El perfumista con lenguaje propio y en busca de que sus creaciones dejen huella en la memoria
Cuarta generación de una familia dedicada a la creación de perfumes, el español Ramón Monegal estuvo de visita en la Argentina
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Las ciudades, escribió alguna vez Italo Calvino, se parecen a los sueños: están hechas de deseos y de miedos, aunque su estructura sea racional. Algo de esa tensión entre orden y misterio, entre cálculo y emoción, atraviesa también al perfume, un arte invisible que se construye con precisión, pero se completa en la memoria. En ese territorio se mueve Ramon Monegal, heredero de una de las sagas más antiguas de la perfumería europea y, al mismo tiempo, autor de un lenguaje propio que cruza naturaleza, literatura y sensibilidad contemporánea.
Cuarta generación de una familia dedicada al perfume desde hace más de un siglo, Monegal creció rodeado de relatos olfativos, nombres de ingredientes imposibles y conversaciones sobre fábricas, fórmulas y destinos comerciales. Sin embargo, su primer sueño no fue el perfume sino la arquitectura, disciplina que lo fascinó desde niño por su capacidad de organizar el espacio y la emoción. Esa vocación inicial, lejos de desaparecer, terminó filtrándose en su manera de pensar las fragancias, como construcciones que se recorren y se habitan. Hoy, desde su casa creativa, defiende la permanencia, la autoría y la profundidad en una industria marcada por la velocidad y la repetición.

–¿Cuál fue su primer acercamiento al mundo de los perfumes?
–Mi relación con el perfume empezó de forma natural, casi inevitable. En mi familia se hablaba de fragancias como en otras se habla de política o de fútbol. Todo giraba alrededor de la fábrica Myrurgia, de los ingredientes, de los clientes. El momento decisivo llegó cuando, siendo muy joven, ayudé a rescatar aceites esenciales después de un incendio. Al principio fue una experiencia dura, los olores eran agresivos, pero con el tiempo entendí que ese contacto físico y real con la materia había dejado una marca profunda.
–¿Cómo influyó su formación en arquitectura en su manera de crear perfumes?
–Esa disciplina me enseñó a pensar en términos de estructura, proporción y recorrido. Un perfume también tiene un plano, un desarrollo, una lógica interna. Aunque terminé dedicándome al perfume por responsabilidad familiar, nunca abandoné esa mirada arquitectónica que sigue presente aún hoy en cada creación.
–¿En qué momento una fragancia deja de ser una fórmula y se convierte en una historia?
–La fórmula es sólo una herramienta, una partitura. El perfume nace cuando existe una idea previa, un relato que quiere ser contado. Primero imagino el mensaje, la emoción, la atmósfera, y recién después aparece la fórmula como consecuencia de esa historia.

–¿El olfato trabaja más con la memoria o con la imaginación?
–Ese sentido es fundamentalmente memoria. Asociamos olores a momentos, personas y lugares con una facilidad enorme. Imaginar un olor desde cero es mucho más complejo, por eso el aprendizaje, la acumulación de experiencias olfativas, resulta esencial antes de poder crear algo nuevo.
–¿Cree que el perfume puede tener una ética o una postura frente al mundo?
–Sería maravilloso, pero quizás es demasiado ambicioso. Prefiero hablar de autenticidad. Mantener una verdad creativa, no traicionar la intención inicial, ya es un desafío enorme dentro de esta industria.
–¿Qué le interesa más, el impacto inmediato o la huella que deja una fragancia con el tiempo?
–Me ocupa profundamente la huella. Un perfume debe poder ser recordado, volver desde la memoria. Pero para llegar a eso, primero necesita seducir, generar un impacto inicial que invite a ese vínculo duradero.

–¿Dónde ubica hoy la idea de lujo?
–El único lujo que reconozco es el arte. Todo lo demás es accesorio.
–¿El perfume puede pensarse como un lenguaje universal?
–En la naturaleza, el lenguaje del olor es universal. En los humanos no lo es, porque no resulta vital. Confío en que algún día se eduque el olfato como se educa la vista o el oído, y entonces el perfume deje de ser sólo decorativo.
–¿Cómo observa el avance de la inteligencia artificial en la industria?
–En ese ámbito será una herramienta poderosa. En el plano creativo será una más, aunque todavía resulta difícil imaginar hasta dónde puede llegar. Habrá que convivir con ella y entender cómo integrarla sin perder el alma del oficio.
–¿Cómo se equilibra la técnica con el instinto al crear?
–La técnica está al servicio del instinto. El conocimiento sostiene, pero es la intuición la que marca el camino y se atreve a desafiar lo aprendido.
–¿El mercado condiciona la creatividad del perfumista contemporáneo?
–El mercado siempre plantea límites, tiempos y exigencias. Para mí, ese marco es un desafío. Si sintiera que ya no puedo aportar algo nuevo, cambiaría de oficio.
–¿Cómo se construye una identidad propia cuando se pertenece a una dinastía tan reconocida?
–La herencia es un punto de partida, no un refugio. Crecer en una familia de perfumistas implica absorber conocimiento, pero también la obligación de diferenciarse. Mi identidad se fue construyendo a partir de decisiones personales, de asumir riesgos y de aceptar que el apellido abre puertas, pero no resuelve el contenido.
–¿Sintió en algún momento el peso de esa tradición como una carga?
–La herencia puede ser pesada si se la entiende como repetición. Yo la entendí como responsabilidad. No se trata de copiar lo que funcionó antes, sino de estar a la altura del espíritu innovador que tuvieron las generaciones anteriores en su propio tiempo.
–¿Cómo se sostiene la autoría en una industria dominada por lanzamientos constantes?
–Con tiempo y con convicción. La autoría exige decir no muchas veces, respetar los procesos creativos y aceptar que no todo perfume está destinado a gustar a todos. Prefiero construir una obra coherente antes que responder a una lógica puramente comercial.
–¿Qué lugar ocupa la literatura en su proceso creativo?
–Es una fuente inagotable de imágenes, climas y emociones. Un texto puede sugerir un paisaje, una tensión, un ritmo. Muchas fragancias nacen de una idea literaria que luego se traduce al lenguaje del olor.

–¿Cómo se protege el perfume del desgaste que produce la banalización del mercado?
–Defendiendo la calidad y el sentido. El perfume no debería ser un producto descartable. Cuando se trabaja con respeto por la materia prima y por el mensaje, el tiempo juega a favor y no en contra.
–¿Qué consejo le daría a quienes se acercan hoy a la perfumería desde un lugar creativo?
–Que huelan mucho, que estudien, que tengan paciencia y que no busquen atajos. El perfume es un oficio que se construye lentamente, con sensibilidad, conocimiento y una enorme capacidad de observación.
–¿Qué lo sigue sorprendiendo del olfato humano?
–Su fragilidad y su enorme capacidad de ser influenciado, especialmente en comparación con el mundo animal.
–¿Cómo imagina el perfume del futuro?
–Más natural, más consciente y con un lenguaje más claro. Digital no me interesa, sería una gran desilusión.
–¿Existe un olor que lo conecte con el origen?
–El de las raíces, que me devuelve a la tierra, y también el del mar, que me conecta con una idea profunda de libertad.
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