Federico Santillán tiene 39 años, vive en San Fernando y desde hace dos meses realiza repartos los siete días de la semana; aunque en su casa tiene un emprendimiento de reparación de celulares, la plata no le alcanza y no consigue otro empleo
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Con las manos sobre el manubrio de la handbike, un accesorio que motoriza su silla de ruedas, Federico avanza por las calles de Victoria, en San Fernando. Lleva puesto un casco de ciclista y carga la mochila de repartidor en la espalda.
Los autos pasan a su lado. Cuando frena en un semáforo, algunos vecinos se acercan a saludarlo. En el manubrio lleva el celular enganchado a un soporte: la pantalla muestra la aplicación de Rappi, que le indica el camino a seguir. Está a pocas cuadras del punto de retiro del pedido: de ahí, tiene cuatro kilómetros hasta el lugar donde debe hacer la entrega.
Federico Santillán cumplió 39 años, tiene una discapacidad motriz de nacimiento por una malformación en la columna y vive en San Fernando con su mamá, de 64. Ella trabaja cuidando niños y además es conductora de Uber y Didi.
“Económicamente, yo dependo de mi mamá”, cuenta Federico. Aunque arregla celulares en su casa, cobra una pensión por discapacidad de 345.000 pesos y tiene una beca deportiva de 70.000 (juega al básquet adaptado en la Asociación de Discapacitados Unidos de San Fernando), sus ingresos no son suficientes para llevar una vida independiente.
Entre los dos no llegan a cubrir los gastos de la casa: llenar la heladera y pagar las facturas de luz, gas y agua. Por eso, desde hace un mes y medio empezó a trabajar como repartidor de Rappi. Trabaja 11 horas por día, de lunes a lunes.
“Nadie ve las habilidades que tengo”
Desde hace cuatro años, Federico no para de dejar su CV en comercios, oficinas y empresas. Pero hasta ahora no tuvo éxito. Se ofrece, sobre todo, para puestos vinculados a atención al cliente o en recepción. “Las entrevistas que tuve no duraron más de 10 minutos. Antes de empezar, ya me habían descartado”, asegura.
“Apenas me ven, piensan que no voy a poder hacer el trabajo porque uso silla de ruedas. Antes de ver qué es realmente lo que puedo hacer y lo que no, ya tienen su opinión formada. Yo tengo una discapacidad, pero eso no tiene nada que ver con las habilidades que tengo para ofrecer en un trabajo”, dice.
A Federico se le ocurrió empezar a trabajar como repartidor inspirado por su amigo Leo Soria. LA NACION contó su historia en enero: a partir de esa nota, le donaron una handbike, un accesorio para la silla de ruedas que tiene un motor eléctrico y facilita la movilidad.

“Cuando Leo me contó que iba a empezar a repartir por Rappi, pensé que estaba loco. Él tiene mejor estado físico que yo, puede hacer 15 cuadras en menos de 5 minutos. A mí me lleva 20, por lo menos”, cuenta.
Se conocieron hace 10 años, jugando al básquet. Federico empezó a jugar cuando tenía siete. Pasó por varios clubes en los que compartió equipo con Leo: jugaron juntos en el Centro de Integración Libre y Solidario de Argentina (Cilsa) y ahora en la Asociación de Discapacitados Unidos (ADU) de San Fernando. Ambos formaron parte de la selección Sub 22 que viajó al mundial de Inglaterra en 2005.
Recién cuando Leo empezó a repartir con la handbike, Federico empezó a considerar la idea de repartir pedidos. La considera una herramienta esencial para su trabajo: “Tuve que pedirle plata prestada a mi mamá para poder comprarla: si no, no podría estar haciendo este trabajo”, explica Federico.
El dinero que gana repartiendo lo usa para pagar las cuentas: solo de vez en cuando se compra una hamburguesa o un pancho para almorzar mientras está en la calle trabajando. “Hace un par de meses, no tenía nada para aportar, ahora al menos le puedo dar a mi mamá una moneda y colaborar. Me hace sentir un poco mejor”, dice.

“Trabajo desde que tengo 15 años”
A Federico muchas veces lo confunden con Leo cuando sale a repartir. “Me dicen mucho ‘a vos te vi en la tele’. A todos les explico que no soy yo, pero que puede ser que lo hayan visto a Leo, mi amigo. Físicamente, no nos parecemos en nada. Pero claro, la gente piensa que, como estamos en silla de ruedas, somos la misma persona”, cuenta.
También se encuentra con mucha gente que lo felicita por lo que hace. Pero para él, no es algo novedoso: trabaja desde que tiene 15 años. Su primer empleo fue repartiendo volantes en la calle con un amigo y también fue vendedor ambulante en el tren Mitre. Además, atendió una verdulería durante años. Ahora reparte pedidos para Rappi y, en paralelo, sigue con su emprendimiento: la reparación de celulares.
En toda su vida, solo una vez tuvo un trabajo en blanco. Fue como guardia en una empresa de seguridad: ese empleo le duró un año porque le quedaba demasiado lejos de su casa y la frecuencia del colectivo no le permitía llegar a horario.
En su búsqueda laboral, Federico se enfrenta a los prejuicios sobre las personas con discapacidad. Cuando va a dejar un CV, muchas veces ya sabe que ni lo van a llamar para una entrevista. “Lo veo en las actitudes, en los gestos de la cara. No me consideran seriamente porque ven que estoy en silla de ruedas”.

“Yo quiero poder pagarme mis gastos”
A pesar de que no lo puede demostrar en esas entrevistas, Federico tiene mucho compromiso y ganas de trabajar. Desde que empezó como repartidor, trabaja los siete días de la semana, 11 horas por día. Arranca a las 10 de la mañana, corta de 15 a 19 para almorzar y recargar la batería de la handbike, y vuelve a salir a repartir hasta la una de la madrugada.
Es cálido en el trato con los que lo rodean: tanto sus vecinos como otros repartidores lo saludan por la calle. Admite que lo único que le gusta de ser repartidor es estar en contacto con la gente: “Con mi emprendimiento, paso mucho tiempo en casa: me interesan mucho los celulares y las computadoras, pero me aíslo bastante. Ahora al menos veo gente todos los días”, sonríe.
Federico sueña con un trabajo estable, un buen sueldo que le permita más adelante irse de vacaciones de vez en cuando: le gustaría conocer Bariloche. “Quiero poder hacer mi vida, no depender de nadie, no tener que pedir ayuda para pagar mis propios gastos y llegar a fin de mes”, dice.
Si tiene que seguir como repartidor, le gustaría empezar a repartir para algún local de gastronomía, para poder tener un mejor sueldo y horarios fijos, en vez de quedar sujeto a los pedidos que le llegan por la aplicación.

“Veo que mucha gente le dice a Leo por redes que no debería estar trabajando, que debería estar en su casa. ¿Por qué? Nosotros queremos trabajar. ¿Por qué nos quitarían ese derecho? No quiero estar todo el día en mi casa mirando tele. El trabajo me da la posibilidad de relacionarme con la gente, de compartir, estar en sociedad. Yo quiero eso”, explica Federico.
Más información
- Si querés contactar a Federico, podés escribirle a federicosantillan59@gmail.com
- Si querés conocer cuáles son las prestaciones, servicios y derechos que tienen las personas con discapacidad, podés navegar por la guía que armó el equipo de Fundación LA NACION.




