Robert Moses, el despótico urbanista que dejó huellas profundas en Nueva York
Cada vez que Nueva York vuelve a debatir su diseño y escala, el nombre de Robert Moses vuelve al centro de la escena ¿Quién fue este polémico urbanista que, en su imparable ascenso al poder, modeló la ciudad a su antojo durante cuatro décadas, inspirando ensayos, historietas, óperas, películas?
13 minutos de lectura'
Nueva York acaba de sumar un nuevo gigante al 270 de Park Avenue. La flamante sede global de JPMorgan Chase, un coloso diseñado por Norman Foster, irrumpe en su skyline como una demostración de fuerza que no pasa inadvertida. Con más de 420 metros de altura y miles de toneladas de acero —suficientes para dar la vuelta al mundo dos veces—, el edificio reemplazó una torre de oficinas plenamente utilizable y se impuso, con sus luces LED, visible por las noches desde cualquier distrito. Para algunos, se trata de una proeza técnica acorde a los tiempos; para otros, una pieza de fanfarronería arquitectónica, un masacote que, en vez de dialogar con el entorno, lo obliga a rendirse a su desmesura. Esta ambición, que borra capas del pasado para forzar una visión monumental del futuro, no es nueva: tiene una genealogía reconocible que reaviva viejos debates —quién decide la forma de la ciudad y con qué idea de progreso— y un fantasma con nombre y apellido: Robert Moses.
Sin Robert Moses, Nueva York se vería muy distinta: casi otra ciudad. Elogiado por unos, detestado por otros, este funcionario público ejerció —en su presunta expertise— un poder sin parangón en la historia de Estados Unidos, remodelando radicalmente uno de los lugares más conspicuos del mundo. Emperador en las sombras, su larga lista de puestos públicos —llegó a ocupar doce en simultáneo— apenas insinúa el alcance tentacular de su dominio: viviendas, parques, playas, carreteras, túneles, muelles, piscinas públicas, salas de exposiciones, centros cívicos; nada escapaba al control de este conservador utopista, que jamás fue electo por la ciudadanía.
Elogiado por unos, detestado por otros, este funcionario público ejerció —en su presunta expertise— un poder sin parangón en la historia de Estados Unidos, remodelando radicalmente uno de los lugares más conspicuos del mundo
“El que puede, construye; el que no, critica”, pontificó RM (1888-1981), politólogo formado en Yale que —sin estudios en arquitectura o urbanismo— devino el gran maestro de obras de NY entre 1924 y 1968. Suya la creación del impresionante puente colgante Verrazano que conecta Staten Island con Brooklyn; la del Triborough (hoy John F. Kennedy) que une Manhattan, Queens y el Bronx, dando la medida de su poderío: a Franklin Delano Roosevelt no le convencía este proyecto, pero perdió la pulseada frente a un Moses que, a lo largo de extensa su carrera, vio pasar a cinco alcaldes, seis gobernadores, cinco presidentes.
Solo una vez se presentó a elecciones, para gobernador por el Partido Republicano en el 34, pero la derrota fue aplastante. Esta debacle no mermó su autoridad administrativa, a la que supo sacar provecho como comisionado de Parques de la Ciudad de Nueva York, jefe de la Comisión de Energía Estatal, presidente de la Autoridad de Puentes y Túneles, por mentar algunos de sus múltiples cargos. En estos y otros roles —hasta su jubilación pisando los 80— ideó y supervisó con éxito: la construcción del complejo artístico Lincoln Center, del zoológico de Central Park y del Palacio de Cristal de las Naciones Unidas. Amén de proyectar numerosos parques infantiles, canchas de básquet, cientos de kilómetros de avenidas y autopistas —financiadas por el sistema de peaje que él mismo dirigía—, etcétera.
A veces, mandaba iniciar obras sin contar con el debido permiso, a sabiendas de que “una vez clavada la primera estaca, nadie detiene el emprendimiento para no ser de inoperancia”.
¿Héroe o villano?
