Ignacio Iraola: “Acá siempre hubo una clase media ilustrada, con acceso a la cultura”
El referente cultural Ignacio Iraola pasó de definir la industria editorial y de darle lugar a grandes autores a transformar a Villa Ortúzar en un polo literario
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En el marco de la Noche de las Librerías, Ignacio Iraola —que durante años fue el director editorial del Grupo Planeta en la Argentina— montó un festival de libros y música en la esquina de las calles Charlone y 14 de Julio, allí donde se encuentra la nave que él timonea desde hace poco más de un año: Naesqui, una librería con una afilada selección de libros, talleres, presentaciones y una barra que sirve buen café y buenas tortas, vinos y algo para picar. Esa librería, en Villa Ortúzar, sobresale entre las de Buenos Aires, y Buenos Aires es la ciudad con más librerías del mundo.
En el festival, mientras tocaba Koufequin, la banda de rock para niños, y después, mientras Horacio Vogelfang (el cirujano que creó el Servicio de Trasplante Cardíaco en el Hospital Garrahan) presentaba su libro El corazón en la mano, Ignacio Iraola paseaba entre la gente su figura larga, rematada en unos mechones enrulados, y con zancadas ágiles iba del escenario a los estantes llenos de novedades editoriales.
Sus tres socios (la fotógrafa Paula Salischiker, la pareja de ella —Alan Kritzer— y el abogado Pablo Slonimsqui) también estaban ahí. Algunas personas lo saludaban, otras le hacían preguntas. Iraola —a quien todo el mundo le dice “Nacho”— se convirtió en un referente cultural al alcance de cualquier vecino y de cualquier oyente de radio (cada semana comenta dos o tres libros en No dejes para mañana, el programa de Romina Manguel en Radio Con Vos). Se convirtió, en realidad, en alguien diferente a aquel que fue cuando estaba en la punta de la pirámide de la industria editorial y tomaba decisiones sobre los libros que llegaban al mercado cada día (lo que a lo largo de su carrera, hasta ahora, ha significado un conjunto de unos 6000 títulos).
Ignacio Iraola fue el hombre que estuvo por detrás de muchos best sellers y al lado de muchas estrellas de la palabra impresa: Gabriel Rolón, Felipe Pigna, Darío Sztajnszrajber, Camila Sosa Villada, Soledad Barruti, Martín Sivak, Juan José Becerra, Tamara Tenenbaum, Josefina Licitra, Fabián Casas, María Dueñas, Jorge Fernández Díaz, Rep, Pedro Saborido, María O’Donnell, Alexandra Kohan, Hugo Alconada Mon y algunos otros. Trabajando junto a ellos, Iraola ayudó a definir una época y él mismo se convirtió en uno más entre los grandes editores argentinos. A algunos de esos autores los inventó. A otros los descubrió. O los promovió. O, como a él le gusta decir: los hizo parte del catálogo que dejó.
“Un catálogo netamente comercial —aclara—. Siempre supe que tenía que publicar libros que vendieran bien: especialmente, si quería sacar también libros menos exitosos pero más interesantes".
Alejado ahora de la vida corporativa y también de una oficina luminosa donde tenía un amplificador Marshall (que fue lo primero que me llamó la atención cuando lo conocí en el 2008, el día en que me convocó como ghostwriter para apoyar a una influencer en su improbable camino hacia la publicación de un primer libro), Ignacio Iraola parece haber liberado lo que lleva adentro, una clase de materia efervescente que, en un disco solista de 1993, Mick Jagger llamó Wandering Spirit. O sea, un espíritu inquieto.
Continúa yendo a la inauguración del Filba, a la de la FED, a la gala del Premio Clarín de Novela y a muchos otros eventos literarios. Pero ese espíritu de Iraola también tiene algo cálido: hace siete años se ha dejado tocar por la llegada de su primera hija. La madre de la niña —y la pareja de él desde hace mucho tiempo— es la escritora Ana Wajszczuk (no menos genial que Iraola; de hecho, ambos llamaron la atención de Paul Auster, quien intentó seriamente que se casaran y lo tuvieran como testigo en el registro civil).
“Creo en los libros y los milito, y creo que la cultura nos hace mejores"
“Si tomé la decisión de irme de Planeta fue para pasar mayor tiempo con mi hija, Ramona —sigue Iraola—. Ella fue claramente alguien que potenció todo eso. Tuve el deseo de estar más tiempo con ella, de hacer algo nuevo cerca de casa, de poder ir y venir sin dejar de pasar por el colegio. Antes, el ritmo que yo llevaba era ridículo…“.
