A los 72 años, murió el pintor Ernesto Bertani, “el ilusionista de Ituzaingó”
Con estilo propio, creó series sobre temas tan diversos como el amor, la soledad, la guerra de Malvinas y la corrupción
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El artista Ernesto Bertani, de 72 años, falleció ayer en la localidad bonaerense de Lomas del Mirador. A inicios de febrero había sido internado por un accidente cerebrovascular, del que no se pudo recuperar. El “ilusionista de Ituzaingó” vivía con su familia en Parque Leloir y tenía su taller en la ciudad de Buenos Aires, en la calle Agrelo. Había nacido el 3 de febrero de 1949 en el barrio porteño de Villa Devoto. Estudió escultura con Leonardo Rodríguez y pintura con Víctor Chab. A partir de 1976 comenzó a exponer en muestras individuales y colectivas en galerías, salones y bienales del país y del exterior y, a partir de la década de 1990, la galería Zurbarán representaba su obra. Varias personalidades poseen pinturas de Bertani, entre ellos, la expresidenta de la nación Cristina Fernández de Kirchner, los escritores y periodistas Jorge Lanata y Jorge Asís, y el extitular del Fondo Monetario Internacional Michel Camdessus. Estaba casado con la dibujante y escultora Mirta D’Andrea, y era padre de dos hijos: Mauro y Martín.
“Era uno de los artistas estrella de nuestra galería”, informó a LA NACION Javier Zenteno, de Zurbarán, y agregó que Bertani, antes de sufrir el ACV, trabajaba en una serie de pinturas para exponer este año. Debido al volumen de obra del artista que ideó metáforas visuales sobre temas variados como el amor, el matrimonio, la soledad, el deporte, la guerra de Malvinas y la corrupción, la galería organizaba una muestra por año. Su amor por la pintura se había originado en la infancia, cuando con su tía Bertha Rioboo, pintora y galerista, visitaba exposiciones de arte. Al verla pintar, quiso ser artista.

Bertani creó un estilo propio y una técnica que surgió por necesidad; una tarde que se había quedado sin telas decidió montar sobre el bastidor el retazo de un viejo pantalón. Desde entonces, comenzó a pintar con aerógrafo y pintura acrílica sobre telas de tapicería y de prendas de vestir, que luego entramaba; sus personajes masculinos visten trajes elegantes y los femeninos, vestidos entallados. “Trabajo sobre casimires no solo porque son bellas y sugestivas telas, sino también por su carga de realidad, y porque simbolizan al ser urbano y su trama social”, declaró en la revista Evaristo Cultural. Uno de los leitmotivs evidentes de su obra es la figuración del cuerpo. “El cuerpo siempre fue tatuado, intervenido, deformado”, señaló no solo en referencia a los estereotipados patrones de belleza sino también a las manipulaciones genéticas. Sabía ser lírico y humorístico, y los que lo conocieron no dudaron en definirlo como una persona encantadora y dedicada por entero a la pintura.
Recibió varios reconocimientos a lo largo de su carrera, como el Gran Premio de Honor Salón Nacional, en 2002; el Gran Premio Salón Nacional del Dibujo, en 1994 y 1992, y el Premio Casa de las Américas, en La Habana, en 1984. Su obra integra la colección de museos públicos de nuestro país como el Museo Sívori y el Palais de Glace.
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