Nacido en una familia acomodada de judíos alemanes, se ha dicho que RM poseía una extraordinaria vitalidad y que trabajaba quince horas al día, alternando entre oficinas (una de ellas, su limosina). Cultivaba a Shakespeare, de quien podía citar fragmentos de memoria, y salpicaba sus discursos con versos de otros poetas ingleses. Si bien favoreció el automóvil por sobre los peatones en su tejido urbano, jamás aprendió a manejar. Ni falta que le hacía: disponía de choferes privados rotativos, en guardia las 24 horas.
El pragmático e implacable Moses —que se arrogó la capacidad de expropiar terrenos para dar cauce a sus ideas— no disimulaba su falta de empatía por quienes sufrieran el paso de su excavadora. “Me saco el sombrero frente al constructor que puede eliminar guetos sin desalojar gente, de igual modo que saludo al chef que puede hacer tortillas sin romper huevos”, fue su irónica respuesta hacia el final de su carrera, acusado de expulsar sin miramientos a comunidades enteras. Por ejemplo, las siete mil familias desplazadas para que pudiera construir el Lincoln Center; o los 40 mil vecinos obligados a mudarse para que desarrollara la autopista Cross-Bronx.
Esa misma apatía se cuela en cierto detalle de mobiliario urbano: los ocho mil bancos públicos que pergeñó en el 39 con separadores metálicos, pensados para que nadie permaneciera, se recostara, durmiese. Una lección de arquitectura hostil, firmada por un varón que, en la imaginación popular, pasó a la historia como un villano elitista y arrogante, racista, antisemita inclusive, que ignoró a los pobres, arrasó zonas habitadas por comunidades afro y latinas, destruyó el diseño tradicional para imponer un paisaje de autopistas y torres de ladrillo, favoreció la circulación de los coches en detrimento del transporte público.
¿Inauguró la era moderna de Nueva York imponiendo obras públicas necesarias y renovando áreas marginales? ¿O prácticamente desvirtuó la ciudad, subyugando a sus habitantes a la soberanía del auto? El debate prosigue entre especialistas en planificación urbana sobre este personaje que hizo y deshizo a su antojo, pasando inadvertido para el gran público… hasta la publicación de cierto libro.
Moses sale, a su pesar, de las sombras
Hace poco más de un año, se cumplieron cinco décadas de la primera edición de The Power Broker, una obra que su autor, el periodista Robert Caro, creyó que interesaría a muy poca gente cuando salió a la venta. Había que animarse a leer 1300 páginas sobre un virtual desconocido… El volumen —resultado de siete abrumadores años de investigaciones— se presenta como la biografía de Robert Moses, descripción que a las claras le queda chica.
“Un análisis exhaustivo sobre cómo se forman ciudades, se amasan fortunas, se arruinan vidas y se acumula un poder nunca antes visto”, condensa el podcast 99% Invisible, que por las bodas de oro produjo un muy escuchado especial de doce episodios sobre este clásico de la literatura de no ficción estadounidense, donde los presentadores Roman Mars y Elliott Kalan repasan el dilatado volumen capítulo a capítulo, acompañados por personalidades como el comediante Conan O’Brien o la congresista demócrata Alexandria Ocasio-Cortez.
Más recientemente, el ensayo le dio letra a The Power Joker, comedia teatral que imagina a Moses (Sam Rogal) en delirante escenario: como anfitrión de un talk show que, naturalmente, cobra “peaje” a quienes entrevista. El host chicanea con desparpajo e impunidad a sus invitados; entre los cuales, el alcalde electo Zohran Mamdani que, durante su campaña, se animó a debatir virtualmente con el resucitado urbanista. Así, mientras el demócrata defendía su propuesta de volver gratuitos los autobuses, Moses retrucaba desde el otro barrio fiel a su leyenda: recordando su desprecio por el transporte público, a punto tal de hacer autopistas deliberadamente bajas para impedir que los colectivos circulen, con las consabidas consecuencias para quienes no pudieran costearse un coche.
