Un divorcio de élite que se convirtió en best seller
Strangers, las memorias de una señora de la alta sociedad neoryorquina, permite espiar la vida de los más privilegiados
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NUEVA YORK.– Es el sándwich del momento. Palta cortada con precisión quirúrgica dentro de rodajas perfectas de pan tostado. Suena aburrido de morir, pero nadie habla de otra cosa. Y, para colmo, el sándwich no existe en la realidad. Vive —y reina— en Strangers, las memorias de Belle Burden, una señora de la sociedad más rancia local que acaba de publicar el relato de su divorcio.

El libro ya se agotó en todas las librerías de Manhattan, y el sándwich aparece en los primeros capítulos. Durante la pandemia, la familia perfecta —marido financista, mujer dedicada a los chicos y a la filantropía— se refugia en el balneario kennedyesco de Martha’s Vineyard. Una noche, un hombre llama a Burden para decirle que su esposa tiene un affaire con James, el marido de ella. Belle lo confronta. James pide perdón, pero pasa la noche entera al teléfono con su amante, que acaba de intentar suicidarse. A la mañana siguiente, se va. No quiere tener más nada que ver ni con ella ni con los chicos.
Había un acuerdo prenupcial que siempre iban a modificar: después de veinte años de matrimonio, a ella la dejaba prácticamente sin nada. Pero nunca había llegado el momento de hacerlo, y además eran tan estables. Ahora él exige que se cumpla a rajatabla. Nunca más contesta los llamados. Tiempo después, reaparece en la casa solo para comunicarles brevemente el divorcio a los hijos.
Había un acuerdo prenupcial que siempre iban a modificar: después de veinte años de matrimonio, a ella la dejaba prácticamente sin nada
Terminado el anuncio, gira hacia Belle y le dice que tiene hambre. Que le haga un sándwich. Con las manos temblando, ella empieza a tostar el pan y a cortar la palta. “Si voy a hacer esto, lo voy a hacer bien -se dice- Después de todo: ¿cómo se puede dejar a una mujer que hace sándwiches tan buenos?”
¿Era el hombre un monstruo? ¿Ella se había convertido en una autómata? ¿O eran, simplemente, extraños —de ahí el título del libro— que habían compartido una vida sin conocerse? Strangers es un libro incómodamente divertido porque permite espiar al grupo que siempre se consideró el más privilegiado. Profesionales blancos, ricos, discretos. No son las Kardashian, ni Jeff Bezos, ni Elon Musk. Son los de los clubes privados, los colegios de élite, las membresías heredadas. La famosa quiet money, el dinero silencioso, que acá queda expuesto con altoparlantes. Belle Burden, además, es nieta de Babe Paley, uno de los célebres cisnes de Truman Capote, lo que suma una capa extra de glamur y decadencia. Todo está servido para mirar, criticar y —por qué no— sentirse un poco superior. Sin embargo, es irresistible cómo está escrito y hasta los medios de la tradicional centroizquierda intelectual, como The New York Times, le dieron un espaldarazo impresionante.
Ella pensó: no voy a desperdiciar ni un minuto de mi vida honrando a ese hombre con mi oficio.
Reseñándolo para el matutino de referencia, una amiga gran periodista, Alex Kuczynski, aprovechó para recordar una anécdota: la de otra escritora exitosa cuyo marido la dejó abruptamente y, al irse, le dijo con una sonrisa ansiosa: “Algún día vas a poder hacer un libro entero sobre mí”. Ella pensó: no voy a desperdiciar ni un minuto de mi vida honrando a ese hombre con mi oficio. Y al leer Strangers, confiesa Kuczynski que no podía evitar preguntarse si James, el exmarido, no se sentiría celebrado por semejante despliegue narrativo.
Mucho más allá de cualquier tema de (espantosas) relaciones de pareja, esa es la cuestión que le queda flotando a cualquiera que escribe. Cuando alguien hace algo imperdonable, escribir puede funcionar como venganza para el damnificado. Pero también como amplificación. Dar entidad, nombre, páginas: ese es el poder de quien tiene la pluma… y, al mismo tiempo, el poder que se le otorga al otro. ¿Todo es material? ¿Cuanto peor, mejor? Según Kuczynski, para Burden la decisión correcta fue no quedarse callada. Es el número uno de la lista de best sellers. Aunque muchos no puedan evitar lamentar que el sándwich de palta —pieza devenida tan fija del menú urbano— haya quedado arruinado para siempre.
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