
1 minuto de lectura'
Puede decirse que el Circuito Parque de la Independencia, de Rosario, tiene el orgullo, como pocos en el país, de haber recibido su bautismo automovilístico con las máquinas más selectas del mundo, consideradas como verdaderos autos de Grand Prix.
Si bien en 1936, que es cuando se inaugura oficialmente, sólo aparecen dos Bugattis, una Type 35 y una Brescia, y gana la carrera Osvaldo Parmigiani con un Ford V8, ya al año siguiente los Alfa Romeo se adueñan del circuito. A partir de allí, los autos Grand Prix dominan la escena por muchos años.
El encanto de su trazado y su paisajismo cautivaron a los pilotos extranjeros que compitieron entre 1947 y 1950.
Es que, como bien dice Jorge Augé Bacqué en su libro Vértigo en el Parque de la Independencia , el paseo público era orgullo de los ciudadanos rosarinos, que había sido adecuado como pista de carreras al estilo de las que se armaban en el Bois de Bologne, en París; en el puerto de Mónaco; en Montjuich, España; en Montova, o en Pescara en Italia, entre otros tantos.
Su proyección internacional llega en 1947 con la Temporada Internacional. En Buenos Aires se corrieron dos carreras en Retiro y en el interior una en Rosario y otra en Rafaela.
Eran los tiempos de un joven, aunque ya plateado, Gigi Villoresi y su ocurrencia de colocarse una hoja de repollo entre el casquete de tela y su cabeza para paliar los efectos del calor; los de un Achille Varzi con su Alfa Romeo 3800 y su remera a rayas que salía de los boxes con un cigarrillo en la boca y acelerando a fondo; los de un Phillipe Etancelín con su gorra de visera vuelta hacia la nuca, apretada por el elástico de las antiparras; eran los tiempos del ancorizado de las gomas : cuando amenazaba la lluvia, los mecánicos rápidamente, con un serrucho, aserraban transversalmente la banda de rodamiento, haciendo unos cortes profundos, separados unos dos centímetros entre sí, por donde se expulsaba el agua. Eran los tiempos en que los argentinos, con máquinas propias, podían pelear mano a mano con los pilotos extranjeros..
Allí, en 1948 se consagró el ídolo francés Jean Pierre Wimille con un auto pequeño, similar al que corrióen esa misma carrera Juan Manuel Fangio: el Simca Gordini, de muy baja cilindrada, pero muy ágil, que se adaptaba muy bien al sinuoso trazado del Parque de la Independencia. Al año siguiente, con ese mismo auto se mató durante un entrenamiento en el circuito de Palermo. Luego de sufrir un vuelco, logró salir del cockpit y llegó a decirle a su mujer que había llegado rápidamente al lugar del accidente, "Je ne sais pas ce qu´est arrivée" (Yo no sé qué pasó), para luego desplomarse sin vida.
En ese circuito de Rosario, en 1949, Nino Farina obtuvo la primera victoria para Ferrari en América del Sur, ganó bajo la lluvia, y la segunda en el orden mundial.
En una cuidada edición de 84 páginas en papel ilustración de buen gramaje, profusamente ilustrado, con tapas duras, Jorge Augé Bacqué ha sabido hilvanar, en un relato minucioso, los hechos aislados que se conservan en amarillentos recortes y en la memoria de no muchos, para recrear la historia del inolvidable Circuito Parque de la Independencia.






