Un viaje en Unimog a territorios a los que no entra casi nadie
LA PLATA. - El teniente del Ejército que estaba a cargo de la distribución de agua potable se movía con pasos ligeros hacia la esquina de 2 y 53. Hacía señas para que liberaran el paso. "Estate atento de tener la salida libre -le dijo a uno de los choferes-. Fijate que el de comunicaciones lo tengo recontra obstaculizado." Giró la cabeza y controló el trabajo de siete soldados, que cargaban cajones de plástico repletos de sachets de un litro de agua en el Unimog, estacionado de cola a la planta potabilizadora y ensachetadora móvil montada frente al Ministerio de Justicia y Seguridad bonaerense, que envasa 2000 litros por hora.
"Nuestra misión es llegar a los lugares donde no hay agua potable. A veces se complica, como anoche en Villa Elvira. Me llamaron para que mandara a la Gendarmería porque le iban a dar vuelta el camión . La gente no quería agua, quería comida."
Hizo una pausa para saludar al gobernador Daniel Scioli y a la ministra de Gobierno, Cristina Álvarez Rodríguez, que se sacaron fotos con los sachets de agua, sonrieron y se fueron, dos minutos después. Acaso tres.
Era cerca del mediodía y ya había dos Unimog listos para salir. Mientras esperaban, un funcionario de camisa y corbata bajó por las escalinatas del ministerio con un bidón de dispenser vacío. "En el ministerio no hay agua potable", dijo, y les pidió a los soldados que llenaran el bidón. Luego llegaron más empleados con bidones.
Uno de esos Unimog no iba a ir a ningún lado, al menos en ese momento. El motor hizo un ruido, el camión se movió bruscamente y después se quedó quieto y silencioso. "Se rompió el embrague. Y... éstos son muy lindos, pero viejos, de la década del 70", dijo un soldado. LA NACION se trepó al otro camión, que se dirigía al barrio San Carlos, en Los Hornos, uno de los lugares más peligrosos del extrarradio platense, y de los más afectados por las inundaciones.
"Hoy ya fuimos a Altos de San Lorenzo y Villa Elvira. Estaba más tranquilo que anoche", dijo un soldado antes de emprender la marcha. La noche anterior, contó, un grupo de vecinos casi saquea un camión del Ejército que llevaba comida. Fue a un kilómetro del Estadio Único.
El Unimog cruzó la circunvalación y al llegar a 147 dobló a la izquierda. A medida que avanzaba, las casas eran más precarias y aumentaba el número de montículos de basura, restos de muebles, muñecas decapitadas y otros juguetes perdidos.
El Unimog se detuvo en 147 entre 50 y 52, frente a la única casa de dos plantas que se ve por el barrio, y fue rodeado por los vecinos. Desde abajo, algunos gritaban: "¡Agua! ¡Agua!". Entre la casa y la calle, había una mesa improvisada con tablas repleta de ropa. "Son las donaciones", contó Walter, el dueño de la casa, que había alojado a tres familias durante el peor momento de la tormenta y ahora se ocupaba de organizar el reparto de agua, comida y ropa en el barrio.
"Yo lo único que te pido es agua. No quiero ni colchones ni frazadas. Agua, solamente, Walter. Y un par de zapatillas 46 para el Negro, que está en patas, el pobre", pidió una mujer llamada Silvia. Un anciano huesudo, con la espalda torcida como una hoz, casi suplicó: "Yo sí quiero una frazada y un colchón para descansar".
Las cosas habían sido distintas los días anteriores. Contó Walter: "Nadie venía a ayudarnos. Cortamos la 44 para llamar la atención, y siguieron sin aparecer. Éramos 40. Como no venían, fuimos al Chino de 44 y 144 y empezamos a querer levantar las persianas para agarrar comida. Ahí si apareció la policía y Gendarmería a tirotearnos con balas de goma. Como dos horas nos tirotearon. Nosotros les tiramos piedras. Quedamos diez, resistiendo. Para darnos una mano ni aparecieron. Para reprimir, para venir a tirar tiros, sí que vinieron enseguida".
Los soldados terminaron de entregar el agua y el camión emprendió la vuelta. Eran cerca de las dos de la tarde.