Iraola le puso el punto final a su campaña como director cuando escribió un último correo electrónico el 27 de abril de 2022. Asunto: “Una despedida que no es despedida—A farewell that is not a farewell”. Allí anunciaba que su salida era “un cambio que necesitaba”, que era “mi decisión, y estoy orgulloso de lo que decidí”, que estaba por cumplir 50 años y que había pasado 31 años en la editorial, de los cuales 16 habían sido en la posición de máxima jerarquía editorial.
—Y así, un día, abrió su propio espacio. ¿Cuál es el espíritu de Naesqui?
—Es un espíritu netamente barrial —dice sentado en una de las mesas. Habla rápido, se acomoda una y otra vez un mechón que cae sobre sus ojos—. Creo en los libros y los milito, y creo que la cultura nos hace mejores. Naesqui es un espacio que genera lectores. La curaduría se va dando… Yo no quiero privar a un lector o a una lectora de una lectura por un capricho mío, ni quiero que alguien después me lo reclame y diga: este no tiene nada. Es difícil alcanzar el equilibrio. En la librería (trabajamos con Unishop) hay cerca de 8000 libros. Y en otras librerías, hay 40.000. Es una librería chiquita, pero tiene prácticamente todo.
“Si la novedad se disipa, empiezan los problemas. Yo creo que siempre he cumplido con los escritores, nunca les he prometido banalidades. Sé que la industria editorial es una industria darwinista. Siempre lo supe”
—¿Fue grande el cambio?
—Muy grande. Antes de la pandemia yo no conocía este barrio, que es mi barrio. Tengo el subte a una cuadra: me levantaba, me iba en subte a Planeta, pasaba todo el día en Planeta, después probablemente tenía la presentación de un libro… Después de la presentación tenía el cóctel, la comida con el escritor y quizás alguna copa más como para hablar de ciertas cosas.
—Se dice en el mundillo editorial que Iraola cerró más contratos de noche que de día.
—Puede ser… Trabajé mucho de noche, por el sentido social que implica el cargo que tuve, algo que me parece totalmente lógico.
Sus cumpleaños, en una hermosa casa reciclada a unas cuadras de lo que hoy es Naesqui, fueron, en sí mismos, un acontecimiento de la industria editorial argentina. Uno podía ver ahí a unos doscientos invitados. Eran la clase de evento donde las carnes asadas llegaban desde la parrilla y las copas de reflejos etílicos brillaban en la terraza bajo las nubes de marzo, y donde algunos autores jugaban la carta de su vanidad y otros movían alfiles y caballos para terminar la noche con el jaque mate de un próximo contrato.
—¿Extraña esos cumpleaños?
—No. Me acuerdo de que un director de Arte, de Planeta, me dijo: el día que te vayas de la dirección, ¿cuántos van a venir a tu cumpleaños? Yo le dije: es al revés, ¿a cuántos voy a querer invitar? De hecho, ya no hago más esas fiestas… Pero, obviamente: cuando te corrés del poder, muerto el rey, viva el rey. Yo sabía que iba a ser así porque veía a los aduladores y a los chupamedias. Como me dijo Florencia Ure [que dirigió el área de Comunicación de Planeta]: te va a entrar un solo mail y va a ser una factura de teléfono. Pese a los que se borraron, soy un tipo querido, respetado. Noté el apoyo y el afecto cuando abrimos Naesqui.
—¿Le gustaría volver a editar? ¿Tener su propio sello independiente?
—Sí. Hago algunos trabajos… Obviamente que es un sueño tener en algún momento tu propio sello, tu propia editorial. No volvería a aquel ritmo de locura, pero sí.
—Por cierto, ¿cómo lidió cuando Planeta empezó a comprar sellos más pequeños?
—Los sellos que compró Planeta cuando yo estuve ahí fueron Tusquets y Paidós. Los libros publicados atestiguan que mantuvimos la impronta de origen de esos sellos, quizá algo más agresiva. Yo me preocupé de que Tusquets mantuviera su identidad con una histórica en el sello como Paola Lucantis, y me preocupé de que Paidós mantuviera su identidad cuando Martín Sivak fue el gerente editorial y Ana Ojeda, promovida a editora.
—¿Qué consejos le daría ahora a un editor junior?
