Con 16 novelas publicadas y dos libros llevados a la pantalla, Alice Kellen es una de las autoras más leídas en España y en América Latina
Su último libro, El Club del Olvido, reunió multitudes en la Feria Internacional del Libro en Buenos Aires
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La escritura de Alice Kellen tiene un matiz delicado que busca validar la sensibilidad como una forma de riesgo y de presencia ante el mundo. Detrás del seudónimo se encuentra Silvia Hervás, identidad que reveló tras consolidarse como una de las autoras más leídas en España y en América Latina. Con 16 novelas publicadas y más de 3.000.000 de lectores, sus libros agotan ediciones tanto en librerías como en auditorios cuando sale a promocionar sus historias. Su tercera visita a Buenos Aires fue para presentar El Club del Olvido (Editorial Planeta) en la Feria Internacional del Libro, donde el acceso se organizó en horarios y por tandas ante demanda masiva. La novela explora la amistad a través de dos temporalidades: el presente de los cuatro amigos en sus 50 años y sus vivencias en sus veinte, en el invierno de 1993.
El oficio de Alice Kellen se expande hacia otros lenguajes con la trasposición a serie de Netflix de El mapa de los anhelos (2022) y la llegada al cine de Todo lo que nunca fuimos (2019), dirigida por Jorge Alonso. Bajo la etiqueta de novela romántica, la autora española retoma temas que, en su condición de universales, se adaptan a la época. La memoria pasada por el filtro de la nostalgia se convierte en una guarida cotidiana en la prosa de esta valenciana nacida en 1989. Esta fidelidad a su propio ritmo narrativo la acompaña desde que comenzó a autopublicar en Amazon con Llévame a cualquier lugar (2013), punto de partida para expandirse hacia una comunidad que hoy suma millones de manos.

Establecida entre el ruido de Madrid y la calma de Olocau, junto al Parque Natural de la Sierra Calderona, la autora reflexiona sobre el exceso de estímulos contemporáneos. “Te arrolla”, dice Alice Kellen, quien frente a lo efímero hizo de la tranquilidad y la demora un gesto de identidad.
–¿La madurez en tu escritura es un espejo de tus propias preguntas sobre la vida?
–Empecé a publicar a los 21 años y estoy por cumplir 37. Antes era un hobby y no imaginaba que iba a convertirse en mi trabajo. El enfoque es diferente al tener una parte de responsabilidad y de cumplir con el calendario editorial, pero sobre todo porque en la edad de los 20 a los 30 se cambia mucho. La experiencia vital es diferente. Es cierto que los temas no varían tanto, no solo en mis novelas sino en la literatura en general, pero sí la perspectiva. Desde donde enfocas cualquier cosa, el amor, el duelo, la amistad, la memoria, van mutando constantemente. Hay una evolución vista desde esa visión novela tras novela.
–Al ser una era signada por la comunidad, ¿cómo defendés tu voz sin que el trato cercano con tus lectores te condicione al construir historias?
–Es verdad que es fácil dejarse influenciar porque son muchas novelas y ahora mismo el impacto es muy cercano con los lectores. Al final sabes qué les gusta y qué no. Te das cuenta, pero creo que el trabajo es creativo. Sé quién lo va a recibir, pero debo ser un poco egoísta porque, si no, no es auténtico. Está prefabricado y sigues una fórmula porque ya más o menos conoces lo que buscan de vos. De alguna manera se tiene que notar en un libro que está escrito desde uno, por más cursi que suene, porque después sales de gira promocional con la novela, la vas a defender. Te tiene que satisfacer primero y cruzas los dedos porque ojalá también llegue a alguien y puedas recoger un poco de lo que dejas en esas páginas. Una novela o una obra de arte nace del autor, tiene que ver con su identidad, tiene que estar eso para que no se quede vacío, muy de cartón.
–¿Cómo se transforman tus inquietudes en historias donde el lector siente que estás hablando, en realidad, de la vida de él?
