Alan Pauls: “La Argentina es difícil siempre; lo es cuando uno vive en el país, lo es también a la distancia”
Radicado en Berlín, el reconocido escritor estuvo en Buenos Aires, donde presentó su libro de ensayos y entregó una nueva novela que se publicará mayo; en esta entrevista habla de literatura, la mirada del expatriado, la batalla cultural y el rol del intelectual
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En su reciente visita a la ciudad, el escritor Alan Pauls (Buenos Aires, 1959) entregó una nueva novela, que se publicará en mayo, y, en un caluroso atardecer, conversó con la periodista María Luján Picabea y el público en la terraza de la librería Eterna Cadencia sobre su tema favorito, la literatura, y Alguien que canta en la habitación de al lado. Ensayos literarios (Random House, $ 38.199), su libro más reciente. “No creo que el lenguaje sirva para entender el mundo; no más, en todo caso, que para malentenderlo, cosa que hace con enigmática pasión”, señala Pauls en uno de los inéditos incluidos en el volumen que además agrupa perfiles, entrevistas, laudatios, prólogos y posfacios escritos desde finales del siglo pasado hasta 2023.
En “Once poemitas inadvertidos con Sergio Chejfec”, escrito a partir de charlas por WhatsApp con su amigo, el autor fallecido en abril de 2022, las fórmulas tradicionales del ensayo adoptan un semblante inusual: “el casco, los libros, / cosas inalcanzables / me intriga qué tipo de aparatos / son esos / ¿aluden a lo efímero / del saber impreso? / ¿a la velocidad de los histórico?“. Hay escritos sobre Virginia Woolf, Franz Kafka, Roland Barthes, Gilles Deleuze, Roberto Arlt (”como buen chatarrero, es de convicciones democráticas: todos los materiales con que trabaja tienen la misma jerarquía”), Manuel Puig, Honorio Bustos Domecq, Fogwill (que fue su jefe en una agencia de publicidad), Juan José Saer, Rosario Bléfari (“me flechó la primera vez que la vi”), Ricardo Piglia, María Moreno, Edgardo Cozarinsky y Josefina Ludmer, entre otros referentes literarios y críticos.

“Estuve casi un mes en Buenos Aires, entregué una novela nueva, me reencontré con seres muy queridos y fui al Cineclub Florida (Florida 556), que es uno de mis lugares favoritos de Buenos Aires -dice Pauls a LA NACION desde Berlín, donde reside-. Las Fiestas siempre son un momento extraño para volver: todo sucede en una especie de burbuja y la intensidad afectiva parece borrar cualquier otra cosa”.
-¿Cómo viste la ciudad?
-No hay que profundizar demasiado para ver que la situación es crítica y las perspectivas son desoladoras. Todo el mundo trabaja el triple de lo que trabajaba y apenas puede sobrevivir, y la vida que lleva no es la que querría sino la que le impone un modelo de sociedad dividida entre una facción de privilegiados absolutos que deciden y una masa de sobrevivientes que obedecen.
-¿Cómo es tu vida en Berlín y qué percepción tenés de la Argentina desde allá?
-Es una vida tranquila, en voz baja. Recién cuando llegué a Berlín me di cuenta de lo importante que es el sonido en una ciudad. Y cada vez que vuelvo a Buenos Aires me impresiona la cantidad de estímulos sonoros a las que uno vive expuesto. Si sucediera en Berlín, el más civilizado de los coloquios de perros que escuché en Buenos Aires entre las dos y las seis de la mañana desataría una crisis municipal. La Argentina es difícil siempre; lo es cuando uno vive en el país, lo es también a la distancia, que resuelve problemas pero crea otros, porque el país se vuelve intolerablemente fantástico y uno siente que ya tiene con él una relación puramente imaginaria; muy intensa, por supuesto, a veces más que la que tenía viviendo en él, porque la distancia lo condensa todo, pero sin asidero, un poco psicótica, porque es propia, ensimismada, muy difícil de compartir.
-¿Seguís la “batalla cultural” propiciada por el Gobierno?
-Por supuesto que sigo y participo de la batalla cultural, uno de los hondazos que por suerte me bajan a menudo del limbo de expatriado. Me pasó viniendo de Ezeiza, cuando vi el cartel que postula que la batalla empieza en la panza de una mujer embarazada y exhorta a producir “los 120.000 argentinos que hacen falta por año”. Un afiche como de El cuento de la criada, solo que muy low budget, probablemente concebido en las mismas cuevas sin ventanas ni duchas donde Nicolás Márquez regurgita a diario la retórica de Videla & Cía. Es una batalla política, que solo se ganará con política, y quizá el gran desafío ahora de la cultura, al menos de la progresista, sea contribuir a la reinvención del pensamiento y la práctica política, reinvención que, más allá de Agustín Laje, Márquez, Iñaki Gutiérrez y la caterva de falangistas que componen el think tank libertario, tendrá que hacer algo con el mundo de la tecnología y las redes sociales, para el cual ni la cultura ni la política son especialmente necesarias.
-¿Por qué decidiste reunir y publicar los textos de Alguien que canta en la habitación de al lado? ¿Son homenajes a autores que te influyeron?
