
Hay muchos usuarios que asocian la potencia de los motores con la velocidad final del vehículo. La pregunta es: ¿para qué querés tanta potencia si en autopistas no podés ir a más de 130 km/h?
La responsabilidad de respetar los límites de velocidad, y de todas las señales de tránsito, así como las convenciones tácitas (por ejemplo, usar la luz de giro, ceder el paso cuando corresponde en cruces y rotondas, respetar los carriles de circulación, facilitar los sobrepasos y varias más que cada vez se ven con menos frecuencia en calles y rutas), es siempre del conductor. No del vehículo. Es el factor humano el que toma las decisiones detrás del volante.
Sin embargo, en un país como el nuestro, con una red vial compuesta básicamente por carreteras de una sola calzada con dos manos opuestas, la potencia de un vehículo, así como los frenos, pueden ser factores decisivos para evitar un accidente.
En un sobrepaso rutero necesariamente hay que ocupar la contramano. La regla de oro es simple: cuanto menos tiempo estemos en esa situación, tanto mejor. Sobrepasar y volver rápido al carril sin obstruir, claro, la circulación del vehículo que acabamos de pasar es sinónimo de seguridad. Sin olvidar que estas maniobras hay que hacerlas con prudencia y evitando tomar riesgos inútiles y peligrosos.
Es aquí donde entra a cobrar gran importancia la potencia del motor. Porque la relación entre el peso y la potencia es la clave de la capacidad de aceleración de un móvil. Cuanto más pequeño es ese número (en automóviles estándar ronda los 11 kg
CV), mayor será la reacción del vehículo cuando apretamos el acelerador. Esta capacidad de aceleración puede sernos muy útil para sobrepasar sin riesgos en la ruta, reduciendo el tiempo que circulamos de contramano.
Por eso, resulta muy útil conocer cómo acelera, reacciona y recupera la velocidad nuestro automóvil para evaluar mejor y poder tomar la decisión corrrecta en las siempre riesgosas maniobras de sobrepaso. Respetando, claro está, los límites de velocidad máxima.