—Primero que trate de leer libros. La lectura es muy formativa. Este libro que tengo conmigo hoy, Archipiélago, de Mariana Enríquez [lo saca de un bolso], es formativo. Los libros hacen bien. Leyendo a Mariana [Enríquez] y contando mi vida en esta entrevista, me doy cuenta que ella y yo somos personas a las que los libros nos salvaron. A mí me dieron una profesión, me dieron de comer desde los 19 años, me permitieron conocer gente y conocer el mundo. Segundo consejo para un editor junior: que no haga como yo, que sepa que ningún libro es personal. Que tome distancia del trabajo. O sea, la pasión a veces te lleva a ser un enfermo. Que tenga pasión, pero no tanta. Y que pida aumento de sueldo permanentemente.
—¿Usted no pedía aumento?
—Yo sí pedía aumento, pero muchas veces prefería postergar mis aumentos y pelear más la plata de mi equipo. Yo sentía una responsabilidad interna; yo sentía que de mí dependía el sueldo de cien personas.
—En la pregunta anterior, su consejo número dos fue: “ningún libro es personal”. ¿Qué libros se tomó usted de manera muy personal?
—Todos. Todos. Yo sentía que tenía que hacer la mejor tapa, que tenía que hacer el mejor libro, que tenía que hacer el libro más vendido. Y si iba mal, sentía que el fracaso era mío y de nadie más. Así es como yo considero que tiene que ser un jefe. Tiene que pararse adelante del equipo, comerse las piedras y correrse cuando hay aplausos. Yo tuve tres jefes que fueron alucinantes y que me cuidaron: Julio Pérez, Juan Forn y Alberto Díaz. Yo traté de ser el jefe que yo hubiese necesitado tener…
En 1991 Planeta era una empresa grande, pero no tan grande como lo sería después. Iraola era un cadete de 18 años. Cursaba el CBC de Ciencias de la Comunicación, leía novelas policiales, era hijo único y acababa de descubrir a Juan Forn. Forn, a su vez, era el editor estrella de la casa (secundado por las editoras Paula Pérez Alonso y Paula Picó Estrada): había inventado las series Espejo de la Argentina y Biblioteca del Sur, donde publicaban Rodrigo Fresán, Guillermo Saccomanno, Tomás Eloy Martínez, Enrique Fogwill y Rodolfo Rabanal, entre otros.

“Era el boom absoluto —recuerda Iraola—. Forn le daba una impronta medio gringa por su admiración a la novela americana. Para mí él fue una guía de lectura, una guía de música, una guía de cine… Todavía me cuesta hablar de lo importante que fue para mí“.
De Planeta, Forn se fue a Página/12, donde creó el suplemento Radar. Pero antes de irse, logró que Iraola dejara de ser un cadete e integrara el equipo de Prensa dirigido por la ya mencionada Florencia Ure. Allí él empezó a pisar fuerte. Cuando el presidente del Grupo le propuso ser el director editorial en 2006, Iraola se dio cuenta de que ese era el lugar que más lo había atraído desde que había entrado. Era el lugar que había tenido Juan Forn.
—Según su experiencia, ¿cuáles son las particularidades del negocio de vender libros en la Argentina?
—La Argentina, en esto, tiene algo que es lo mismo que tiene el equipo de [Lionel] Scaloni. Es un país con un talento alucinante y con quilombos históricos. Yo creo que lo que pasa con la industria editorial es lo que pasa con la Universidad de Buenos Aires. O sea, la UBA es un lío, sí, pero todos los que egresan de la UBA son mentes relativamente brillantes porque tuvieron el valor de bancarse paros, manifestaciones, cortes y todo lo demás. Yo fui a las grandes ferias del mundo: fui todos los años a la Feria de Frankfurt, fui muchísimos años a la Feria de Londres, fui al Salón del Libro de París, fui a la Feria del Libro de Guadalajara. Todos los editores del mundo reconocen el talento argentino para la edición y también el coraje que hay detrás de la cantidad de librerías y editoriales independientes en este país. La FED es una revolución; el Filba es otra revolución. Esa es la gran diferencia frente a otros países.
—¿A qué atribuye este coraje argentino?
