Ariana Harwicz, en la boca del lobo

La escritora se despega de los adjetivos que suelen calificar su obra -provocadora, radical, salvaje- mientras le da voz al peor de los victimarios
La escritora se despega de los adjetivos que suelen calificar su obra -provocadora, radical, salvaje- mientras le da voz al peor de los victimarios Fuente: LA NACION - Crédito: Ezequiel Yrurtia
Violeta Gorodischer
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25 de agosto de 2019  

Una casa en medio de un viñedo, a 180 kilómetros de París, justo al lado de un río. Ahí es donde planea mudarse en breve Ariana Harwicz, la joven escritora argentina que vive en Francia y que, en ambientes bucólicos similares a ese, ha escrito las novelas más disruptivas de la última década. Matate, amor, la primera de sus criaturas (publicada en 2012 por Paradiso, reeditada por Mar Dulce y finalista del prestigioso premio Man Booker International 2018), fue concebida en un escritorio cuya ventana daba a un bosque. Ahí, entre el canto de los pájaros y las arboledas tupidas, Ariana pensó en el amor, el matrimonio, los hijos, la locura y la muerte como un combo capaz de estallar en el soliloquio frenético de la protagonista de su novela. No sabía, en ese entonces, que aquel sería el preámbulo al resto de su obra: La débil mental y Precoz (ambas publicadas por Mar Dulce), son libros que también tensan el lenguaje y se regocijan en el monólogo poético a la hora de orbitar sobre la maternidad monstruosa, incestuosa; sobre los márgenes y los desclasados, sobre todo aquello que le escapa al orden normal, al moral, a lo que la sociedad y los buenos burgueses "deberían" ser. Y el campo, siempre ese entorno rural fuera de un tiempo y una geografía determinadas como telón de fondo para historias familiares que se alejan del concepto clásico de felicidad. "En las ciudades solo vivo, no me producen escritura. Si en cambio me voy a las sociedades rurales, a cualquier pueblito, la máquina empieza a proyectar. Se arma material dramatúrgico, porque mi visión del campo es la de un teatro, un escenario", asegura Harwicz, que nació en 1977 en Villa Crespo, estudió Filosofía, Dirección de Cine y Dramaturgia, y un buen día, sin mucho preámbulo, quemó naves para irse "a buscar otra vida". Corría 2007 cuando vendió sus cosas, renunció a las escuelas de cine donde enseñaba guion, se despidió de sus parientes y amigos y enfiló a París con la abstracta sensación de haber cumplido un ciclo en la Argentina. En Francia cursó una Licenciatura en Artes y un máster de Literatura Comparada en La Sorbona y allí, sumergida en la naturaleza roussoniana, creó los libros que, tiempo después, pondrían a circular su nombre en el mundillo cultural de ambos continentes. "Parece muy vertiginoso, pero si lo pienso en relación con lo que escribo, creo que en ese momento lo que yo buscaba era vivir en otra lengua", dice ahora en Croque Madame, durante su visita a Buenos Aires para presentar su libro y dar una charla en el Malba. Con un hijo de 9 años y otro de 15 meses, hoy la vida la encuentra en el lugar soñado para cualquiera que quiera apostar a la escritura: traducida a casi una docena de idiomas, Harwicz solo se dedica a crear, traducir y dar charlas sobre literatura. Mientras tanto, asegura no hacerse cargo de los adjetivos que preceden su nombre: provocadora, radical, salvaje. "No me interesa provocar, solo quiero meterme en la boca del lobo con respecto a ciertas cuestiones. Más allá de eso, no pienso en nada cuando escribo. Trato de no dejarme intimidar por nada, ni la época ni la moral ni la ideología ni el editor ni los lectores ni mis padres, ni siquiera mis propios miedos o limitaciones: trato de que todo eso no perfore la escritura", plantea. Y así fue como decidió, en su nueva novela, subir la apuesta un poco más: en Degenerado, libro publicado por Anagrama, le da voz a un pedófilo acusado por la violación y el asesinato de una niña que, atrincherado ante una pueblada y en pleno juicio, defiende sus acciones a través de un monólogo descarriado y legitima un deseo intolerable para el resto del mundo; un deseo fuera de toda legalidad.

Fuente: LA NACION - Crédito: Ezequiel Yrurtia

¿Cómo nace la idea de escribir esto?

Mis novelas anteriores fueron escritas de un tirón, con una gran violencia, una gran intensidad, con una escritura muy eléctrica, como si fueran pequeñas obras de teatro. Fueron paridas, si se quiere, desde una identificación con el personaje. Obvio que con claroscuros, con campos del mal y del bien, con zonas que incluso me repelen, pero la diferencia ahora es que Degenerado se sale de ese circuito. Es algo que se descarría; ya no narra una mujer. No es una novela que se hermane con las otras: este degenerado es otra tentativa. Desde el vamos, por el hecho de que narre un hombre.

