Alan Pauls presentó “Malas lenguas” en el Malba: “Escribir una vida es entregarse al desorden”
En conversación con Hinde Pomeraniec, el escritor habló sobre el origen de su nueva novela y por qué la biografía empezó a interesarle después de haberla rechazado durante años
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“Yo no escribo historias. Desde el principio estoy chapoteando en el chiquero del lenguaje, y si no pasa eso, no me interesa escribir”. La frase, celebrada con risas y asentimientos en el auditorio del Malba, condensó uno de los núcleos de la conversación entre el escritor Alan Pauls y la periodista y escritora Hinde Pomeraniec, durante la presentación de Malas lenguas, la nueva novela del autor publicada por Penguin Random House.
Ante un público atento, Pauls reconstruyó el origen inesperado del libro: una inmersión en ediciones críticas y textos póstumos vinculados a la obra de Marcel Proust. Más que el autor de En busca del tiempo perdido, lo atrapó otra cosa: las disputas entre especialistas.
“Empecé a leer en clave de intriga, pero una intriga muy sangrienta, todo ese gigantesco aparato académico”, contó. Entre prólogos, notas al pie y archivos, descubrió rivalidades persistentes entre investigadores que se reprochaban accesos negados a manuscritos o publicaciones anticipadas. “Pensé: qué lindo imaginar una historia de mucha violencia metida en un mundo donde todos se pelean por páginas escritas que dejó un muerto hace cien años”.

De ahí surgió también otro interés, más inesperado aún: la biografía. “Es un género que siempre odié”, admitió. Con el tiempo, esa resistencia se volvió fascinación y terminó filtrándose en la novela. Malas lenguas gira alrededor de una biografía y de un narrador obsesionado con leer vidas ajenas, aunque para Pauls el género tiene una dificultad estructural: necesita de la muerte.
“En un punto, el género biográfico está fundado por la muerte del biografiado, no por su vida”, dijo. “A partir de la muerte el biógrafo arma una lectura de cierre. Cuando falta ese punto final, ¿cómo hacés para darle sentido a una vida que todavía puede producir acontecimientos?”
La reflexión derivó hacia libros híbridos y formas alternativas de escribir vidas: diarios, conversaciones, suplementos, relatos fragmentarios. Mencionó el trabajo de la escritora francesa Nathalie Léger sobre Barbara Loden como ejemplo de una biografía entendida no como relato total sino como aproximación. “Ahí el género se pone lindo”, dijo. “Escribir una vida también es entregarte al desorden que es una vida”.
Otro de los temas recurrentes fue la voz narradora de Malas lenguas. Pauls contó que desde las primeras páginas entendió que debía escribir en primera persona, algo que no hacía desde hacía tiempo. Lejos de limitar, esa elección funcionó para él como una máscara.
“Descubrí que inventar una primera persona es como inventar una identidad falsa. Entonces podés decir cualquier cosa”, explicó. “Pude contar una historia muy malvada. Esa voz está movida por pasiones muy bajas y la verdad es que la pasé bomba encarnándolas”.

En la novela, los personajes orbitan alrededor del mundo de la escritura: hacen prólogos, informes, catálogos, archivos, encargos. Pero no son escritores exitosos. Son, según Pauls, “escribas”. Personas con aspiraciones intelectuales que sobreviven haciendo trabajos menores y precarios.
“Tienen muchas ínfulas y mucha cultura, pero están estancados. Satisfacen encargos por platita o favores”, describió. “Por eso tienen esa megainversión libidinal en hacerse la vida imposible, traicionarse, difamarse”.
Para el autor, ese universo de rivalidades es inseparable de una economía de la escritura. “No hay nada gratuito en la novela”, afirmó entre risas. “Creo que el perro es el único personaje que hace las cosas gratis”.
La conversación derivó también hacia el deseo, los secretos y los sobreentendidos que atraviesan Malas lenguas. Pauls definió el libro como una novela deliberadamente pudorosa, casi victoriana, donde mucho ocurre pero poco se dice de manera explícita.
“Me interesaba el régimen de la alusión, del sobreentendido”, explicó. “Todo el mundo se la pasa haciendo cosas sexuales, pero nadie las dice con todas las letras”.
Ese código, añadió, remite tanto a la tradición libertina del siglo XVIII como a ciertos ambientes nocturnos y culturales de la post dictadura argentina: mundos atravesados por rumores, mensajeros, jerarquías y traiciones. Un sistema donde la información circula siempre deformada y donde, como en la academia proustiana que inspiró el libro, las guerras nunca terminan del todo.
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