
Cruzó el océano en 8 días, 23 horas y 59 minutos
1 minuto de lectura'
Ponga muchos -pero muchos- dólares, busque a un arquitecto naval como el francés Philippe Briand que se dedique full time a proyectar un barco de vela de 145 pies (45 metros, ¿le alcanza?) y 120 toneladas de peso, propóngase hacer explotar el récord del cruce del océano Atlántico para monocascos (que, dicho sea de paso, por bastante tiempo tuvo en su poder nuestra fragata ARA Libertad), junte a los mejores expertos en fibras de carbono y cosas así, forme una aguerrida tripulación multinacional comandada por Lionel Pean, bautice al monstruo Mari-Cha III y, voilá !, usted es el ciudadano británico Robert Miller.
El resto es historia, porque el velerito en cuestión, al cruzar la llegada en medio de una galerna de aquéllas (más de 50 nudos de viento, o sea noventa y pico de kilómetros horarios) cumplió holgadamente su cometido, registrando apenas un minuto menos que nueve días, y dejando así de chiquito el récord anterior por nada menos que dos días, trece horas y veintitrés minutos.
El colosal queche puso en jaque a toda la industria naval desde el instante mismo de su concepción. En Nueva Zelanda, los técnicos de la velería elegida tuvieron que desarrollar un gennaker de 700 metros cuadrados de kevlar, con un peso de 275 kilos, por ejemplo. El astillero, por su parte, logró un timón capaz de sobrevivir indemne a prolongadas planeadas de 30 plus nudos (56 km/h). Y así.
Controlar a este Gulliver tuvo sus bemoles, también. Desenrollar el genoa ocupa a tres personas en los molinetes durante tres minutos y medio.
Con orden y sin apuro
Trasluchar, o sea pasar las velas de una banda a la otra con el viento desde la popa, requiere 45 minutos (sí señor, tres cuartos de hora), en los cuales hay que, coordinada y planificadamente, 1) arriar por completo la mesana (vela del mástil de popa), 2) enrollar las velas de proa y 3) tomar rizos a la vela mayor (achicar su área) con el fin de que su baluma (orilla de popa) pueda pasar por los stays o barras popeles que sostienen al mástil mayor.
De todos modos, con más de 35 nudos de viento, ni siquiera así se ha podido trasluchar, porque los battens de la vela mayor se convertían en talco de carbono, quedando el único recurso posible: virar por avante.
Aunque Mari-Cha III, para este exitoso intento, fue alivianado al bajarle de sus entrañas elementos superfluos, está plenamente capacitado para la navegación de placer, con todas las comodidades que es posible concebir, como es el caso del accionamiento hidráulico de toda su maniobra.
Se nos va el siglo y somos testigos de deslumbrantes avances, en este caso en la más que cinco veces milenaria actividad de ser propulsado puramente por el mismísimo Eolo.
Probablemente nadie tenga siquiera idea de lo que aún nos va a deparar el destino en la centuria venidera. Tal vez sea mejor así. Hay sorpresas que, precisamente por ello, deben ser esperadas con ansiedad.






