La ópera, una pasión que ahora se explica

Fabiola Czubaj
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30 de mayo de 2009  

¿Qué es lo que empuja a muchos a preferir una entrada en los pisos más altos de un teatro para ver una ópera completa... de pie? ¿Cómo es que esos verdaderos fanáticos de clase media y media baja -el 25% de la concurrencia al Teatro Colón, por ejemplo-, desarrollan tanta pasión por un espectáculo considerado "de alta cultura" como para no perderse hasta cuatro funciones en una semana?

Eso es lo que se preguntó el joven investigador argentino Claudio Benzecry, que trabaja en la Universidad Estatal de Connecticut, en Estados Unidos. A miles de kilómetros de distancia se planteó el desafío de convivir, durante 18 meses en nuestro país, con seguidores de ese género musical capaces de esperar 90 minutos en una fila para lograr el mejor lugar por muy poco dinero, después de viajar en colectivo desde Lanús, San Martín, La Boca, Floresta o Liniers.

Es que, según parece, el apasionamiento por la ópera bien podría decirse que comienza como un "flechazo". De hecho, la mayoría de los fanáticos consultados describió esa "primera vez" como algo tan "explosivo" o "impactante" como "un amor a primera vista" hasta con efectos físicos duraderos.

Alicia, una médica que esperaba en la fila para entrar en el Colón cuando el teatro aún funcionaba, recordaba aún cómo la música de la primera ópera que había visto parecía vibrar junto con su cuerpo; le alteraba la respiración mientras sonaba al ritmo de su corazón.

Franco, un treintañero empleado en una consultora, ese "momento de magia" lo vivió durante el aria de la Reina de la Noche, de La f lauta mágica, de Mozart.

Según Benzecry, que dialogó con LA NACION por vía telefónica desde Nueva York, la iniciación en el disfrute de la ópera "sería, al principio, algo ambiguo, que no produciría los efectos deseados hasta que se aprende cómo consumirla y disfrutarla adecuadamente. En su artículo, que publica Qualitative Sociology , escribe: "Los fanáticos de la ópera no se sienten seducidos por y a través de la compañía de otros, sino por una atracción intensa (visual y corporal), que luego tienen que aprender socialmente a controlar y maximizar".

En las más de 70 representaciones que el investigador compartió en las temporadas de 2002 a 2005 con el público que frecuenta la cazuela y la tertulia del primer coliseo argentino, en los micros hacia La Plata para asistir al Teatro Argentino y en teatros menores, a 600 kilómetros de Buenos Aires, el recuerdo de la primera vez frente a la imponente conjunción de vestuario, voces y acordes se mantenía vivo.

"Son muchas las causas posibles de apasionamiento, pero la fundamental es el amor que despierta en nosotros. Podríamos hablar de sentir pasión por la música en un sentido amplio y luego, quizás, apasionarse por algún género o estilo musical. Lo cierto es que, en lo que a música respecta, la frecuencia y el amor son condiciones indispensables para la disposición al gusto por la música", señaló el licenciado Ariel Zimbaldo, jefe del Departamento de Musicoterapia de Collegium Musicum y profesor de la cátedra de Musicoterapia I de Facultad de Psicología de la UBA.

Aun así, Zimbaldo, que no participó del estudio, pero accedió a su contenido, explicó: "Sabemos que el ambiente que rodea a un bebe puede favorecer a desarrollar el amor por la música, pero desconocemos si el apasionamiento sobrevendrá al género musical frecuentado en la infancia". De hecho, durante el estudio, la mayoría de los entrevistados comentó que nunca antes había escuchado música clásica en su casa ni provenía de una familia en la que se hubiera cultivado el gusto musical.

"La mayoría de sus seguidores no son hijos de fanáticos, a diferencia de lo que pasa con el fútbol, y eso se debe, quizás, a que la exige dedicarle muchas horas por semana -dijo Benzecry-. Además, de los relatos se percibe que el tipo de capital que se acumula como fanático no se puede canjear por nada, ni trabajo ni más amigos. Es más: muchos pueden hasta esconder ese fanatismo."

Cuatro perfiles

En general, el investigador observó también que, según el nivel de conocimiento adquirido y la antigüedad en los distintos teatros, los asistentes respondían a cuatro perfiles: el "héroe", al que todos señalaban como el que más sabía de ópera; el "maestro", que les refresca conocimientos a los demás; el "nostálgico", que muchas veces terminaba abandonando el teatro, y el "peregrino", que solamente buscaba compartir ese momento con otros asistentes.

"Evidentemente, lo del apasionamiento por la ópera como un sentimiento similar al amor es más una interpretación de la narración que los fanáticos hacen sobre cómo se relacionan con la ópera en términos de atracción y compromiso, que una hipótesis acerca de la química de la atracción o algo por el estilo", explicó Benzecry, que es doctor en sociología por la Universidad de Nueva York.

El estudio logró explicar que el gusto por la ópera está asociado, también, con la forma en que se desarrolla, lo que ocurre en etapas: un aprendizaje informal mediante una concurrencia cada vez más frecuente al teatro; la asistencia a conferencias en la temporada operística y el cumplimiento estricto de "normas", como aplaudir o hacer silencio en el momento indicado en cada representación.

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