
El utilitario deportivo está dirigido especialmente a la aventura urbana. Tiene un muy buen confort de marcha y un moderno propulsor turbodiesel de consumo contenido
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El Land Rover Freelander es, decididamente, un 4x4 muy diferente a los que nos tiene acostumbrados la marca británica (ahora de Ford), ya que es un modelo destinado a competir en el mercado de los todoterreno de uso ciudadano y para un off-road para los que no planeen exponerse a grandes exigencias.
Está construido sobre una carrocería monocasco con suspensiones independientes, reemplazando así el tradicional chasis de largueros y travesaños de sus hermanos mayores. La transmisión, fiel a la tracción integral, deja de lado la caja con las tradicionales reductoras para cambiarla por un sistema de gestión electrónica y automática de reducción.
Uno de los puntos fuertes del Freelander es su logrado diseño exterior con líneas redondeadas, sin perder la personalidad de Land Rover. El capot frontal, el ángulo del parabrisas con continuidad hacia el techo más los paragolpes y los fenders (fabricados en polipropileno de alta resistencia) le entregan un aspecto moderno, musculoso.
Sin lujos excesivos, el luminoso interior es confortable, despejado, con buena capacidad para cinco pasajeros, con calidad en sus materiales y terminaciones.
El equipamiento de la versión de 5 puertas que probamos es irreprochable y cuenta con todos los elementos de última generación, aunque se podría criticar, según nuestro gusto, la falta de ergonomía en los levantavidrios, que están en la consola central.
Todo esto, combinado con una buena insonorización y el excelente trabajo de las suspensiones, desemboca en un confort de marcha realmente elevado, sobre todo en lo que se refiere al tránsito en el asfalto (mojado o seco) o en caminos compactos de arena, tierra o ripio en los que, por más irregulares que se presenten, este utilitario deportivo muestra sus principales virtudes pasando sin inconvenientes y con seguridad aun con un ritmo alegre.
El desempeño off-road se resiente en las superficies blandas (arena o barro) de donde conviene alejarla, ya que para salir airoso de estas condiciones se necesita mucho torque a bajas revoluciones y la potencia de la Freelander probada empieza a sentirse cuando el turbo comienza a funcionar, lo que sucede alrededor de las 2000 rpm. Esto también deja claro que, por ahora, la electrónica no supera a la tradicional caja reductora para enfrentar desafíos intensos.
La nueva planta impulsora Td4, con inyección directa y common rail, turbo e intercooler, mueve al vehículo con soltura, entregando correctas prestaciones tanto en el tránsito de la ciudad como en las rutas, evidenciando también un consumo muy contenido.
El Freelander, por tecnología, equipamiento y rendimiento es más que una interesante opción para tener en cuenta a la hora de visitar concesionarias.






