
La oscuridad también modifica la atención, la percepción del riesgo y los tiempos de reacción; qué ocurre en el cerebro cuando se conduce
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La ruta es la misma, el auto también y quien maneja puede incluso conocer el camino de memoria. Sin embargo, conducirlo de noche es una experiencia diferente, ya que cambia la forma en que el conductor percibe y procesa lo que ocurre a su alrededor.
La explicación aparece en distintos estudios de psicología aplicada al tránsito. Durante la noche confluyen dos fenómenos: disminuye la cantidad y calidad de la información visual disponible y, especialmente durante la madrugada, el organismo atraviesa naturalmente un período de menor estado de alerta.
La conducción depende en gran medida de anticiparse. Detectar un peatón, reconocer una curva, advertir el movimiento de otro vehículo o identificar un objeto sobre la calzada permite decidir qué hacer antes de llegar hasta él. De noche, esa tarea se vuelve más difícil.
Una investigación de la Universidad de Nottingham estudió los movimientos oculares de conductores bajo distintas condiciones de visibilidad. Al comparar conducción diurna, nocturna y con lluvia, encontró que la reducción de visibilidad modifica y deteriora las estrategias de búsqueda visual utilizadas al manejar.
Otros ensayos realizados en condiciones reales comprobaron que con poca luz disminuye la capacidad para reconocer elementos del camino. Incluso una buena agudeza visual medida durante el día no necesariamente predice qué tan bien una persona será capaz de detectar objetos durante la noche.
Ahí aparece uno de los aspectos más relevantes desde el punto de vista psicológico, ya que el conductor no siempre es plenamente consciente de cuánto perdió su capacidad de detección.
Investigadores que estudiaron el comportamiento nocturno señalaron hace tiempo esta diferencia entre las posibilidades reales de la visión y la percepción que tiene la propia persona de ellas. En determinadas circunstancias, un conductor puede mantener una velocidad que le deja menos distancia para reaccionar de la que supone.

El caso de los peatones resulta especialmente ilustrativo. Diferentes trabajos experimentales demostraron que durante la noche pueden ser reconocidos a distancias considerablemente menores, un problema que además se agrava con el deslumbramiento y determinadas dificultades visuales. Por eso, bajar la velocidad durante la noche da más tiempo para compensar una detección que puede producirse más tarde que durante el día.
No hace falta quedarse dormido
A la oscuridad se suma otro elemento: la hora. La NHTSA, el organismo de seguridad vial de Estados Unidos, advierte que los siniestros relacionados con somnolencia aparecen con mayor frecuencia entre la medianoche y las seis de la mañana. Es uno de los períodos en los que desciende naturalmente el nivel de alerta debido al ritmo circadiano.
El problema puede aparecer bastante antes de que una persona llegue a dormirse. La somnolencia afecta aspectos esenciales para conducir como la vigilancia, la atención, el tiempo de reacción y la capacidad para procesar información. Por eso puede existir deterioro en la conducción aunque el automovilista crea que todavía es capaz de continuar.
La falta de descanso potencia ese efecto. Un análisis de la AAA Foundation realizado sobre miles de conductores involucrados en siniestros encontró que quienes habían dormido entre cinco y seis horas durante las 24 horas anteriores presentaban una tasa de participación en choques 1,9 veces mayor que aquellos que habían descansado al menos siete horas. Con entre cuatro y cinco horas de sueño, la relación aumentaba a 4,3 veces.



