Condenó el Papa la "cultura de la muerte"
Exhortó a respetar los derechos de la persona y a terminar con las guerras, la violencia y los abusos contra niños y mujeres
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ROMA.- En su mensaje de Navidad, el papa Juan Pablo II condenó ayer "la cultura de la muerte" que se cierne sobre el futuro y exhortó a la humanidad del tercer milenio a respetar los derechos de la persona, "sobre todo si es pequeña y débil", y a terminar con las guerras, la violencia y los abusos contra los niños y las mujeres. Fue durante la 22a. homilía navideña que Juan Pablo II brindó como líder de los mil millones de católicos en todo el planeta.
El Pontífice se refirió también a Tierra Santa, donde "la violencia continúa manchando de sangre el fatigoso camino hacia la paz".
Y expresó su preocupación por la situación de los católicos de Indonesia, un país mayoritariamente musulmán, que pasan "una situación de dolor y sufrimiento", tras ser atacados varios lugares de culto con un saldo de 14 muertos, en una escalada de hostilidades (más información en la página 4). El mensaje papal fue actualizado a última hora para incluir los atentados contra algunas iglesias en varias ciudades de ese país.
Millones de personas en unos 40 países siguieron en vivo por televisión, y por Internet, las palabras del Papa en su tradicional mensaje Urbi et Orbi.
Síntomas alarmantes
Este año, el Pontífice, que habló ante más de 50.000 peregrinos y turistas al aire libre y en medio de un diluvio, pronunció su mensaje desde el atrio de la plaza de San Pedro, sustituyendo la tradición de hacerlo desde la basílica, para estar más cerca de los fieles.
Pero también hubo un deseo de facilitarle al Papa su desplazamiento por el Vaticano, que ayer no hizo a pie el camino entre su apartamento y el altar de la plaza, sino en el papamóvil.
Visiblemente fatigado y con la voz cansada, luego de celebrar la Misa del Gallo hasta las 2 de la madrugada donde había orado por la paz en Medio Oriente, el Papa dijo que el mundo está ante alarmantes síntomas "de la cultura de muerte" que son una seria amenaza para el futuro.
Enumeró una serie de pecados cometidos por la humanidad, desde "el maltrato y el abandono infantil", la violación y la explotación de las mujeres, hasta "las interminables comitivas de exiliados y prófugos, la violencia y la guerrilla en tantos rincones del mundo".
También llamó la atención internacional en favor de los jóvenes adultos y ancianos marginados.
El Pontífice subrayó que, en la actualidad, "las sombras de la muerte amenazan la vida del hombre en cada una de sus fases y acechan especialmente en sus primeros momentos y en su ocaso natural. Se hace cada vez más fuerte la tentación de apoderarse de la muerte procurándola con anticipación, como si se fuera árbitro de la propia vida o de las otras", en una clara condena al aborto y la eutanasia.
Aunque el panorama que dibujó fue negro, el Pontífice aseguró que por densas que parezcan las tinieblas, la esperanza del triunfo de la Luz surgida en Belén es más fuerte. Destacó que hay mucho bien en el mundo, "hecho en forma silenciosa por personas que viven a diario su fe, su trabajo, y su dedicación a la familia y al bien de la sociedad".
Al respecto precisó que "es alentador el empeño de quienes actúan para que se respeten los derechos humanos y crezca la solidaridad entre los pueblos de culturas diversas, para que sea anulada la deuda de los países más pobres, para que se llegue a honorables acuerdos de paz entre naciones involucradas en conflictos sangrientos".
Juan Pablo II dijo que el mensaje navideño es para "todos los pueblos que en el mundo se orientan con valentía hacia los valores de la democracia, la libertad, el respeto y la aceptación recíproca. A ellos se dirige el alegre anuncio de la Navidad: Paz en la Tierra a los hombres que Dios ama".
Tras reiterar que Jesucristo nació en Belén para devolver la esperanza al hombre, el Pontífice señaló que aquel "primer No" a Dios del hombre, heredero de Adán, que se reitera en nuestros días, es lo que continúa desfigurando el rostro de la humanidad.
En todas las lenguas
Durante la ceremonia, las oraciones fueron leídas en más de 60 lenguas y dialectos. El mensaje comenzó en italiano y concluyó en latín. Pero en varios tramos, que incluyeron los saludos navideños, el obispo de Roma incluyó el swahii y otros idiomas que se hablan en algunas de las zonas más convulsionadas del mundo.
Algunas de las oraciones y frases de la homilía papal fueron pronunciadas en lenguas de países que el Pontífice aún no ha visitado como Rusia, Grecia, China o Vietnam.
El mensaje que había comenzado con un tono netamente religioso, al hablar acerca del nacimiento de Cristo y de la creación del hombre se transformó en un reclamo por la violencia, el sufrimiento y la indiferencia en el mundo de hoy.
El 6 de enero de 2001, Juan Pablo II cerrará en forma simbólica la puerta santa de la basílica de San Pedro para clausurar los festejos del Jubileo 2000, durante los cuales por lo menos 25 millones de peregrinos visitaron Roma.
Dura visión de los obispos argentinos
En esta Navidad, varios obispos argentinos manifestaron una profunda preocupación por la crisis socioeconómica que padece el país.
En su homilía, el arzobispo de Buenos Aires, monseñor Jorge Bergoglio, señaló: "Nosotros sabemos que en Buenos Aires hay muchos pesebres, no los que piadosamente y con cariño armamos en nuestras casas, me refiero a los otros que son cobertizos oscuros sin esperanza y necesitan que Dios nazca allí". El prelado indicó que hoy, en esos "pesebres", hace falta un "derroche de projimidad, de cercanía".
Uno de los más críticos fue el obispo de San Isidro y titular de Caritas Argentina, monseñor Jorge Casaretto, que aseguró que la pobreza y la exclusión social demuestran que el país "viene en franca decadencia".
Casaretto lamentó que la clase dirigente no esté "a la altura de las circunstancias" e insistió en que "no hay signos de recuperación ético-moral en la actual cultura argentina". También hizo hincapié en la virtud de la esperanza y convocó a orar para que "la sensación de fracaso que nos rodea nos ayude a encontrar los consensos necesarios para que todos (y no sólo los pobres) convengamos en sacrificarnos por el bien común del país".
Los obispos José Pozzi (Alto Valle), Rubén Frassia (Bariloche) y Marcelo Melani (Viedma) vislumbran un futuro donde "muchísimos hombres y mujeres no tendrán ya lugar y se encontrarán cada día más excluidos", lo cual representa "una de las consecuencias más graves de la crisis" que padece el país y que "está provocando cambios muy grandes en el campo familiar, laboral y social".
Los prelados denuncian que "la exclusión de tan grande masa de hombres y mujeres es fruto del pecado del egoísmo e individualismo" y advirtieron que "la fuerza de este mal es tan grande que se cristaliza en estructuras sociales, económicas, políticas y culturales que provienen del egoísmo, hace que parezca normal e inevitable la exclusión presente y conduce a una exclusión mayor".




