
Eureka, la fórmula
Una historia apócrifa cuenta que Arquímedes, el más grande matemático de la antigüedad, se entusiasmó tanto al resolver un problema particularmente difícil que salió corriendo desnudo por las calles de Siracusa al grito de "¡Eureka, lo encontré!"
La leyenda podrá ser fantasiosa, pero queda claro que el imaginario popular le atribuye un valor supremo a la creación y el descubrimiento. Lo singular del caso es que los economistas -más bien alejados de la poética griega- parecen haber llegado a la misma conclusión.
Al menos eso indica un reciente informe del Banco Mundial en el que se asegura que aproximadamente la mitad de las diferencias en el ingreso per cápita y el crecimiento entre países está asociada con el progreso tecnológico. Es más, el trabajo afirma que gran parte del abismo creciente entre países ricos y pobres no se debe a diferencias en inversiones de capital, sino en tecnología.
Cabría preguntarse, entonces, por qué los países en desarrollo no producen el cambio tecnológico.
Según el documento "Country Innovation Brief: Argentina", diferentes estudios sobre el tema muestran que incorporar tecnologías no es tarea sencilla. Entre otras cosas, los países sucumben ante un círculo vicioso: tienen que desarrollar una capacidad de absorción o de aprendizaje, pero, para lograrla, deberían invertir en investigación y desarrollo, cosa que tampoco hacen.
Una de las reglas para lograrlo es preservar la ciencia básica -incluso en países en desarrollo, como la Argentina- . Lejos de contraponerse a la investigación aplicada, todo indica que sólo aquellas sociedades que posean investigadore bien entrenados en la búsqueda de conocimiento per se estarán en condiciones de formar a quienes se encargan de resolver problemas prácticos.
Los técnicos del Banco Mundial también aseguran que otro factor que conduce a la ineficiencia tecnológica local es la falta de colaboración entre el sector privado y las organizaciones científicas. Y, como corolario, sugieren que la Argentina debería estar invirtiendo en investigación y desarrollo entre dos y ocho veces más que en 1990. Es decir, apostar a una economía del conocimiento.
A la luz de estas disquisiciones, es fácil entender por qué Nicholas Negroponte, factótum del Laboratorio de Medios del Massachusetts Institute of Technology, cuidaba tan celosamente su computadora portátil. El solía explicar, a quien quisiera escucharlo, que la máquina costaba unos cuantos dólares, pero las ideas que contenía valían varios millones...







