilos en Panagyurishte, 13 kilos en Valchitran y 20 kilos en Rogozen, el más rico de los tesoros hallados, con más de 165 objetos.

Curiosamente, estos tres hallazgos monumentales no fueron fruto de expediciones arqueológicas sino de la mera casualidad. Panagyurishte, a 60 kilómetros de Plovdiv, fue descubierto en 1949 por tres hermanos que trabajaban en una ladrillera y estaban sacando barro para hornear ladrillos; Valchitran, por dos hermanos que estaban trabajando su viña con picos y palas y Rogozen por una persona que excavaba en el fondo de su casa para hacer un pozo de agua.

Una ciudad con 8000 años de historia y ruinas romanas que serían la envidia de Italia
Una ciudad con 8000 años de historia y ruinas romanas que serían la envidia de Italia Crédito: shutterstock

Pero de los muchos descubrimientos probablemente el más gracioso sea el de Valchitran. Los hermanos encontraron en su viña distintos objetos enterrados, entre ellos unos cántaros de metal. Como eran grandes y con asas les resultaron prácticos como comederos para los cerdos, así que se los llevaron. Con el paso de las semanas, el rozar de los hocicos dejó al descubierto que los cacharros eran de oro de 23 kilates y tenían miles de años de antigüedad. Menuda sorpresa.

Macedonios, griegos y romanos

Seguramente fue toda esta opulencia en oro y arte de los tracios lo que en su momento tentó la espada de Filipo II, el padre de Alejandro Magno. Y tanto codició Plovdiv que cuando la conquistó en el 432 AC le cambió el nombre a Filipópolis, ciudad de Filipo.

Con la llegada de los macedonios comenzó la helenización de los tracios, que dejó por resultado frescos de increíble factura en la necrópolis de Kazanlak, a apenas 76 kilómetros al noreste de la ciudad. La tumba se halla en lo que se denomina el "Valle de los Reyes Tracios", una zona rica en túmulos y templos que se pueden recorrer en un paseo de dos días en auto.

Continuando el derrotero histórico, a los macedonios le siguieron los griegos y a estos los romanos, que dejaron la herencia arquitectónica más destacada de la ciudad.

En Trimontium –Tres Montes, como la llamaron los generales romanos porque era el número de colinas que ocupaba la ciudad en aquella época– se construyó un anfiteatro para 10.000 espectadores que aún hoy le genera envidia a la propia Roma.

La obra fue de Trajano y en su época congregaba a gladiadores, poetas y actores. Hace unos años fue recuperado de su abandono y puesto en valor y hoy, con sus casi 2000 años de antigüedad, se lo considera una de las construcciones romanas mejor conservadas de Europa.

Este anfiteatro es la postal de Plovdiv, con sus columnas romanas, estatuas griegas y los gatos que se pasean entre ellas. Y no deja de sorprender que en sus gradas de mármol todavía se lean los nombres en latín en los lugares originalmente reservados para los dignatarios de la Roma imperial.

Emplazado en el casco viejo, convive el anfiteatro con otras obras destacadas de la ingeniería romana: dos acueductos, un foro y un fantástico estadio que cobijaba –en el siglo II AC– a 30.000 espectadores. Tal vez esa cifra grafique con mayor claridad el faro cultural que era Plovdiv aún antes de la era cristiana. El estadio medía 240 metros de largo y se ubica en lo que hoy es pleno centro de la ciudad baja, que es la parte moderna. Allí, semidesenterrado, se lo ve junto a la calle principal, la Knyaz Alexander I (príncipe Alejandro I).

Nuevos dioses

Cuando se apagó el imperio romano y comenzó a brillar el bizantino en el siglo IV, los dioses de la antigüedad grecorromana dieron paso al cristianismo ortodoxo que llegaba desde Bizancio. Y Plovdiv, al igual que el resto del territorio que actualmente ocupa Bulgaria, se pobló de iglesias y monasterios. Así, los arcángeles de alas puntiagudas comenzaron a cubrir las paredes de los templos que de piso a techo representaban en imágenes la vida de Jesús.