-Son más o menos veinte, veinticinco años de ensayos. Después de compilarlos me di cuenta de que todos eran sobre escritores o literaturas que me gustan, o más bien que me componen, de los que estoy hecho, alrededor de los cuales doy vueltas desde hace muchos años. Son escritores o literaturas que me han hecho y me hacen escribir, que me activan como lector y como escritor, y eso es algo muy particular, que no necesariamente pasa con todos los escritores que me gustan. Escritores que repercuten.
-¿Podés anticipar algo sobre tu nueva novela?
-Se llama Malas lenguas, la terminé a fin de año y sale en mayo. Es una comedia muy maligna sobre el género de la biografía, género tramposo y vulgar, si los hay, que transcurre en un “mundo cultural” signado por el interés desenfrenado, la promiscuidad sexual y la falta de escrúpulos.
-¿Te gustaría que se volviera a filmar una película basada El pasado o que se filmara otra de tus novelas? ¿Ves películas y series basadas en libros?
-Sí, ¿por qué no? Pero no es algo en lo que piense demasiado. Es cierto que la situación ha cambiado y ahora, con la explosión de las plataformas y la necesidad desesperada de captar “contenidos”, el tráfico entre literatura y cine es más “natural” y cualquier cosa que se publique en forma de libro parece tener desde el vamos un posible devenir cinematográfico, de miniserie, etcétera. ¿De cuánta literatura se dice de entrada, supongo que para elogiarla, que es muy Netflix, muy Mubi, muy Filmin? La nueva coyuntura podrá prometer algún alivio para la economía siempre precaria de los escritores, pero no borrará el nudo de problemas que la relación entre literatura y cine sigue siendo para los que los seguimos pensando como prácticas artísticas, y no sólo como dos “formatos” posibles de la comercialización de un producto de la industria del entretenimiento. En otras palabras: para que el cine adapte a la literatura primero tiene que leerla, y el algoritmo no lee, que yo sepa.
-¿Que opinión tenés del caso de la sucesión de Beatriz Sarlo? ¿Tenías contacto con ella en los últimos tiempos y cuál fue su influencia en tu escritura?
-Me entristeció. Y a la vez no me sorprendió del todo, siendo Beatriz de una generación que, quizás consagrada a los legados simbólicos, nunca consideró necesario pensar en los legados materiales, menos que menos en los propios. No tenía contacto personal con ella, pero como buena parte de mi generación yo no sería lo que soy ni escribiría lo que escribo si no la hubiera leído, si no hubiera discutido con ella, si no hubiera asistido a sus clases.
-¿Qué leés actualmente? ¿Te interesa la literatura argentina contemporánea?
-Leo los seminarios de Gilles Deleuze sobre la pintura y sobre Spinoza, que se publicaron ahora muy bien editados por David Lapoujade. Es algo que ya hice con Barthes y también con Foucault. Me gusta mucho releer los libros de esas cabezas brillantes tal como los fueron enseñando, con sus hipótesis geniales pero también con sus lagunas, sus titubeos, su pensar en voz alta y sobre todo con la marca oral, teatral, de la enseñanza. Leo literatura argentina contemporánea, sí. Me interesa lo que hacen Michel Nieva, Ana Montes, Magalí Etchebarne, Pablo Maurette, Camila Fabbri. Me encantó leer en Buenos Aires, casi como si los mirara escribirlos, libros como Prueba de cámara de Andrés di Tella, Cuarto sucio, ubicación peligrosa de Martín Rejtman y Mi niñera de la KGB de Laura Ramos, todos contemporáneos y amigos.
–¿Cuánto influyen las condiciones del mercado editorial en el trabajo de un escritor?
–Supongo que mucho, pero de un modo nuevo, al que no estábamos acostumbrados. Los gustos, modas y criterios de rentabilidad del mundo editorial siempre fueron fuerzas con las que los escritores tuvimos que medirnos, lo quisiéramos o no, para plegarnos a ellos, burlarlos, fingir acatarlos y en realidad corromperlos, etc. Pero cuando te corren con un youtuber bestseller o te dicen que a la hora de decidir entre dos manuscritos los editores ya empiezan a chequear cuántos seguidores tienen sus autores en Instagram o cómo les va en X, francamente no veo qué podríamos hacer. Es bastante aterrador.
–¿Es importante que los intelectuales se expresen sobre distintos conflictos sociales y políticos?
–No veo cómo un intelectual —hablamos de intelectuales, no de escritores, ¿no?— podría no manifestarse sobre algo que en el fondo es su objeto de estudio y su campo de acción.
–¿Cuál dirías que es el aporte de tu generación a la literatura y la crítica cultural en el país?
–Es la típica pregunta que deberían contestar otros, los que reconozcan ese aporte o los que lo descarten por ridículo. Y por otro lado dudo bastante de que los aportes a una cultura tengan una homogeneidad generacional. Pero podría arriesgar algunas marcas compartidas (que mis contemporáneos, en un rasgo muy generacional, seguramente rechazarán): una confianza bastante ciega en el lenguaje, y en la literatura como experiencia de lenguaje, y en el poder del lenguaje literario; cierta desconfianza hacia la “figura” del escritor como autoridad pública y hacia los efectos inmediatos de la literatura; una simpatía artística y también política por “lo menor”: géneros desacreditados, escritores imperceptibles, tonos, músicas, imaginarios poco prominentes; la idea de que la literatura no es un vehículo, ni un medio, ni un pretexto para ninguna otra cosa —no importa lo noble, justa o trascendente que sea esa otra cosa—, y que sólo creyendo en la literatura es posible que la literatura tenga algún peso en el mundo.
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