¿Y en qué momento aparece la voz masculina?

Sentí que había llegado a un tope con respecto a meter la cabeza en la crueldad y los sentimientos trágicos de lo femenino, el tema inagotable de la maternidad, estaba exhausta de haber metido la cabeza en tanta mierda. Entonces, pensé: 'Ahora me interesa ir al campo de los hombres'. Y cuando digo campo, digo campo de guerra, campo delimitado por alambre de púas. En este momento histórico, en Francia, en la Argentina y en todos lados, estamos hablando todo el tiempo de los hombres, para acusarlos, para odiarlos, para condenarlos. Estamos viendo en qué se van a convertir: ¿en hombres lobo? ¿en asesinos? Me interesaba ver cómo piensan ellos la cuestión, pero no quería hacer el libro de una víctima, sino el de un victimario.

Lo rural es tu sello a la hora de armar un paisaje literario, ¿no?

Totalmente. En la Argentina también me pasa. En las ciudades solo vivo, no me producen escritura. Yo vivo una parte de la semana en el campo y la otra, en París. Son mis dos lugares. Ese ir y venir está en las novelas, ese transitar de dos sociedades, de dos paisajes. Y, aunque soy un ser distinto en la ciudad que en el campo, soy extranjera en los dos. De todas formas, para mí el capitalismo y el consumismo funcionan distinto en la ciudad que en el campo, donde a las 6 de la tarde cerró todo, tal vez hay un vino, hay un queso, pero la lógica de sociabilidad es otra. Entonces, me pasa que si me voy a las sociedades rurales, a cualquier pueblito, la máquina empieza a proyectar. Hay viejos que fuman, hay alcohólicos en las tabernas, es un escenario muy teatral, como medieval, o fuera del tiempo, y todo ese carácter artificial me parece ideal para escribir. Por eso, mi literatura es tan teatral, es como si todo fuera una maqueta. Yo, definitivamente, me siento de la raza de los escritores campestres.

El narrador de Degenerado (Anagrama), su nueva novela, es un pedófilo acusado por la violación y el asesinato de una niña. "Me daba miedo porque choca con mi ética, pero yo cuando escribo no me pongo en un lugar ético"
El narrador de Degenerado (Anagrama), su nueva novela, es un pedófilo acusado por la violación y el asesinato de una niña. "Me daba miedo porque choca con mi ética, pero yo cuando escribo no me pongo en un lugar ético"

¿El lugar donde vivís ahora influyó en la creación de tus personajes?

La trilogía la escribí antes y después de mi divorcio, yo vivía en una casa que daba a un bosque y ahí vivieron las protagonistas de mis libros. Por eso, al divorciarme, cuando me despedí de la casa, sentí que me despedía de las tres novelas. Después, habité otras casas en el campo, donde nació el Degenerado. Y ahora me voy a mudar a una casita en medio de un viñedo, y ya le dije a la dueña: "A ver qué novela surge acá". Es una casa de dos plantas; abajo vive un señor portugués discapacitado, está en silla de ruedas y hace una huerta. No va a ser él el protagonista, pero estoy segura que algo de ahí va a salir. Confío en eso.

¿Te llegaban las noticias de la Argentina sobre las movilizaciones de #NiUnaMenos mientras escribías sobre un pedófilo asesino y violador?

Sí, por supuesto, me enteré de todo, seguí todos los casos. Además, mientras escribo, yo estoy todo el tiempo pensando en detalles de casos brutales, de femicidios, de asesinatos. Si quieren atacarme pueden decir que soy morbosa, pero la verdad es que yo leo todo, miro todo, capto todos los detalles. Todos los casos están en mi mente y no puedo dejar de pensar en eso: menos mal que existe la escritura que hace de catalizador, porque si no, me muero. Miro los juicios y escucho todo lo que dicen, y es justamente de esas voces, de los reos, de los verdugos, de los condenados, de la retórica de juicio, de donde sale la lengua de mi Degenerado. De ese léxico que me quedó en la cabeza de tanto escuchar.

En el libro aparece cierta idea de la identidad móvil para encarnar el Mal: se nombra a Scilingo, a los nazis, a Chernóbil... En algún punto, el narrador no es el único asesino y violador, porque se mezclan las guerras y los victimarios, ¿no?

