Abrir puertas para abolir los males del histórico provincianismo

Matías Néspolo
Matías Néspolo PARA LA NACION
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19 de febrero de 2019  

Renuncio de antemano a cualquier pretensión de imparcialidad. Cuando uno lleva casi dos décadas montando butifarradas, en lugar de invitar unos choripanes, es imposible serlo. O peor, cuando se prefiere el alioli al chimichurri, el síndrome de Estocolmo es completo. En descargo, recuerdo lo que me susurró hace años una de mis hijas frente a sus amigos: "No parlis català, papa, que em fas vergonya" (no hables en catalán, papá, que me das vergüenza). Cuando hablamos la lengua de Ramón Llull, los argentinos sonamos como italianos. Es así.

Desde este ambiguo lugar del asimilado que no encaja, diría que lo más valioso que tiene Barcelona (y la cultura catalana) es paradójicamente su provincianismo. Si la Reina del Plata peca de provincianismo desde la soberbia, al creerse desde siempre la cosmopolita París del Cono Sur, Barcelona lo hace desde la humildad, como capital de ese país petit al que le cantaba Lluis Llach desde una lengua minoritaria y la conciencia de sus limitaciones. Quizá por eso una sea mucho más hospitalaria y receptiva.

Los puentes culturales entre Buenos Aires y Barcelona vienen de lejos, desde Margarita Xirgu y el exilio republicano hasta Serrat. No es mi intención repasarlos, sino constatar que en el terreno literario ese puente de intercambio cobró en los últimos años casi una dirección única. Se me dirá que exagero y que en Buenos Aires se conoce y se lee a clásicos como Mercè Rodoreda y Josep Pla, o a pesos pesados como Juan Marsé y Eduardo Mendoza y hasta a algún catalán como Albert Sánchez Piñol. Pero no exagero porque en Barcelona se edita y se lee no solo a los grandes como Walsh, Piglia, Fogwill o Aira, sino también a la generación que hoy hace la literatura argentina: Selva Almada, Mariana Enriquez, Samanta Schweblin, Pedro Mairal, Fabián Casas, Guillermo Martínez, y podría seguir. ¿Existe un dream team catalán equivalente en las librerías de Buenos Aires? Me temo que no. Para muestra, un botón: una pequeña editorial independiente barcelonesa, Trampa, acaba de publicar Oliverio al alcance de todos, la más cuidada y completa de las completas, valga la redundancia, de Girondo con acuarelas, facsímiles e inéditos. ¿Alguna editorial porteña lo hizo con ese genial prestidigitador de la palabra llamado Joan Brossa?

En Barcelona se vive la invitación a la Feria como una oportunidad única. Sinceramente, creo que la oportunidad la tenemos nosotros, la de abrir un puente de ida y vuelta. Todo ganancia. Porque el provincianismo no se cura mirando hacia afuera, sino abriendo las puertas.

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