–Todos tenemos temas troncales que, por lo que sea, nos interesan mucho. Los llevamos a cuesta en nuestra vida y van mutando, pero están ahí. También te pasa que te gusta leer sobre eso, te cuentan lo mismo, pero de muchas formas distintas y quieres más. Es como si trataras de entender y nunca tuvieses la respuesta. Hay algunos temas, como el paso del tiempo, la memoria, el duelo, que noto que han estado muy presentes en mis novelas, o están de forma subterránea. Es como si no pudieras escapar de vos misma, nace de una. Entonces, claro, aparece algo que no estaba. Por ejemplo, a los 20 años el tema de la salud y la enfermedad no era algo que me interesara especialmente, pero en alguna época de tu vida que te salta y empieza a estar dentro de tu día a día, lo incorporas. Creo que algo primero te tiene que interpelar. Luego también la parte bonita al contar algo: el libro es un objeto inmutable, pero dependiendo de quien lo lea si muta, sí que cambia. Porque en un mismo párrafo dos personas lo entienden de formas diferentes, según sus experiencias. Es un espejo donde van buscando un ángulo para verse, encontrarse. Yo creo que esa parte es bonita, que sí que es variable en las mismas páginas. Cuando ves el mismo libro, los lectores lo han entendido de manera distinta. Está bien que cada uno al final rellene los huecos, que yo no lo diga todo. Los libros, en cierto modo, están vivos.
–¿A través de la escritura llegaste a lugares que la experiencia aún no te había dado?
–Hay cosas que sí. Cuando estoy con una novela, la tengo estructurada en mi cabeza. Lo tengo muy pensado, muy encorsetado, te alejas como si fuera uno de los fantasmas de Charles Dickens para manejar los hilos de los personajes, pero hay veces que escribí cositas para mí. En 2020 escribía en un blog o un diario, pensamientos o reflexiones, ahí sí hay cosas que salen de la experiencia vital. Pero es algo que me pasa sobre todo como lectora. Hay libros que me han hecho pensar cosas muy importantes de mi vida, me llevaron a reflexionar sobre el amor, la relación de mis padres y con mis hijos. Es como que cierras el libro, lo terminas, pero la conversación sigue en tu cabeza. Pero eso me pasa más como lectora que como escritora.
–¿Cómo fue tu construcción como lectora? Siempre hay una biblioteca familiar o una maestra, ¿no?
–A mí me llega por la biblioteca familiar. Mis padres son muy lectores. Mi padre era lector de clásicos y me dejaba las novelas. También me leían cuentos antes de dormir. Hasta que en un momento haces tu camino. Ya tenía 13 años y estaba harta de leer a Julio Verne y a Dickens. Cuando empiezas a explorar, buscas novelas que estén más en consonancia con una niña o adolescente de esa edad, vas cambiando. El camino lector no es un sendero recto, sino de bifurcaciones, de pronto lees más un género y te vas. Yo me aburro bastante rápido y varío entre un clásico o un libro que salió este año. Tiene que ver con ser un poco rastreador, de preguntarle a los libreros.
–¿Cómo es tu proceso de escritura? Cuando estás con una novela, ¿ya tenés pensado el próximo trabajo?
–Normalmente lo tengo pensado, hay varias ideas. Lo que no hago es seleccionar exactamente cuál es la siguiente. Trato de no pensar mucho la idea mientras estoy con la anterior, porque la quemas en tu cabeza, ya no es divertido. Es como que ya está hecha, aunque no llegues a teclear nada. Entonces intento dejarla congelada. Cuando termino la novela, que normalmente sale 4 o 5 meses después de entregada, ahí empieza la gira y yo a pensar lo siguiente, hacer el esqueleto, buscar el tono. Esto es lo más complicado, si quiero que sea divertido, melancólico, reflexivo. Comienzo a tantear las primeras páginas y ya cuando termino todo el tema viaje y promoción, me encierro. Quizás eso es lo más rápido porque lo que más me cuesta es la historia y lo que quiero contar. Soy muy caótica mentalmente y necesito tiempo para quitar el ruido y quedarme con lo que quiero. Luego es volcar en el papel, porque la idea ya está en tu cabeza montada. Anoto cosas antes, pero cuando me siento, empiezo.
–¿Mudarte a un entorno natural es por una necesidad de silencio para la escritura?
–Puedo escribir con ruidos porque tengo hijos. Estoy muy acostumbrada a escribir de cualquier manera. De hecho, no tengo un escritorio en mi casa, no tengo un despacho. Normalmente me voy moviendo desde la mesa del comedor, al sofá y la cama, no tengo problema con eso. Me mudé a las afueras, porque voy mucho a Madrid. Cuando estoy en Valencia, me encanta levantarme y no oír nada y tener al lado el bosque. Luego Madrid es la ciudad, el ruido, otro ritmo, que también me gusta, pero para vivir y trabajar prefiero la tranquilidad.
–¿Cómo analizás la crisis de la atención y el exceso de contenidos desde tu posición como autora de bestsellers?