Durante aquel cruce, Mamdani rescató la escala de algunas grandes obras del pasado, pero lamentó que buena parte de esas ambiciones hayan quedado en manos de megalómanos como el susodicho. El desafío, sugirió, es recuperar esa audacia para construir más viviendas que resuelvan la actual crisis habitacional en NY, además de congelar la renta, entre otras soluciones que buscará implementar para que la cité sea un sitio más asequible. Días pasados, en uno de sus primeros discursos públicos tras asumir el cargo, Mamdani volvió sobre la figura de Moses para criticar duramente su manera de “abrirse paso con un hacha de carnicero”: una lógica de planificación que “destruyó hogares y expulsó vecinos, dejando heridas duraderas en los tejidos barriales”. Nótese, por cierto, que de aquí en adelante Zohran vivirá en la Mansión Gracie… el mismo lugar que Moses estableció antaño como la residencia oficial del alcalde de turno. Un giro cuanto menos irónico: el hombre que llega con ánimo sacudir las estructuras de poder terminará habitando la casa que el Master Builder institucionalizó a su medida.
Ejemplos, en fin, del predicamento que sigue ejerciendo este legendario volumen de Caro —y su protagonista—, inspirador también de musicales (Bulldozer: The Ballad of Robert Moses, del compositor Peter Galperin), clubes de lectura, numerosos TikToks. Incluso existen juegos de mesa temáticos como Triborough: The Card Game, que incita a ponerse en los expeditivos zapatos de RM, “planeando y conspirando para concretar proyectos de infraestructura”. Contrario a lo que el autor pensó que sucedería, su trabajo se convirtió en una obra de culto en Estados Unidos. Tanto que el mismísimo Barack Obama la ensalza, admitiendo que le enseñó los tejemanejes de la política.
El libro no solo ganó el Pulitzer en sus días: es un best-seller permanente, ponderado como una “proeza periodística y narrativa que continúa moldeando nuestra comprensión de la ciudad de Nueva York”, según expertos que alaban la prosa elegante y el ritmo trepidante de la historia, además del principal mérito: revelar el alcance descomunal del poder de Robert Moses y el desgarrador costo humano detrás de sus obras públicas. También es un texto que muchos aseguran haber completado su lectura para darse ínfulas, aunque apenas hayan pispeado unas páginas, reseñas, resúmenes. En consecuencia, las tazas y remeras a la venta con la frase “Yo sí terminé The Power Broker”: un chiste solo para entendidos.
¿Inauguró la era moderna de Nueva York imponiendo obras públicas necesarias y renovando áreas marginales? ¿O prácticamente desvirtuó la ciudad, subyugando a sus habitantes a la soberanía del auto?
Hay que decir que, pese a ser uno de los biógrafos mejor considerados de Estados Unidos, Caro tiene fama de larguero. Se rumorea que su extensísima tesis universitaria —sobre Hemingway— obligó a Princeton a establecer un límite de caracteres para trabajos de último año. Que su ópera prima, The Power Broker, perdiera dos capítulos enteros por recomendación de su editor, el legendario Robert Gottlieb, todavía atormenta al célebre escritor, también autor de una premiada saga sobre la vida de Lyndon Johnson.
NY tiene su barón Haussman
“No estoy para nada de acuerdo con esta biografía ni tengo tiempo para dedicarle”, se lee en la misiva que Moses le hizo llegar a Caro en el ’66, tajante negativa en respuesta al pedido de una entrevista. Un dolor de cabeza salir de las sombras donde hacía y deshacía a sus anchas, reestructurando la Gran Manzana cual zar de la planificación: un autócrata del XX a quien hoy se lo responsabiliza por los graves problemas de congestión y la crisis de vivienda de la ciudad, por muchos apodado “el Haussmann neoyorkino”. Finalmente, su figura solo sería equiparable a la del barón Georges Eugène Haussmann, prefecto del Sena durante el Segundo Imperio que, bajo la protección de Napoleón III, tuvo carta blanca para remodelar la Ville Lumière francesa a su capricho.

El barón necesitó menos de dos décadas para orientar esta metrópolis hacia una modernidad con luces y sombras: kilómetros y kilómetros de alcantarillado, decenas de miles de farolas a gas, ayuntamientos, parques, escuelas. Y sobre todo, grandes arterias y bulevares que mejoraron la circulación de la urbe pero, a la vez, facilitaron el despliegue represivo de las tropas, desalentando barricadas y revueltas populares de clases humildes que habían sido desplazadas a la periferia.
