César Paternosto, el platense neoyorquino

Celina Chatruc
Celina Chatruc LA NACION
Clímax III, de 1965, exhibida en el Bellas Artes
Clímax III, de 1965, exhibida en el Bellas Artes Crédito: Gentileza MNBA
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20 de octubre de 2019  

"Yo sé que no te copiaste de nadie, pero es una pintura que solamente se puede hacer en Nueva York, no en Buenos Aires". Eso le dijo el artista y crítico de arte Kenneth Kemble a su colega César Paternosto, frente a las obras que este platense radicado en Manhattan presentaba esa noche de 1971 en la galería porteña Carmen Waugh.

Aquellos bastidores pintados de color solo en los costados, que dejaban el frente en blanco y obligaban al espectador a moverse para apreciar la obra completa, eran resultado de lo que según ambos permitía Nueva York: ir "hasta las últimas consecuencias".

"Si me apurás digo que soy un artista neoyorquino", confiesa hoy, a punto de cumplir 88 años y semanas después de haber inaugurado una muestra en el Museo Nacional de Bellas Artes, al repasar una carrera que lo llevó desde el sur del continente a vivir casi cuatro décadas en Estados Unidos. Aunque cambió Manhattan por Segovia hace quince años, atraído por un nuevo amor, define la época dorada de su carrera como "un momento histórico".

"Las otras capitales del arte le deben todo a lo que se hizo en Nueva York en los años 60 -opina-. Fue la segunda modernidad. Con la herencia expresionista abstracta, el pop art, el minimalismo...".

A fines de esa década llegó a la Gran Manzana con su familia, meses antes de que naciera su tercera hija. Mientras sobrevivía como pintor de interiores, experimentaba con colores y formas en un estudio en Little Italy. La buena repercusión de su primera muestra, visitada por el pintor Frank Stella y el crítico Clement Greenberg, lo alentó a aventurarse aún más lejos: en 1969 nacieron aquellas "obras de ruptura" que presentaría dos años más tarde Buenos Aires.

Ese "principio de todo", un auténtico Big Bang artístico, terminaría según él con "la contrarrevolución" de los años 80, "una especie de retroceso aberrante de todo lo que se había avanzado". Las "pinturas megalomaníacas" que Julian Schnabel realizaba con platos rotos y una "mestización de corrientes" dieron lugar a lo que llama el "arte del espectáculo". "En los 60 y 70 -señala-, uno veía todo más claro".

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