–Está claro que los jóvenes sí leen, las estadísticas están ahí, pero tienen el reto por delante, ya que desde que son conscientes han tenido acceso a pantallas. Creo que el problema de la atención y la concentración nos está pasando factura a todos, no solo a la gente joven. Yo tengo amigas de 40 y pico y 50 años que al empezar a trabajar dejan el teléfono en otra habitación porque son conscientes de que es un problema. Si nosotros somos adultos, que crecimos en la era analógica, y nos supone un problema, no me quiero imaginar para ellos que es un apéndice, es una parte del cuerpo. Nos pasa a todos, nos sentimos vacíos si no lo tenemos porque deja la sensación que no podemos hacer nada, como si te hubiesen sacado una parte de ti. Lo hemos interiorizado en nuestras vidas. Para mí tiene que ver con el exceso, con la cantidad. Me gusta leer, me gusta el cine, ir al museo y viajar, pero el problema que tenemos es que hay de todo constantemente, ¿a qué sitio voy? Tomar la decisión ¿qué libro leo de todos los que hay? El catálogo de la cantidad de plataformas que tenemos a disposición es un poco paralizante. Es el típico menú de cuatro páginas en un restaurante… lo cierras y dices traé lo que quieras, porque aturde. El cerebro no está preparado para tomar tantas decisiones constantemente y al final se juntan las dos cosas, el problema de la atención y el exceso. Te arrolla. No tenemos capacidad para digerir tanta información, tantos estímulos. Llega un momento que no sabes ni por dónde empezar y entras en una parálisis. Bueno, ya está.
–¿Y qué se te ocurre?
–Lo veo pesimista, es una batalla perdida. Cuesta pensar de qué manera podemos escapar de ahí. La verdad que a mí no se me ocurre. Queda ser consciente de tomar decisiones firmes. Yo intento hacer una lista de tres películas que quiero ver este mes. Volver a la esencia de lo pequeño, de la austeridad.
–Parece un desafío tomar la decisión de elegir una cosa, cuando podés hacer 20 más.
–Es abrumador. A mí me parece un milagro que la gente joven lea porque si a los adultos nos cuesta más limpiar la cabeza… yo no sé cómo lo hubiese llevado siendo joven. Los jóvenes leen, consumen series, es difícil. Es una lucha diaria.
–Me decías que mantenés tu blog
–Ahora no tanto, pero lo abro para escribir y reflexionar de otras cosas que no publico. Para tener un espacio más íntimo, mío. Escribir por placer. Despegarme un poco de la idea de que es un trabajo que conlleva obligaciones. Es conectar de otra manera con la escritura, sin todo el ruido alrededor y salir de lo que esperan de mí, solo mío.
–Es volver a tus inicios y no saber quién te lee.
–Sí, tal cual. Da igual si te leen tres personas o 300 o 3000. Lo importante es que lanzas el mensaje al mar en una botella y si le llega a alguien o no, también está bien.
–Están por lanzarse una serie y una película basadas en dos de tus novelas
–Yo tengo muy presente que es una adaptación. Cuando cedes los derechos, hay que tenerlo claro. Si no está bien que un libro se quede solo como libro. Lo vivo con mucha ilusión y curiosidad. Es otro formato que tiene otras reglas, muy interesantes por cierto, pero en el fondo se trata de contar historias, que es lo que a mí me encanta. Fue genial ver otras formas de hacerlo. Luego, cuando las vi, me sentí más espectadora que creadora. Expectante de lo que iba a pasar en pantalla. Creo también que hay que ser generosa con los equipos. Hay gente que lleva muchos años trabajando en dirección, arte, fotografía, casting, que es algo que yo no entiendo, y tengo que tener la confianza de dejarlo en otras manos y dar un pasito atrás.
–¿Cuál fue el propósito detrás de la identidad oculta en tus inicios y qué cambió al revelar quién está tras la obra?
–En 2013, yo me pongo el seudónimo al lanzar la primera novela en Amazon. A los dos meses, la compra una editorial y al próximo año llega a las librerías. Por muchos años, yo no vivía de esto y aunque me publicaba una editorial, seguía en mi casa trabajando. Yo soy una persona muy introvertida, entonces era muy tímida. Todo lo que era exposición no me interesaba mucho y bueno, además no tenía sentido porque no me leía mucha gente. De alguna manera era separar las cosas y era más fácil escribir desde un lugar protegido. Pero luego se empezó a vender más. Me pidieron hacer firmas, presentaciones. Ahí el tema de seudónimo ya no tenía sentido, si todo el mundo ya sabía cómo me llamo y no es un secreto. Esto tenía sentido cuando no había una exposición pública, pero en el momento en el que sales da igual cuál sea tu nombre, no tiene misterio.
–¿Tus hijos relacionaban el seudónimo con la mamá?
–Sí mi hijo mayor, el pequeño, no. Me leen todas las profes del cole, me lleva libros a firmar, sabe todo. Le da ilusión.
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