—Hay una curiosidad argentina que tiene que ver con los años 70 y 80: la clase media tenía libros, era una clase media mucho más ilustrada que la del resto de América. Este país era un país más equitativo que el resto de América. Todo el mundo se queja ahora, pero la diferencia que hay en otros lugares entre la clase alta y la clase baja es abismal. Acá siempre hubo una clase media relativamente ilustrada, con acceso a la cultura y al estudio. Esa clase media que no quiere perder esas cuestiones hoy hace esto: nos juntamos y abrimos una librería, un centro cultural, una editorial, una distribuidora… Hay personas muy valiosas en esta industria. Pablo Braun, por ejemplo, es alguien muy valioso: armó una editorial, una librería, un festival y una distribuidora. Fernando Pérez Morales inventó los libros en San Isidro. Víctor Malumián hace unas cosas alucinantes con la FED. Cecilia Fanti armó todo un circuito de librerías partiendo de una librería que era la mitad de un living. Caja Negra cumple 20 años, Editorial Sigilo te clava un Premio Nobel [se refiere a László Krasznahorkai]. La clase media no quiere perder ciertas cosas y va para adelante con coraje. Esa es la gran diferencia que tiene la Argentina.
En 2006 Ignacio Iraola se sentó en la silla de director editorial del Grupo Planeta. En poco tiempo se volvió un editor salvaje e inteligente. Asumió riesgos. Se dejó ver más allá de sus propias fiestas, en las ferias y en las reuniones íntimas. Estimuló a los otros editores que trabajaban con él. Confió en sus autores. De hecho, varias veces entendió que algunas personas tenían lo que había que tener para convertirse en autores, de un modo que esas personas todavía no habían imaginado.
Fue el lobo de la avenida Independencia durante 16 años, antes de que Adriana Fernández lo reemplazara en el cargo y el Grupo Planeta se mudara a un cowork en el barrio de Retiro, en un edificio donde ahora los editores comparten las máquinas de café con los programadores de algunas empresas de informática. Desde la avenida Independencia, Iraola empujó hacia lo alto de los rankings de los más leídos a autores tan disímiles como el Daniel López Rosetti de Equilibrio y sentimientos y el José Pablo Feinmann de El Flaco.
De hecho, yo mismo recuerdo el aura que emanaba Iraola, el director editorial, una tarde en la que se abría paso entre la multitud de la Feria del Libro para conducir a un escenario a Feinmann, el autor estrella. Néstor Kirchner acababa de morir y mucha gente quería leer El Flaco, que era un best seller instantáneo y bien escrito, más allá de los colores políticos. El caminar de Iraola, ese de a grandes zancadas, estaba lleno de certezas.
—Si pudiera editar un libro soñado que no editó, un libro que no existe, ¿cuál sería?
—Busqué permanentemente, y nunca pude hacerlas, las memorias de Charly García. Charly García en primera persona contando su vida. No lo logramos. Pero lo que sí logramos fue hacer el único libro que él publicó: un libro que se llama Líneas paralelas, que es una serie de collages que él hizo cuando estaba haciendo el espectáculo del Colón. De hecho, el espectáculo del Colón se llamó Líneas Paralelas y nosotros salimos con el libro diez días antes. Alejandro Pont Lezica me había comentado que Charly García tenía ganas de hacer un libro y a mí me pareció alucinante. Le dije que sí, que claro que sí. Le dije: ¿a dónde lo voy a ver? Dijo: no, Charly quiere ir a la editorial. Pero Charly García en la editorial iba a ser un lío.
—¿Cómo lo manejaron?
—Combinamos que Charly García fuera a la editorial tipo seis de la tarde, para que la gente ya se estuviese yendo y no se reuniera una multitud. Charly llegó como a las siete. Entró en mi oficina, totalmente tímido, con Mecha, su mujer, y con Pont Lezica y me dio lo que era el libro: un original con todos sus dibujos, con capas de pintura, todo mojado y medio quemado. En la noche anterior había estado medio nervioso porque iba a ir a una editorial y como los dibujos no se secaban, los puso arriba de una estufa. La estufa hizo combustión con la pintura y empezó a salir humo. Y los tiró adentro de un inodoro. Ese fue el original que me trajo. Genial. Cuando se fue, me miró y dijo: “Tienen pelo, tienen pelo…”. Yo me quedo con Pont Lezica y le pregunté qué era eso del pelo. Pont Lezica me respondió que Charly se imaginaba a un editor de libros gordo, pelado y viejo. Después nos invitó al espectáculo en el Colón, nos invitó al backstage y me dijo: “El libro fue la picadita del Colón”.
—Hizo grandes libros de rock. El libro de Fito Páez de 2022, Infancia y juventud, es muy bueno.