El hecho de no fijarlo en una época, ni fijarlo en una guerra, es a propósito: no quise fijarlo en la dictadura militar de 1976, ni en la época de los nazis, ni en ningún período específico, es el hombre desnudo, es el destino trágico del hombre y el deseo de ese hombre que choca contra lo que la sociedad le pide. En este sentido, yo traté de ponerme en abogado del diablo, ¿no? Traté de decir: 'Bueno, esta es mi verdad, voy a defenderla'. Y no lo cuento desde el punto de vista de la víctima. Todo el tiempo tenía miedo mientras escribía. Me decía: 'Estoy poniendo todo mi esmero en construir una voz, en poner en marcha una verdad que justifica la pedofilia, que justifica que el deseo por antonomasia es incontrolable'. El deseo que quieren que tengamos es normativo, es aceptable, pero lo que dice este narrador es que el deseo verdadero, el real, el que atraviesa los siglos, el que queda en la Historia, el deseo ese que arde y puede hacer arder ciudades, ese, señores, no es un deseo legislable. Después, está todo lo otro, el deseo burgués que todos ustedes tienen, un deseo burgués de tener hijos, de formar una familia, etcétera, todo lo que se puede legislar. Y si bien en otras de mis novelas ya me burlo del amor domesticado, como en Matate, amor, este Degenerado va más lejos, porque comete crimen, pasa al acto. Me daba miedo porque choca con mi ética, pero yo cuando escribo no me pongo en un lugar ético.

La novela Matate, Amor fue llevada al teatro en una obra que contó con la dirección de Marilú Marini (foto) y la actuación de Érica Rivas. Ellas, más la propia Ariana Harwicz se encargaron de la adaptación
La novela Matate, Amor fue llevada al teatro en una obra que contó con la dirección de Marilú Marini (foto) y la actuación de Érica Rivas. Ellas, más la propia Ariana Harwicz se encargaron de la adaptación

Se puede leer como una provocación de tu parte.

Yo no intento provocar, como si fuera un berrinche. Provocar es una palabra muy liviana, que no me interesa. Lo que sí trato de hacer dándole la voz a un criminal que defiende sus crímenes es meterme en la boca del lobo, que es lo único que para mí cuenta del arte, lo demás no me interesa para nada. Yo quiero meterme en la boca del lobo de las distintas cuestiones: la pareja, el matrimonio, la maternidad, la pedofilia. Sumergirme ahí donde duele, molesta, lastima. En lo personal, me da mucho miedo la pedofilia, por mí y por mis hijos, y porque me dan asco y pánico los pedófilos que están en todos lados. Pero yo trabajé con esos demonios, desde el lado de quien puede sentir deseo por un niño. Entonces, creo que más que una provocación, es un tratar de pensar.

¿Lo podría haber escrito un hombre este mismo libro? ¿Lo toleraríamos?

Bueno, no hay que ser ingenuos, creo que eso habilitaría otra lectura política. En determinadas sociedades, tan interpeladas por los femicidios y los derechos de las mujeres, no se lee igual ahora a un hombre que a una mujer. Hoy, los hombres, los escritores, tienen una gran tarea, pero las mujeres también tenemos una responsabilidad ética, eso no baja pese a la visibilidad que ahora tenemos las mujeres en general, y las escritoras en particular. En mi caso, siento que mi responsabilidad como escritora es no convertirme en un objeto de consumo publicando "lo que el mercado me pide". Para mí, escribir no es responder a una demanda. Después de Matate, amor, La débil mental y Precoz, donde tocaba el tema de la maternidad oscura, de las mujeres asesinas, yo podría haber seguido en esa línea, buscar historias de parejas, de femicidios, y hubiera seguido una línea, pero me pareció más interesante romper con eso y tener un gesto político de verdad distinto. Ponerme en la voz de un hombre criminal sexual, que reivindica con toda la retórica de la que yo soy capaz, porque más no puedo, la legitimidad del crimen: es ilegal, dice, pero no es ilegítimo para mí como ser humano. "¿Soy una mierda, una inmundicia? ¿Adivinen quién me creó? Ustedes, como sociedad. Esta sociedad ha creado esto que soy, hambriento de cuerpos de niños, ustedes me crearon y me deformaron", dice este tipo, culpando a la sociedad y a los padres. Entonces, mi rol político como escritora es no hacerle el juego a lo que me piden que haga, como Chirolita, sino tratar de resistir. Pienso que la resistencia existió en cada época y esta también es una época para resistir, eso me llevó a escribir esto que sí, es incómodo, pero ojalá pueda incitarnos a pensar. A veces me pregunto qué pasará después de este momento, me da como miedo de que vuelva peor, como si se preparara una guerra secreta de ellos. De ese estado de guerra, medio siniestro, también se hace eco el libro.

Tenés dos hijos chicos: ¿pensaste en ellos a la hora de escribir sobre pedofilia?

Sí. Escribir esto acentuó mi paranoia, ver por ejemplo que muchos pedófilos dicen que lo más apetecible, lo más blandito, en los varones, es cuando tienen 6 o 7 años... Mi hijo tenía esa edad cuando escribí esta novela, así que eso acrecentó mi paranoia y mi sugestión, pero a su vez todos esos sentimientos excesivos me ayudaron a escribir. Yo iba a la puerta de la escuela y pensaba: "Acá hay pedófilos que miran con deseo el cuerpo de mi hijo". Y a la vez, lo veía a él tan infantil, tan naive, tan ingenuo, tan niño. Estaba más sugestionada y lo canalicé en la escritura.

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