Continuar
1 minuto de lectura'

Como ocurre con tantas otras disciplinas, la práctica del yoga se nutre de continuidad, tesón, ejercicio, rutina. Entrenar el cuerpo, ablandarlo, sostenerlo; repetir una postura una y mil veces; trabajar duro con el obstáculo, saber de la frustración, conocer el límite y aun así seguir adelante. Perserverar en silencio, día tras día, clase tras clase, en el pequeño arte de conocerse a uno mismo. Trabajar en lo que no lleva ni a la medalla ni al aplauso ni a la selfie rutilante: eso que hacen tantas personas, más de las que suponemos, en el anonimato de una clase, pero también en el cotidiano trajín del hogar, de la modesta tarea bien hecha, de la ayuda que se brinda sin alharaca. Esta foto fue tomada en Kiev, y es más que el testimonio de que la vida sigue incluso bajo las bombas; es el pulso de lo humano, siempre tironeado entre luces y sombras. Siempre listo para seguir.
1Festival literario con un coro de lecturas, en solidaridad con las comunidades afectadas por los incendios en la Patagonia
2Van Gogh y el significado del amarillo
3“Si lo contás, te mato”. Cinco años de entrevistas, 40 horas de conversación y una amenaza recurrente: “Suárez Mason nunca se arrepintió de nada”
- 4
Solo un puñado de canciones eternas


