
En el Museo del Automóvil, se puede ver el auto recuperado de Oscar Gálvez
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Pudo creerse que se la había olvidado, pero no. La empanada vivía protegida en la memoria de los profesantes, que la conservan envuelta entre los algodones recogidos de plantas alborotadas con el mejor armiño.
La empanada..., se refosilaban, descolgando un paréntesis de silencio protegido entre el asombro y el amor. ¿Por qué empanada ? Pues, por el picante aderezo que tenía la preparación del motor de carrera y la excepcional riqueza de una delirante relación entre el peso y la potencia, dos razones esgrimidas por los técnicos, que sostienen que no cabe sentimiento alguno en la singular alquimia de la competición. Aunque muchas veces ellos sean apóstatas de semejante blasfemia. Hasta que como en los mejores cuentos, hubo una vez...
¡Vaya usted a saber en qué momento, cuándo y cómo la empanada de Oscar Alfredo Gálvez retornaba para instalarse en el centro de una conversación sin tapujos de gente enamorada de los fierros !
¿El influjo del Museo del Automóvil? ¿La sonrisa del Aguilucho de los verdes años? ¿La paciencia de Quique Zappala, el chapista que la había vestido cuando el siglo XX ajustaba la bisagra de los años 50?¿El amor que siente Luis Espadafora por los autos o la sabiduría de Pacucho Godoy, recordando sin estridencias sus años a fondo, compartiendo con Oscar la cabina del auto de carrera más esperado en todos los caminos del país?
Inútil buscar la punta de semejante ovillo. Alcanza con tener ese ovillo entre las manos. Desandar el tiempo. Y saber que ella ha vuelto y está aquí.
El arcón del Museo del Automóvil, que dirige Espadafora en la calle Irigoyen 2265, alberga infinidad de joyas. Y no es fácil seleccionar entre ese despliegue de belleza, que se muestra sin soberbia, la mejor. Por eso, pocas tienen la dimensión de las que se acumulan en lo que el ingenio popular pasó a denominar en poco tiempo, el rincón de Gálves . El sector con la exposición de dos autos: el último TC, que el Aguilucho armó en sus ratos libres, cuando había dejado de correr, y la empanada .
Esta máquina fue la que le permitiría a Oscar enfrentar el duro desafío del automovilismo TC en los autódromos cuando, paradoja de por medio, el país atravesaba una situación económica comprometida. Y el corredor que quería ganar era obligado, en medio de la escasez y la necesidad, a tener dos coches. Uno fuerte, robusto y pesado pero veloz, para el camino. Y otro, alivianado hasta lo inconcebible, para pelear en las tortuosidades del Autódromo.
Diversión total
Esas empanadas hicieron su agosto. Lo prolongaron casi un quinquenio, hasta que la técnica se orientaba en busca de vehículos más modernos. Pero hubo un tiempo en que una multitud acudió a ver las empanadas , porque la diversión era total. Y el aburrimiento venía a ser un extraño espectador desorientado que ponía los pies en polvorosa. Porque allí no tenía lugar...
Enfatizo. La empanada de Oscar de ahora es una expresión de amor que llega mucho más allá de sus líneas, redescubiertas -precioso recurso- por el mismo chapista (profesión noble, si las hay), que guardaba en su casa hasta los dibujos hechos por el propio Oscar en una libreta. Eso, después de borronearlos con tiza en el piso de su taller...
Quique Zappala es el hombre clave de la máquina que usted puede ver, imaginando que Oscar está al volante. Recuerda Espadafora que en una rueda de amigos de Oscar, alguien contó que había conservado las campanas de freno de aquel coche pistero. Y otro sabía quién tenía el tren trasero. Y otro más sabía que en la casa de un vecino, había quedado olvidado el volante.
Y ahí está. Incluyendo las soluciones técnicas que imaginó Oscar y las que arrimaba Pepe Martins para volver a materializar la réplica más formal y solidaria de aquel auto que tuvo Oscar.
Así se fueron sumando recuerdos y piezas. La mezcla preciosa para coordinar el esfuerzo y llegar a la reconstrucción perfecta, fue el amor. El amor que se tiene por Oscar.
Es que el coche fue posible porque se mantiene inalterable el amor que despertó aquel chico grande de corazón abierto. Un personaje del libro Corazón de nuestro siglo.
Lo mejor es que la empanada no está sola. Oscar -un frustrado médico como había querido ser- desde chico- resultaba un respetuoso conservador de testimonios.
Si usted tiene tiempo, volverá a ver como de la mano de Oscar, otras joyas que rodean sus autos. Sume: las facturas del taller mecánico que tenía su padre ( El Rápido , de don Marcelino Gálvez) en la Avda. San Martín 1574 al 80 con el detalle evocativo: U.T. 59 Paternal 0184 (cuando las características tenían un nombre propio, que perdieron con el tiempo, y bastaban cuatro números para comunicarse, mientras la vieja Unión Telefónica servía).
Y los billetesy las monedas de todos los países por los que atravesó la inolvidable Caracas que Oscar, sin mortificarse por su desclasificación, guardaba como testimonio de una auténtica cruzada deportiva. Y la válvula rota, del GP del 61 ("cuánto sufrimiento!; la gente alcanzaba agua hasta en palanganas por el requerimiento del avión de la transmisión, para completar la última etapa, que Oscar ganaba, acechado por el abandono en cada kilómetro"). Y sus registros de conductor. Y sus fotografías. Y los más insólitos regalos de sus hinchas...
¿Sabe qué cosa más? ¡Hasta dos válvulas del Alfa 3.8, que fue el primer auto que derrotó a los invencibles corredores europeos!
Le digo solamente esto otro: usted se encontrará con Oscar en el Museo del Automóvil. Lo volverá a ver. También creo que hasta lo escuchará, de nuevo...
Con el esfuerzo de unos pocos
La empanada fue posible por la contribución de Pacucho Godoy, Roberto Albuerne, José y Héctor Díaz, Jorge Megatón Lepiane, Juan C. Geppi, Carlos Leonhar, Alberto Arriague, Félix Quiroga y Henry Aguirre, con el apoyo de Quique Zappala y la orientación de Luis Espadafora. Apenas en 3 años y entre todos.






