"Parece que hubiera explotado una bomba"
Nicole Salmun Feijoo, cansada de vivir en Saavedra, un barrio que en cada inundación le lleva todo, decide mudarse; el relato de su desilusión y sus pérdidas
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Baja el agua y Nicole Salmun Feijoo, una vecina de Saavedra, empieza a contabilizar los daños. Cuenta que los artefactos eléctricos -el televisor, el equipo de música, la computadora, el lavarropas- quedaron tapados de un líquido mugriento. La cama en la que se refugió con su pareja cuando empezó a subir el agua también terminó mojándose; y los sillones y las sillas y las cómodas nadaron entre las cuatro paredes de la casa que comparte con su novio. "Ayer caminábamos por acá y abajo del agua pisábamos libros, álbumes de fotos", cuenta. Dice que, más allá de lo material, esas son las pérdidas que más la angustian.
Hoy mira los restos de sus cosas y selecciona lo que puede llegar a servir. El resto va a parar a bolsas de consorcios para tirar a la basura. "Caminás por este barrio y parece que hubiera explotado una bomba. La gente saca todo a la calle", dice a LA NACION. Como todavía no se secó todo, no se anima a enchufar los artefactos a ver si algo sirve, si alguno se salvó pese a estar sumergido bajo el agua durante tantas horas.
Su auto, que flotó en la calle como un bote, quedó descartado. En la anterior inundación ya lo reparó completo y, pese a que pretende mudarse, no está dispuesta a volver a invertir varios miles para que vuelva a funcionar. "Habrá que venderlo", dice. Habla y siente bronca e impotencia: "Lo peor es que nos dejaron solos. Cuando empezó a subir el agua llamé al 911 y no apareció nadie. Acá estamos sólo para ayudarnos entre vecinos". Algo similar pasó en noviembre pasado, recuerda, y agrega que no cree que cambie nada.
"Haber perdido todo y tener que irnos, abandonar nuestro lugar, eso es lo que más duele, no ser libres de elegir", se lamenta. Se despide. Dice que tiene que seguir embolsando ropa: ya tiene seis bolsas de consorcio para llevar al lavadero a ver qué puede recuperar.


