
Complejas para construirlas son, sin embargo, sumamente eficientes
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Los grandes yates de placer de motor siguen siendo los reyes de los salones náuticos de todo el mundo.
Réplicas en pequeña (¿pequeña?) escala de los grandes buques de ultramar tienden a conservar sus características externas: líneas estiradas, aerodinámicas, profusión de ventanales y bajo perfil del conjunto.
Pero hasta ahora no se había popularizado en ellos el bulbo de proa, cosa común y corriente no sólo en petroleros, sino en ferries y hasta en remolcadores de mar y pesqueros de altura.
Ya no. En Holanda se están construyendo, en aluminio, grandes cruceros de motor con voluminosos bulbos al pie de sus rodas.
El formato puede resultar llamativo, principalmente si se considera que eso encarece el costo constructivo, que una vez en puerto puede resultar averiado por maniobras desafortunadas de embarcaciones menores y, por sobre todo, porque lo único que transportan es aire, y rara vez agua potable, gasoil o fueloil.
En algunos casos se los usa como depósito circunstancial de agua de mar, buscando equilibrar el asiento longitudinal, o actitud que toma el barco de hundir la proa o la popa tanto en navegación como en el puerto.
Para consumir menos
Pero la ventaja de los bulbos es mucho más sutil y casi puede pasar inadvertida en una primera instancia.
Cuando una proa avanza, rompe el agua, y como ésta es incompresible, se aparta a un lado y otro y se eleva, venciendo al aire que, aparte de ser mucho más liviano que el agua, es compresible.
Se forma así lo que se denomina ola de proa, exactamente sobre la propia roda o filo oblicuo de la proa.
Sin embargo, principios sagrados de física establecen que una ola es un visible despilfarro de energía. Un buque no se hace para andar toda su vida útil fabricando olas y malgastando así, no solamente el combustible que lo propulsa, sino acortando su radio o alcance o autonomía de marcha.
Por eso, un bulbo bien diseñado obra como un pequeño submarino que precede al buque. Totalmente sumergido, es capaz de anticipar la brutal intromisión de la proa y con ella todo el buque, acomodando al agua de manera tal que, cuando se produce el ataque de la proa, la ola generada es menor porque ha tenido tiempo de encauzarse, aplacarse y acomodarse con fin de ser menos protuberante, y por ende menos nociva en cuanto a gasto inútil de energía.
El bulbo es como un heraldo, una avanzada del propio barco, y su perfeccionamiento en los últimos años ha demostrado que ha llegado, ha sido aceptado, y que se quedará seguramente por muchos años más.






