A hurtadillas
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La tela gris ocupa casi en su totalidad la imagen. En algunas partes está seca; en otras, mojada. Se encuentra extendida hacia los extremos y plegada hacia el centro. Y es en ese centro donde se dibujan unas manos que la aferran y aparecen unos ojos y una nariz en una hendija rasgada no sabemos si ya existente o creada a propósito para mirar hacia afuera de la casa en un día lluvioso. Da toda la sensación de que esa mirada no quiere ser vista ni descubierta. No hacia el frente, sino hacia un costado hay algo digno de captar su atención sin que aquello que observa sepa que está siendo observado. Está realizando una de las acciones más tentadoras para el ser humano: espiar, captar ese saber que el otro no sabe que desde ese instante empezamos a poseer. Surge así la fascinación o el espanto de enterarnos de algo que no es propio. También, el poder de decidir qué vamos a hacer con esa información hurtada.








