
La música, una buena aliada de la medicina
Un grupo de estudiantes hace cantar y bailar a los pacientes en las salas de espera del Hospital de Agudos José M. Penna
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Fastidio, bronca y resignación es la secuencia que suele seguir nuestro estado de ánimo en las salas de espera de los hospitales. La esperanza de escuchar nuestro apellido para pasar a la consulta desaparece con el abrir y cerrar de las puertas de los consultorios. Sin embargo, una experiencia piloto en el hospital Penna, de la ciudad de Buenos Aires, demuestra que la música puede mejorar nuestro ánimo y predisponernos mejor para sobrellevar la espera.
Allí, un grupo de estudiantes del último año de la carrera de Musicoterapia de la UBA visita tres veces por semana los pasillos y las salas de espera de los consultorios externos del hospital. "Hoy, en las salas de los hospitales hay un hacinamiento terrible; las personas llegan a las cuatro de la mañana y tienen que esperar horas hasta ser atendidas", explicó el psiquiatra Rolando Benenzon, presidente de la Fundación de Musicoterapia que lleva su nombre y que impulsó la experiencia.
"El fastidio produce violencia y sensaciones desagradables en los enfermos -agregó-. Cuando llega el momento de la relación médico-paciente, la interacción es pésima."
A partir de ese diagnóstico , Benenzon propuso utilizar musicoterapia para la prevención primaria y 14 estudiantes aceptaron. Para lograrlo "trabajan sobre el ambiente que rodea al ser humano".
La musicoterapia, según Benenzon, es una terapia no verbal que usa los sonidos, la música, los fenómenos no verbales, los movimientos corporales, el silencio y las pausas para establecer un relación con el paciente. A partir de ella, "se busca rehabilitarlo y mejorar su calidad de vida".
La utilización de la música para relajarse, dormir mejor, comer o disminuir dolores es "la idea profana" de esta terapia sin palabras .
Compartir y observar
"Somos estudiantes de musicoterapia de la UBA y venimos a compartir un rato mientras esperan" es la frase de presentación. Flautas, guitarras, panderetas o las manos... Todo sirve para levantar el ánimo de los agobiados pacientes que esperan, a veces, desde la madrugada para recibir un número y ser atendidos.
Los jóvenes terapeutas recorren las salas cantando y tocando instrumentos. La consigna es compartir el tiempo y el espacio. "Cada uno está en la suya y la música genera una interacción con el otro mediante sonrisas cómplices e intercambio de instrumentos", dijo la estudiante María Eugenia Neri, que hace cantar y hasta bailar a grandes y chicos.
Sin delantales que los delaten, los jóvenes trabajan sin inhibiciones y divididos en grupos durante la hora que donan tres veces por semana.
Uno de los estudiantes, que actúa como observador, ingresa primero en la sala de espera para leer el estado anímico de los pacientes a través de sus gestos, movimientos y silencios. Minutos después, y para sorpresa de todos, entran los otros estudiantes y comienza la terapia. Reparten copias de las letras de canciones populares, "para que la mayoría las pueda cantar", e instrumentos que ellos mismos fabrican, como maracas hechas con vasitos de plástico y arroz.
"Muchos nos piden llevárselas a la casa", dijo María Eugenia, que junto con Victoria Franco, Matías Morales, Juan Vaccaneo, Lucía Acebo, Ariel Vizencino, Virginia Visino, Alicia Bruno, Victoria Regis, Javier Vázquez Gil, Leandro Ruiz, Pamela Medina, Andrés Gambini y Julián Presas logran, también, aliviar síntomas.
"Luego de participar voluntariamente en las actividades propuestas por los musicoterapeutas en la sala de espera, un paciente nos dijo: "La verdad es que yo vine por un dolor de estómago, pero no lo tengo más, así que me voy"", relató Benenzon.
Los buenos resultados de esta experiencia serán presentados en las Primeras Jornadas de Promoción y Protección de la Salud, en noviembre próximo, y en el Encuentro Internacional de Verano "Desarrollos en Musicoterapia", organizado por la Universidad del Museo Social y la Fundación de Musicoterapia (011-4702-6366).
Abrir canales
En el mundo, Benenzon es una autoridad reconocida en la musicoterapia para personas autistas, con mal de Alzheimer y en coma. En 1966, creó la carrera de Musicoterapia en la Universidad del Salvador. Fundó asociaciones en Brasil, Uruguay, Perú, México, Ecuador, España, Venezuela e Italia. Hoy, su método es uno de los cinco más importantes del mundo.
Según Benenzon, esta terapia abre canales de comunicación en pacientes con enfermedades severas, en coma y con trastornos en la conducta, como la bulimia y la anorexia. Se puede usar en conflictos familiares, al mejorar la relación padre-hijo. "El lenguaje verbal genera conflictos de defensa porque cuando uno habla enmascara sus sentimientos -explicó Benenzon-. Pero el lenguaje no verbal dice lo que uno siente."
En los pacientes con Alzheimer, la musicoterapia trabaja sobre la memoria no verbal y le permite al terapeuta relacionarse a través del sonido, la música o el movimiento. Una vez abierto el canal de comunicación, se le enseña a los familiares a usarlo.
El método Benenzon exige conocer la vida del paciente y su identidad sonora o ISO, que es la historia sonoromusical según sus gustos.
Los autistas reaccionan mejor a estímulos como la música, el silencio o los instrumentos con agua, que "recuerdan el líquido amniótico por la carga regresiva del mal". Los pacientes en coma "perciben y siguen en contacto con el medio que los rodea", de ahí que los sonidos estimulen sus signos vitales. Pero siempre, "la musicoterapia humaniza al paciente".






