Liliana Porter en el Malba: “Quien entiende el sistema de cómo se hace arte puede lidiar mejor con la realidad”
La artista argentina radicada en Nueva York inaugura el viernes una retrospectiva curada por Agustín Pérez Rubio; coincide con otras muestras que incluyen sus obras en el Bellas Artes y en Bienalsur
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Hay soldados que apuntan con sus armas, y marcas de sus disparos sobre una pared del Malba. Y en el otro extremo del segundo piso del museo, una reunión inusual: el grupo que posa para la foto incluye a Ernesto “Che” Guevara, George Washington, John F. Kennedy, Eva Perón, Mao Tse-tung y Napoleón. Otras imágenes muestran los restos de piezas de porcelana que se exhiben a su lado enteras, sin grietas, como si hubieran renacido de sus escombros. Y una mujer diminuta riega con paciencia las flores de su jardín, que decoran una pila de platos rotos.
Todo parece posible en el universo creativo de Liliana Porter, reunido en una retrospectiva que se inaugurará el viernes próximo. “Me interesaba el límite entre realidad y ficción, y de ahí empezaron a aparecer estas cosas”, dice la artista argentina, mientras señala a LA NACION obras realizadas hace más de medio siglo: intervenciones sobre papeles con grabados, rasgados, arrugas, hilos y lanas, en las que cuesta discernir dónde termina una y comienza la otra.
Algo similar ocurre con la instalación que presentó en 1969 en el Instituto Torcuato Di Tella, que reproduce sombras humanas en la sala, o la otra exhibida en 1973 en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, en la cual una serie de hilos tensados con clavos que sobresalen del piso parecen atados en el otro extremo a unos dibujados sobre la pared.
“Multiplicar tiempos, planos e historias es una formulación recurrente en el trabajo de Porter”, observa Agustín Pérez Rubio, curador de esta exposición que marca su regreso al Malba desde España, tras haber dirigido el museo entre 2014 y 2018. Travesía es el título de la muestra, que alude a otros viajes: no sólo los de la artista argentina radicada en Nueva York -que en estos días también exhibe sus obras en el Museo Nacional de Bellas Artes y en el Hotel de Inmigrantes, en el marco de Bienalsur- sino también los de muchos de los personajes creados por ella, que andan con sus pequeñas valijas a cuestas.
“Es un tema que aparece mucho: lo hice veinte mil veces en dibujo, en grabado… Creo que tiene que ver conmigo: de los 16 a los 19 viví en México, y desde los 23 hasta ahora en Estados Unidos. Me quedé, pero uno siempre sigue siendo extranjero. Es la idea del viajero, y también el transcurrir del tiempo”.
Hay que detenerse ahí, en esa frase y en el tic-tac de un reloj de madera con las agujas detenidas y varios números desaparecidos, para comprender otra clave de su producción. “El tiempo de Porter es definitivamente otro, más flexible y más incierto que el de [Stephen] Hawking, un tiempo en el que es posible destruir y a la vez componer, optar por una alternativa sin perder las otras”, observa la crítica Graciela Speranza en uno de los textos del catálogo. Y agrega, sobre esta paradoja: “No faltan en las escenas las tragedias, los daños y las catástrofes, pero el paisaje de Porter es el de un mundo auspiciosamente reconciliado”. En otro, el curador Tobías Ostrander apunta en la misma dirección: “Ofrece una demostración de lo que podría pasar si pudiéramos regresar y reconstituir la pérdida”.
“Siempre dije que mi ideal era hacer artes visuales como escribía Borges. Un pequeño deseo –señala la artista, con su habitual sentido del humor-. Porque toca temas que me interesan, como el del tiempo, y también porque muchas veces está narrando alguna historia y de golpe hace una referencia a la gramática, o sea que pasa del espacio virtual al espacio real. Por ejemplo, cuando trata de explicar ‘El Aleph’ y dice: ‘Empieza, aquí, mi desesperación de escritor. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es.’”
Otra cita del poema Mutaciones de Borges funciona como preámbulo a su video Actualidades (2016), uno de varios que podrán verse en un pequeño cine montado para la ocasión: “Cuando no hay en la tierra una sola cosa que el olvido no borre o que la memoria no altere y cuando nadie sabe en qué imágenes lo traducirá el porvenir”. En esa obra se reproducen imágenes de guerra al ritmo de Bella Ciao, la canción popular italiana que se convirtió en un himno de la Resistencia durante la Segunda Guerra Mundial. Y a continuación la escena mencionada al comienzo de esta nota, en la cual grandes líderes aparecen juntos, representados en objetos de memorabilia.

“Me gusta que se enfrenten personajes disímiles, que no tienen nada que ver. Hay una posibilidad de diálogo. Y ojalá, de reconciliación”, observa Porter al referirse a esas piezas vintage que encuentra en mercados de pulgas, y que va acumulando en su taller de Rhinebeck. “La mayoría tiene cara de asombro, como si no entendieran del todo lo que está pasando –agrega-. Algunos trabajaron mucho en videos y fotos; ya los ves como actores, te dan ganas de pedirles un autógrafo. Y otros todavía están esperando, me miran como diciendo: ‘¿Y?’”
El humor también es recurrente en sus obras. Igual que los espejos, los disfraces, las vasijas que se llenan hasta rebalsar y los seres diminutos enfrentados a tareas que parecen imposibles de terminar. Tan desafiantes como parecía la vida de su madre, Margarita Galetar, poeta y grabadora que enfrentó varias tragedias, como la pérdida de sus hermanos y de su padre. “Se le incendió la casa, pasó de todo. Podría haber sido una amargada, loca. Y sin embargo era una persona muy optimista y nuestra infancia siempre estuvo rodeada de cosas alegres. Creo que mi actitud es totalmente influencia de ella”, reconoce Porter, y opina que “quien entiende el sistema de cómo se hace arte puede lidiar mejor con la realidad”.
Para agendar:
Liliana Porter. Travesía, desde el viernes 11 de julio a las 19 hasta el 13 de octubre en Malba (Av. Figueroa Alcorta 3415). Inaugura junto con El desentierro del diablo, de Carrie Bencardino.
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