
Inversores de riesgo, a la caza de buenas ideas
Buscan proyectos innovadores para convertirlos en negocio
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El catálogo local de actores económicos tendrá que incorporar una “especie” hasta ahora prácticamente inexistente en el país: la de los empresarios de riesgo, dedicados a escrutar la producción de universidades y centros de investigación en busca de “la idea” que pueda convertirse en un buen negocio.
Estos pescadores de proyectos tecnológicos que puedan agregar el valor del conocimiento a una industria no se concentran en los campos cultivables ni en las cabezas de ganado ni en las riquezas mineras de la Argentina, sino en la materia gris de sus científicos y tecnólogos que, como mostraron las últimas décadas en todo el mundo, puede resultar más rentable que un pozo petrolífero.
“No nos interesan los recursos naturales, sino los recursos humanos”, subraya Gianni Reginato, uno de los pioneros en este campo aún virgen. Tobías Schmukler es otro de los escasos exponentes de esta nueva "raza". Toda su vida sintió el impulso de desarrollar negocios tecnológicos. "Mientras era un estudiante de ingeniería en la UBA, ya tenía la inquietud de crear un dispositivo electrónico y transformarlo en un producto que se pudiera comercializar -recuerda-. Después, pasé por la Comisión Nacional de Energía Atómica, donde trabajé en el desarrollo de hardware y software, estuve en una compañía privada y finalmente formé mi propia empresa. Me fue bien y ahora quiero hacerlo con las ideas de otros."
Por su parte, Lisa Ocampo, licenciada en Economía en la Universidad Nacional de La Plata y directora de la filial local del grupo internacional Meta Group, con sede en Italia y subsidiarias en Australia, Singapur, Gran Bretaña y América latina, dice que está interesada en desarrollar nuevas empresas basadas en el conocimiento que tengan del impacto social regional. "Creemos en el concepto de cluster [racimo]", explica.
Un modelo novedoso
Schmukler y Reginato tienen historias diferentes. El primero nació y se formó en el país y cursó una carrera científica. El segundo se define como "ciento por ciento italiano" y es licenciado en Economía. Sin embargo, ambos tienen visiones en cierto modo coincidentes y manejan fondos que están a la espera de oportunidades de inversión en negocios de base tecnológica.
Schmukler ya creó una empresa exitosa: la suya. "Quería diseñar y vender hardware y software -cuenta-, pero para generar fondos empecé dando servicios a usuarios de computadoras personales en grandes corporaciones. La economía del país me fue llevando a convertir esa área inicialmente secundaria en mi principal actividad. Hay que tener en cuenta que en el 88 u 89 Telecom y Telefónica, sumadas, tenían unas 20.000 computadoras. En el área de desarrollo de hard y soft se hizo muy difícil competir, porque las importaciones eran muy accesibles, pero el mercado iba creciendo cada vez más y se generó una gran necesidad de proveedores de servicios."
Esa empresa de Schmukler empezó con un empleado, pero se vendió con más de 300 y una facturación de 20 millones de dólares anuales. "Ofrecíamos servicios a cincuenta de las cien empresas más grandes de la Argentina -afirma Schmukler-. En el 97 nos premia Bill Gates y tengo una serie de entrevistas con él. Luego vuelvo al país y empiezo a trabajar en Internet. A partir del 98, una serie de compañías comienzan a interesarse en comprarla. Analizo el futuro del mercado argentino y decido aceptar una de las ofertas. Pero después de un par de años sabáticos empiezo a pensar qué me interesaría desarrollar."
Reginato comenzó a buscar oportunidades de inversión después de la crisis. Aunque vino al país por razones personales (se enamoró de una argentina), vio que había que frenar el éxodo de gente capacitada. "Italia absorbe muchos chicos jóvenes que juegan al fútbol, pero también que desarrollan tecnología -afirma-. Yo me ocupo de proyectos de capital de riesgo. Lo hago como asesor y también manejo fondos." Hasta ahora, después de haber analizado muchísimos proyectos y haber hecho algunas inversiones que no fueron bien, apoya un proyecto para producir lactoferrina humana [una proteína con actividad antimicrobiana] a través de cultivos de soja transgénica. "Es una cooperación privada ítalo-argentina y todavía está en la etapa de start up", explica.
Proyectos en danza
Ocampo maneja fondos de "capital semilla". "Nuestra idea es que uno de los inversores tiene que ser el sector público -aclara-. Por ejemplo, en Túnez hemos creado un fondo que está cofinanciado por un banco europeo de inversiones y el dinero pasa por el Ministerio de Economía. Nos concentramos en empresas con un desarrollo muy temprano, dinámicas y con alto potencial de crecimiento. Tenemos gente que sale a buscar proyectos y los evalúa. Nos vinculamos con universidades, centros de investigación, competencias de negocios, concursos tecnológicos. También hacemos actividades de concientización."
InnovaTekné ( info@innovatekne. com ), el nuevo emprendimiento de Schmukler comenzó la búsqueda de proyectos en 2006 y para eso unió fuerzas con la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica y la incubadora de empresas de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA (Incubacen). También trabaja en conjunto con el Banco Río, de Buenos Aires.
En este momento, estudia unos cincuenta proyectos, entre los que seleccionó alrededor de ocho. Van desde el tratamiento de residuos de la industria automotriz y su transformación en materiales para la construcción hasta desarrollos en el área de la visión inteligente (programas que digitalizan imágenes de una cámara de video y, al compararlas con patrones residentes en una biblioteca, determinan si una situación es peligrosa o no), una pila que funciona sobre la base de líquido y por lo tanto es biodegradable, seguimiento de valijas y bultos en tiempo real y automatización de hogares y oficinas.
"Aportamos recursos económicos y nuestra experiencia emprendedora y empresarial -dice Schmukler-. El investigador puede elegir si ofrecer sólo su conocimiento o pasar a formar parte de la empresa. Nuestro papel no es el de socio, sino el de inversor «ángel». Por su parte, el científico puede tener entre el 30 y el 70% de las acciones en función del aporte que haga."
"La potencialidad del país es evidente; la riqueza de los recursos humanos no es nueva -agrega Reginato-. Pero faltan herramientas que permitan sustentar este tipo de crecimiento. No es fácil construir un capital de riesgo con recursos locales."
Schmukler apuesta un millón de dólares para probar la validez de sus ideas. "Tenemos la misión de desarrollar ideas y convertirlas en empresas. Parte de nuestro interés es ganar, pero no es el único ni el primero -subraya-. Queremos probar que este modelo puede ser exitoso y rentable. Pensamos invertir en diez proyectos de cien mil dólares cada uno -arriesga-. Tal vez logremos iniciar una transformación en la Argentina."






