Al menos, sé que huyo porque amo
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“¿Y? ¿Vas a ir a lo de Soda?”, me preguntó días atrás un muy querido colega de este diario, con quien compartimos la pasión por la música. “No”, le contesté un poco acelerada, sacudiéndome el tema de encima, pero como noté por su mirada curiosa que exigía un mayor compromiso de mi respuesta, agregué el motivo que la confianza y el afecto me permiten con ciertas personas: “No voy a ir porque me va a hacer mal”, añadí mirándolo a los ojos, y creo que entendió lo que cualquiera que me conozca moderadamente bien a esta altura sabe, sin necesidad de notas al pie: que estoy tan respetuosamente enamorada de la obra de Soda Stereo, y de lo que esa banda significó en términos históricos para el rock de nuestro país, que me cuesta demasiado pensar en presenciar cualquier situación “en vivo” de un grupo cuyo cantante, guitarrista y principal compositor -triste, irremediablemente…- no está más entre nosotros.
Me siento aquí en la necesidad de contar algunos detalles escandalosamente personales: vi a Soda Stereo en Obras, en el Estadio de Vélez para el cierre de la Gira Animal, en el Gran Rex (cuatro funciones de las 14 que hubo en esa serie), en la Avenida 9 de Julio (ante 250 mil personas), en Obras (sí, más adelante, en cuatro de las 10 noches de presentación del álbum Dynamo), otra vez en el Gran Rex (no sé ya en cuántas funciones); en la Plaza Moreno, con motivo del 113º aniversario de La Plata; en la cancha de Ferro, en la despedida en River y en River de nuevo, pero 10 años después, en tres de las seis presentaciones del tour de reencuentro, Me verás volver. A muchos de esos conciertos asistí ahorrando el dinero que mis padres me daban cada día -y no sobraba- para comprar mi merienda durante el recreo escolar. Tengo material periodístico de archivo atesorado en biblioratos, horas registradas en VHS y cassettes “piratas” (cuánta ternura me da hoy ese término) de shows en Paraguay, en Perú, en Los Ángeles y tantos otros lugares. Es decir: hablo con cierto respaldo.

Desde luego, hoy, con muchos años de distancia y experiencia en esta profesión, que me dio contacto directo con tantos artistas, sé muy bien que la música no solo es una pasión, también es una fuente de ingresos; muchas familias viven detrás de cada show, más allá de los rostros visibles. Por esto, es muy celebrable que haya espectáculos multitudinarios y que la cultura sea valorada como el bien que es. Pero hay algo en el planteo de Soda Stereo Ecos, la serie de presentaciones que debutó días atrás en Buenos Aires y que recorrerá otras varias ciudades de Iberoamérica, que más allá del respeto por la calidad, la proeza tecnológica y el trabajo de tanta gente involucrada, me entristece: que es la mostración más cabal de que eso que tanto deseo -que Gustavo Cerati “esté” otra vez, sobre el escenario y en la vida misma…- es imposible. Ningún avatar hiperrealista podrá imitar jamás esa pasión, esa sonrisa sensual y socarrona, sus intervenciones geniales (“Gracias totales”, ¿hace falta citar alguna más?), las miradas de odio fulminante hacia los costados ante algún eventual pifie que pusiera a prueba su veta perfeccionista o el éxtasis de sus solos de guitarra -el cierre de “Final caja negra” era una cúspide de estremecimiento en cada concierto-. Tampoco podrá, pese a que Cerati era un profundo, sensible lector de la actualidad, poner en letra y música el reflejo de nuestros tiempos, darnos el orgullo de nuevas canciones (me atrevo a pensar que, si las cosas hubiesen sido diferentes, el último tema de Soda Stereo no dataría de los años 90…), apelar a su humor barrial y porteñísimo, responder con audacia…
Por estas y algunas otras, todas razones del corazón, es que no puedo ni quiero, esta vez, ver este show. Una línea de “Prófugos” dice “Al menos, sé que huyo porque amo”. Una vez más, Gustavo, no podría explicarme mejor que con tus propias palabras.
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