Cine y teatro inspirados por el polémico urbanista
En 2019, se estrenó la película Huérfanos de Brooklyn, dirigida y protagonizada por Edward Norton: thriller político-inmobiliario ambientado en los años cincuenta, adaptación infiel de la homónima novela de Jonathan Lethem sobre un obstinado detective que sufre de síndrome de Tourette. Norton, el investigador de marras, acaba envuelto en un enrevesado laberinto de intrigas municipales, cuyo aterrador minotauro no es otro que un funcionario todopoderoso llamado Moses Randolph (Alec Baldwin), representación apenas disimulada de Robert Moses.
Entre las pistas sembradas figura la decisión de filmar la majestuosa fortaleza insular escondida bajo el puente Triborough, en Randall’s Island, donde el verdadero Moses trasladó su base de operaciones en la década del treinta. O mostrar al personaje de Baldwin cual ávido nadador, con acceso irrestricto a todas las piscinas públicas de NY, otro guiño a la afición del original. Norton pinta a su Moses como un genio sociópata de marcado racismo, implacable en la empresa de vaciar barrios afro y obreros para salirse con la suya. Una visión sin duda alimentada por su propio abuelo, James Rouse, urbanista reconocido que abogó por el acceso a la vivienda digna de las clases menos favorecidas y la defensa de la historia cívica, entendiendo que el diseño urbano debía contemplar la dignidad humana, además de ser funcional. Para su antepasado, revela Norton en interviús, “Moses era uno de los hombres más peligrosos de Estados Unidos”.
Diferente es la mirada del prestigioso dramaturgo inglés David Hare, autor de la obra Straight Line Crazy, que tuvo concurridas funciones hace unos años en Londres y Off-Broadway, con Ralph Fiennes en la piel del debatido urbanista. La pieza “se rehúsa a presentarlo como un corrupto estrecho de miras”, según el New Yorker; en cambio, abraza su complejidad, narrando dos momentos clave de su trayectoria.
Primeramente, lo presenta en la efervescente década de 1920, peleando contra las clases altas de Long Island, cuyas pitucas mansiones de fin de semana corren peligro por el plan de RM de levantar allí las autopistas que conectarán NY con las playas y parques que, democratizando el ocio, él mismo impulsa en los condados de Nassau y Suffolk. Más tarde, la historia se ubica en los 50s para hablar de uno de sus pocos proyectos frustrados: una autopista que cruzara Greenwich Village.
Jane Jacobs: la piedra en el zapato
Si no pudo llevar a cabo esta última iniciativa fue, en gran medida, a causa de quien acabaría siendo su mayor némesis: una vecina llamada Jane Jacobs, que se cargó la protesta sobre los hombros, logrando sumar la simpatía de la prensa y de personas tan influyentes como Eleanor Roosevelt. JJ se volvería una teórica del urbanismo muy estimada, santa patrona del activismo en favor de revitalizar las veredas, pensar la ciudad a escala humana, considerar la óptica del transeúnte. Su florecido estatus como ícono pop se confirma con la encantadora serie The Marvelous Mrs. Maisel, de Amy Sherman-Palladino, que la muestra en plena lucha en una de sus temporadas.
De tan famoso, el combate entre Jane y Robert inspiró una inusual ópera contemporánea, A Marvelous Order, del compositor Judd Greenstein, con libreto de la poeta Tracy K. Smith, que recibió críticas favorables. La disputa también le dio letra al difunto historietista francés Pierre Christin para imaginar unas cuantas páginas de su novela gráfica Robert Moses: el maestro olvidado de Nueva York, de 2014, con impresionantes dibujos de Olivier Balez, que aborda la muy intensa vida y obra del artífice de la remodelación de Nueva York.
1La sorpresa hot que descolocó a Gimena Accardi en su primer verano de soltera
2Tienen entre 60 y 70 años: veteranos de Malvinas argentinos e ingleses se unen en una gesta inédita a la cima del Aconcagua
3Los depósitos en dólares del sector privado rozan los US$37.000 millones y alcanzaron un récord
- 4
Se firmó la toma de posesión de las primeras rutas privatizadas por el Gobierno