—Yo creo que los rockeros escriben buenos libros porque tienen cierto respeto desde un arte hacia otro arte. En la pandemia lo volví loco a Fito para que escriba sus memorias. Antes habíamos probado con ghostwriters y no había pasado nada. Cuando recién arrancó la pandemia, lo llamé y le dije: ya no tenés excusas. Y ahí arrancó. Las escribió él mismo.
Algunos días antes del festival en Naesqui, Ignacio Iraola me muestra su biblioteca, en la casa donde hacía aquellos cumpleaños. La biblioteca es un trabajo en madera de gran calidad; abarca dos paredes. Tiene nueve estantes y una escalera con rieles, al estilo de la librería Eterna Cadencia. Observar esta biblioteca —donde también hay muchos libros de Ana Wajszczuk— es un acto hipnótico para cualquiera que ame leer. Pero no es aquí, sino en el ambiente contiguo, donde se aprecia toda la melomanía de Iraola en una gran estantería con cientos, o probablemente miles, de CDs y discos de vinilo. A los costados hay un afiche de una retrospectiva del artista pop Roy Lichtenstein en la Tate Modern y otro de la película Blow-Up, de Michelangelo Antonioni.
—¿Cómo funciona la cabeza de un editor? ¿Cómo formó una cabeza hábil para publicar libros de todos los géneros?
—Yo no tengo un gusto excelso para tres. Mi gusto es muy abarcativo. Soy curioso. Me crie leyendo Rolling Stone, El Gráfico, LA NACION, la primera Inrockuptibles, Radar, esto, aquello, lo otro. Veía la televisión, iba al cine. Una cosa llevaba a otra. Eso es algo de la clase media ya un poco antigua. En las casas había libros, y había distintos tipos de libros. Yo recuerdo a mi padre comprando los coleccionables de la Guerra Civil Española, de la Segunda Guerra Mundial, trayéndome historietas, recuerdo a mi madre leyendo el Círculo de Lectores, o sea, te llegaban muchas cosas. Cuando sos el director de un editorial, te sentís un poquito el dueño, porque también sos el que lleva la pelota: el que tiene que inventar. Y en ese sentido, estar en un lugar como Planeta es una oportunidad para arriesgar. Tenés una empresa que te banca, tenés espacio, tenés billetera y si encima sos medianamente creativo, tenés la posibilidad de tomar riesgos.
—¿Cuánto de ese “gusto abarcativo” viene de su infancia? Hijo único, criado en el barrio de Belgrano… ¿Qué leía en esos años?
—En mi casa había muchos libros. Empecé a leer con siete años. Tenía algunos amigos más grandes y ellos, a su vez, tenían hermanos más grandes. Todos ellos me guiaron en la lectura y también me metieron mucho en la música. Tenían unos vinilos descomunales. Los Beatles, los Rolling Stones. El primer casete que me regaló mi viejo fue Help!, en 1978. Todavía lo tengo. A partir de ahí empecé a leer un poco de historietas, era fanático de Asterix y de Lucky Luke. Tenía una madrina soltera, muy culta: de ella heredé toda su biblioteca, que vino con las primeras ediciones de El Séptimo Círculo. Era una fanática del policial, muy culta, y cuando vio que yo empecé a leer Asterix, me empezó a regalar muchísimos libros de Asterix.
—¿Cuáles son sus virtudes para estar en el mundo de los escritores, que es un mundo de vanidades, de glamour y de grandes nombres?
—Nunca tuve un ego de editor frente a un escritor o a una escritora. Siempre fui muy respetuoso con ellos y con ellas. Creo que me ayudó el hecho de haber sido, antes, jefe del departamento de Prensa de la editorial: ya conocía las inseguridades y los caprichos con los que iba a tener que lidiar.
—Los escritores tienen mucho ego.
—No creo… O quizás sí. Quizás puede haber ego, pero también hay mucha inseguridad. Es entendible: si te pasaras escribiendo un libro tres años, cuatro años, cinco años, muchas veces la devolución de los amigos y las amigas no serían lo duras que deberían ser. Después el libro se publica y hay un mes para que funcione o no funcione. Entonces aparece la vanidad. Pero yo creo que es inseguridad. Si en la primera semana el libro no funcionó bien, los libreros lo van corriendo hacia el fondo… Si la novedad se disipa, empiezan los problemas. Yo creo que siempre he cumplido con los escritores, nunca les he prometido banalidades. Sé que la industria editorial es una industria darwinista. Siempre lo supe.
—¿Fue parte de eso?
—Sigo siéndolo.
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