Una gema del siglo XI es el monasterio de Báchkovo (a unos 30 kilómetros de la ciudad) y, en el casco viejo de Plovdiv, aunque de construcción más moderna, las bellas iglesias de Santa Helena y San Constantino y la de la Semana Santa. Hasta ellas nos llevan las viejas calles empedradas, tan viejas que ni siquiera son romanas y se remontan a la época de los civilizados tracios.

El siguiente cambio de religión y de gobierno llegó un milenio más tarde. Más precisamente, cien años antes de la caída de Constantinopla. Fue el momento en que el imperio turco otomano plantó su bandera y la media luna islámica reemplazó a la cruz.

Entonces las iglesias se fueron cerrando y fue la hora de las mezquitas. A la exhuberancia cristiana le siguió el minimalismo artístico musulmán, con edificios destacados pero de interiores sobrios para no distraer al orante. De la hegemonía turca que duró más de 500 años sobrevivieron dos mezquitas cuyos espigados minaretes parecen ajenos a este paisaje búlgaro, a primera vista tan ortodoxo.

Y de esa última etapa imperial, de los siglos XVIII y XIX, se conservan también algunas casas de mercaderes prósperos. Una de ellas fue convertida en el Museo Regional Etnográfico y allí se puede conocer a través de objetos cotidianos, herramientas y vestuario cómo se desarrollaba la vida diaria de musulmanes y cristianos en las últimas décadas del imperio turco.

Estas viejas casonas, tan señoriales, son representativas del estilo arquitectónico que se conoce como Renacimiento Búlgaro. Y hoy, con sus amplios jardines arbolados –que se parecen a las antiguas casonas de Belgrano–, han recobrado vida al abrir sus puertas a cavas, restaurantes o galerías de arte, establecimientos todos que contribuyen a crear ese clima de relax y buen vivir por el que ya era famoso Plovdiv.

Música en las calles

Como verdadero eje de la movida cultural y gastronómica búlgara, esta ciudad es un caldero de actividades culturales y sociales durante todo el año, potenciado en el 2019 por el galardón europeo.

Obviamente son los meses del verano los que más turismo atraen. Es el momento en que la música gana las calles del casco viejo, se ven tiendas de arte al aire libre, los cafés se colman de gente y la gastronomía se convierte en actividad gourmet.

Pero cada estación genera sus actividades y tiene su público: en otoño los amantes de la ópera van al anfiteatro, en primavera los compradores de arte visitan muestras y galerías y en distintos meses del año búlgaros y extranjeros llegan para participar de los concursos de cata y exposiciones internacionales que organiza la industria del vino. Por ejemplo Vinaria.

En los alrededores, entretanto y especialmente en el verano, toda la planicie y el Valle de Tracia se abren a la exploración. Por lo que un buen plan es tomar a Plovdiv como base, alquilar un auto y salir a recorrer sitios arqueológicos y bodegas, todos en un radio muy accesible.

No obstante, aún un par de días en el casco viejo le darán la respuesta al viajero de por qué esta ciudad está tan asociada al buen vivir. Simplemente hay que ubicarse en algún barcito cerca de la muralla, café de por medio, y escuchar de sus recovecos los susurros de tantas historias de pueblo, algunas que de tan viejas… ya son milenarias.

Datos útiles

Cómo llegar: Desde Buenos Aires hasta Sofía vía Madrid, Londres, Frankfurt o Estambul. Y desde Sofía, en ómnibus hasta Plovdiv (un poco menos de dos horas de viaje). Sugerencia: pernoctar en la ciudad. No se conforme con un tour de medio día.

Qué hacer

  • Fortaleza de Asenovgrad, 20 km al sur de Plovdiv. Monasterio de Báchkovo, 30 kilómetros al sur. Bodegas boutique. Kazanlak en el Valle de los Reyes Tracios y otros sitios arqueológicos.
  • Excursiones en español: Bulgaria Premium Travel bulgariapremiumtravel@gmail.com

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