El antiguo mito de la virilidad

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29 de diciembre de 2001  

Casi nadie recuerda tangueros o compadritos con ralas melenas. Muchos, en cambio, conocen la historia de Sansón perdiendo su cabellera (y su fuerza) en manos de Dalila. O la excesiva dedicación dispensada a su cabello por diversos jefes de Estado: Carlos Menem, en la Argentina (que se sometió a un implante y consultó a diversos especialistas); Ronald Reagan, en los Estados Unidos, que jamás descuidó su jopo, y Jimmy Carter, en el mismo país, que en la mitad de su mandato cambió de lugar su raya al medio .

En cierto sentido, el pelo constituyó siempre un símbolo de poder, tal como ejemplifica el doctor Jerry Shapiro, fundador del Centro de Estudio y Tratamiento del Pelo de la Universidad de la Columbia Británica, en Vancouver: "Los funcionarios franceses del siglo XVII no tuvieron un pelo de tontos: lograron enfrentar una aguda crisis económica exportando sus mejores pelucas".

Por el poder de los calvos

Si bien desde tiempos remotos el cabello se relacionó con la potencia masculina, un mito surgió en algún momento de la evolución: los calvos son más viriles.

"A los eunucos no se les cae el pelo porque no sufren el efecto hormonal sobre el folículo piloso", afirma el doctor Chouela, acercando una posible razón que explique el surgimiento del mito: la existencia de los castrati, que durante los siglos XVII y XVIII perdían su virilidad en cruentas operaciones con las que se pretendía mantener el timbre agudo de su voz. De allí en más, el folklore dio raras vueltas hasta constituir el matrimonio perfecto entre rendimiento sexual y melenas poco frondosas.

"Las mujeres compraron la idea de que somos más viriles", admite Carlos, el hombre de 55 años. Es cierto que para que el pelo se caiga es condición necesaria que existan hormonas masculinas. Pero, más allá de esta evidencia -dicen los expertos-, la virilidad no depende, en absoluto, del número de pelos que pueden contarse en una cabellera.

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