
De autodidacto a doctor honoris causa
Recibió la distinción, otorgada por el consejo de la universidad, en el Congreso de Matemática Aplicada
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La verdad matemática es helada e inmutable. Reside en un universo etéreo que está más allá de la banalidad del mundo físico, y enceguece a sus adoradores con la belleza del orden y la armonía supremos.
Misha Cotlar -que, al cabo de una vida dedicada a la música de los números, acaba de recibir el doctorado honoris causa de la Universidad de Buenos Aires- pertenece a esa casta de sacerdotes de la belleza de las ideas.
Nació en una pequeña ciudad rusa, hace casi 90 años, y llegó a Uruguay a los 16, prácticamente sin haber recibido educación formal.
"Hice un año de escuela primaria -cuenta, hablando lentamente con un fuerte acento extranjero que aún conserva-. Tampoco cursé la secundaria. Mi padre me enseñó algunas cosas y luego me ayudaron todos para que pudiera graduarme en los Estados Unidos."
Es que, aunque niega haber sido un chico superdotado ("No... ¡qué voy a ser yo!", exclama, con humildad inquebrantable), Misha Cotlar es protagonista de una historia sorprendente: siendo prácticamente autodidacto, en 1951 viajó a los Estados Unidos y se doctoró en matemática en la Universidad de Chicago.
"Algo sabía por las cosas que me había enseñado mi padre, que era un hombre cultísimo -cuenta, y luego murmura-: es una larga historia. No creo que sea interesante."
La reina de las ciencias
Pero empecemos por el principio. Todo comienza cuando el padre de Misha, que había ganado un concurso de problemas de ajedrez, les menciona a unos periodistas que tiene un hijo interesado en la matemática. Acto seguido, Rafael Laguardia, fundador de la escuela matemática uruguaya, va a su casa, le ofrece sus servicios y lo introduce en los territorios de la reina de las ciencias.
"Es que los matemáticos son gente muy generosa y cuando vieron que a mí me gustaba... -susurra-. Adoran todos la misma diosa... pero, claro, tuve la suerte de encontrarme con gente muy, muy especial."
A poco de su llegada a Buenos Aires, en 1935, Cotlar se convierte en el protegido de la hermandad matemática local. "El doctor Juan Carlos Vignaud hasta me pagaba el alquiler -recuerda-. Y cuando iba a su casa, las hermanas me daban comida para una semana. El me enseñó y me recomendó alumnos particulares. Y con esto pude vivir. Fue una persona clave de mi vida. Después conocí a Rey Pastor, a Alberto González Domínguez..."
Cotlar progresaba y hasta daba cursos en la facultad, pero sin tener título académico. Entonces, gracias a las gestiones de los matemáticos argentinos, obtuvo una beca para estudiar en Yale y luego en Chicago.
"En el 53 volví con el título y pude enseñar en la facultad hasta 1966, cuando fue intervenida por el gobierno militar -prosigue-. Ese año renuncié, junto con muchísima gente, y me fui a los Estados Unidos. Estuve en la Universidad de Rutgers, cerca de Princeton. Pero, claro, allá había demasiada gente y yo no me sentía útil. Lo que yo podía hacer no era gran cosa. Entonces, fui a la Universidad de Caracas, y me sentí mejor."
A lo largo de su vida, Misha Cotlar desarrolló un área de estudio que se conoce como análisis armónico : "Se puede decir -explica- que así como las cosas complicadas y difíciles se componen siempre de otras más sencillas, la idea básica es que las cosas más difíciles se desarrollan en series armónicas, que están bien estudiadas, se conocen bien. De esta manera, se reduce el estudio de funciones muy complicadas a otras más sencillas y bien conocidas. Se trata de uno de los métodos fundamentales de la matemática. Uno de los más grandes matemáticos del siglo XX es el argentino Alberto Calderón, un genio. Yo tuve la suerte de hacer amistad con él y éste era su tema. La matemática local ha hecho una contribución muy importante en análisis armónico. Más que todo, gracias a Calderón y a la gente que estaba con él".
El buscador de armonía
Todavía en actividad ("trato de hacer lo que puedo -confía-, pero cuando uno está cerca de los 90 no es fácil"), ofrece conferencias y está escribiendo un libro en colaboración con una joven investigadora argentina.
Y aunque es un enamorado de la música, e incluso en sus comienzos llegó a ganarse la vida como pianista, asegura que la matemática es la pasión de su vida. "Bueno, algunos consideran que la música es parte de la matemática, y otros que la matemática es parte de la música... Es difícil saber, ¿no? Pero la matemática es lo que más me gustó. Quisiera tener unos veinte años menos, para empezar a estudiar de nuevo. Además, me siento muy en deuda con los matemáticos argentinos, que han hecho mucho, un desarrollo magnífico, yo no pude hacer una contribución comparable. Si tuviera dos décadas menos tal vez podría..."
¿Qué hay que tener para ser un buen matemático?
"El amor por la matemática -afirma-. Mi experiencia personal es que los técnicos se fijan en detalles, le ponen exámenes a uno y averiguan qué es lo que sabe y lo que no sabe... Y eso no tiene mucho sentido, porque la matemática es tan grande que ni siquiera los grandes pensadores saben lo que pasa ya. En cambio, ellos, como están tan alto, se fijan más que nada en si la persona tiene un gran amor y si tiene posibilidades de pensar originalmente. Que sea mucho o poco, pero que se sea creativo. Es decir, los grandes maestros lo que valoran es que uno pueda apreciar la belleza. Los matemáticos, más que todo, cultivan la belleza."
Misha Cotlar, humanista
- "Hay cosas absurdas, como esta tragedia que vemos ahora. Científicos que trabajan para la destrucción. Es un desvío hacia el abismo."
- "Imagínese: el mundo es gobernado por personas cuyo único mérito es que tienen dinero y todo se basa en la competencia..."
- " Lo que tenemos nos lo dejaron nuestros antepasados. Toda esta herencia se la debemos a otros. ¿Cómo vamos a competir?"
"Formó una escuela de matemáticos"
Misha Cotlar recuerda que la primera vez que entró en la facultad, en Buenos Aires, se encontró con Manuel Sadosky y Cora Ratto de Sadosky, que en esos tiempos -hace más de sesenta años- eran novios. "Enseguida me di cuenta de que eran personas extraordinarias", afirma de sus amigos de toda una vida.
El doctor Sadosky, por su parte, es igualmente generoso para con Cotlar: "Sus contribuciones han sido muy importantes -dice-. En nuestro país ha sido decisivo. En un momento dado vino un gran profesor americano, se dio cuenta de que tenía un valor excepcional y escribió una carta a la Fundación Rockefeller para que le dieran una beca -recuerda-. Este profesor falleció, pero su hijo, que también es matemático, encontró la carta y la envió. Estuvo con grandes profesores. Presentó un trabajo como tesis y le dieron el título de doctor. ¡Su primer título fue de profesor de la Universidad de Chicago!"
Y más adelante continúa: "Su tarea fue doblemente importante: no sólo hizo muchos aportes en el campo de la teoría de Fourier, sino que además formó a mucha gente. Muchos jóvenes argentinos fueron alumnos suyos. Es un verdadero maestro. Formó una escuela".





