
Anne Carson, la Nobel que “le cantó” a Buenos Aires
La obra de la autora canadiense ganadora hoy del máximo galardón de la literatura tiene una directa relación con la Argentina, país que visitó en dos oportunidades
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“Buenos Aires se iba empañando hacia el amanecer. Gerión/ llevaba una hora caminando/ en los sudorosos adoquines negros/ de la ciudad en espera de que se terminara la noche”, escribe Anne Carson en Autobiografía de Rojo (Pre-textos), la novela en verso que toma un personaje menor de la mitología griega, un monstruo feroz, poseedor solo de brutalidad, y lo dota en su ficción de humanidad y piedad. La Nobel destaca en este libro la efervescente cultura que se palpa en los bares y en las calles porteñas.
Carson visitó la Argentina en dos ocasiones. La primera, en la década del noventa, cuando acompañó a un amigo en unas jornadas de filosofía en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Precisamente uno de los capítulos de Autobiografía de Rojo transcurre en este espacio intelectual. Además, en 2018 fue la invitada más celebrada del Festival Internacional de Literatura (Filba).

Caminito y La Boca, las bocinas de los taxis y los colectivos plagados de pasajeros, el psicoanálisis flotando en la atmósfera, así como la descripción de una milonga pululan en esta ficción. “Era un tango típico y ella tenía la garganta llena de las agujas/ que hacen falta para cantarlo”, dice el narrador en este fragmento en el que el protagonista está extasiado con la sensual experiencia. El tango, como melodía, aparece también en La belleza del marido, cuyo subtítulo es un ensayo narrativo en 29 tangos.
Carson escribe una novela tan breve como compleja, construida con versos libres y métrica irregular, en la que recurre al realismo mágico. Autobiografía de Rojo invoca en su título al color de una bestia de tres cabezas llamada Gerión. La fuente de partida es un poema incompleto del poeta griego Estilcoro (circa 650 a.C.), quien reelabora el mito de Heracles [Hércules, para los romanos]. En uno de sus trabajos, este héroe por antonomasia de la Antigüedad se enfrenta con Gerión, quien, según la leyenda, vivía en lo que hoy sería territorio español, más precisamente Cádiz. La trama del enfrentamiento entre estas dos fuerzas de la naturaleza no está narrada con precisión en el mito: Heracles mata a Gerión para adueñarse del ganado que este custodiaba. La voz de la bestia jamás se escuchaba en los cantos de los aedos. Estilcoro, en cambio, cuenta la tragedia desde el punto de vista de este monstruo, confinado en un cuerpo atroz. Es decir, cambia la perspectiva del relato: el villano se convierte en víctima, y el héroe, en un bruto. Jeanette Winterson realiza un procedimiento similar en La carga, sobre el mito de Atlas, donde Heracles también es torpe, pero, sobre todo, y como en el texto de Carson, un narcisista.

Carson dota a su Gerión con alas —que no utiliza ni sabe para qué sirven— y el color rojo vibrante en su piel. No es la apariencia física lo que hace diferente a este personaje, sino su timidez, delicadeza y fragilidad. Gerión, en la versión de Carson, es un muchacho tímido que carga con el trauma del abuso sexual que sufrió a manos de su hermano. Trabaja en el archivo de una biblioteca, recluido, lejos de la atención al público, y estudia filosofía alemana. Adora a su madre y mantiene con ella una relación idílica. Gerión escucha a menudo a su adorada abuela hablar de Buenos Aires —no queda nunca claro si efectivamente había alguna viajado allí o no—, ciudad evocada con encanto y emoción. La abuela del protagonista incluso destacaba en sus relatos la cultura de sus habitantes con el dato de que los trabajadores del sindicato de electricistas debían estudiar la Constitución para ingresar en él.
Tedi Lopez Mills, traductora y poeta mexicana, escribe en el prólogo de la edición de la editorial Calamus de esta novela que la canadiense es la “filósofa del corazón roto”. Efectivamente, Gerión tiene el alma destrozada tras la ruptura con Heracles —otra relectura del mito es la de transformar a los enemigos del texto clásico en amantes, en su versión— y decide viajar a Buenos Aires para sanarse y alejarse de esa isla ficticia donde Carson centra parte de la acción de esta novela de aprendizaje. Allí, su tristeza comienza a sacudirse gracias al ambiente porteño que, a diferencia del propio en el que nació, no lo excluye, sino que lo invita a debatir, a compartir ideas y sofisticadas discusiones: “Afuera, en la calle, era sábado por la noche/ en Buenos Aires. Enjambres de jóvenes esplendidos se dividían/ y se juntaban a su alrededor./ Raudales de amor derramaban su vapor luminoso”.
“Hay muchos alemanes en Buenos Aires/ todos son psicoanalistas/el clima es maravilloso/ me encantaría que estuvieras aquí”, escribe en una carta Gerión. Buenos Aires es para Carson, en Autobiografía de Rojo, un epicentro cultural fértil en ideas, poblado por personajes interesantes, cultos, una sociedad enriquecida con la inmigración. “Y por un instante las hojas más frágiles de la vida lo retuvieron/ en una felicidad que se iba ensanchando”, escribe Carson, el primer instante de plenitud que siente Gerión, rodeado de sabios, en un bar de Buenos Aires, donde, por primera vez, se siente en casa, se siente a salvo.


