
Cortante prosa plebeya
VIENTO DEL NOROESTE Por Hugo Savino-(Paradiso)-140 páginas-($ 24)
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En teoría, debería haber un punto irreductible en el que toda literatura -y con ella, acaso, el tono de una época- se dejara resumir en una oración demoledora y polémica, como un buen sopapo seguido de una carcajada. Por ejemplo, lo que dijo Karl Kraus -el gran polemista de la cultura alemana del siglo pasado- al concluir la Primera Guerra Mundial: "Nada de esto habría pasado si hubiésemos sido más estrictos en el uso de la coma".
En una primera instancia, Viento del noroeste se presenta como un panfleto exaltado en contra de la literatura actual (en contra de cierta tendencia realista o "sociologizante" de la literatura actual) escrito por un Karl Kraus "del boliche de la esquina". Sólo habría que sustituir la luz de gas por una estufa de querosén, la Viena decadente por un conventillo de Barracas, las comas por los dos puntos y una primera persona -entre enfática y confesional- que Savino utiliza como un látigo para fustigar a sus enemigos: "las acusaciones me cayeron así: venían de la familia de la cultura: mentiroso, arrogante, canalla -que ahora es una palabra santificada- renegado".
Con todo, a Savino no le interesa en absoluto ese hilado preciosista de la frase en el cual el poema o el relato se apoyan para construir una totalidad. No busca abofetearnos con una sintaxis culta o perfecta. Más bien todo lo contrario: su lenguaje es crudo y plebeyo, golpea con el efecto de la máxima moral o el aforismo, pero con una desprolijidad cuidadosamente calculada.
Viento del noroeste combina, pues, el tono controvertido de una consideración intempestiva con el ensayo autointerpretativo, haciendo foco sobre todo en la conciencia social de un personaje que se confiesa, entre un exabrupto y otro, como "hijo de kerosenero. Rantifuso. Para siempre. La marca en el orillo. La llevo". Dicho personaje podría ser, en buena medida, un intelectual comprometido, pero es también un poeta sentimental, a la manera de Evaristo Carriego o de Julián Centella. De tal forma, en una prosa desmochada y camorrera que coquetea por momentos con la poesía del tango, Savino entona su canción fragmentada al barrio, al mismo tiempo que descarga su irritación en contra de aquellos que el autor mismo define, amplia y mordazmente, como "la familia de la cultura", y que a veces aparecen como "los seudoamigos de la mesa redonda", y otras simplemente como los "soplones", los "burócratas", los "aduladores", "los inventores de esa impostura poética trimestral", etcétera.
Aunque detrás de este enemigo de rostro múltiple, podría vislumbrarse cierta fisonomía típica del campo intelectual argentino de las últimas dos o tres décadas, los usos y costumbres, las iniquidades de los hombres de letras -por llamarlos de algún modo- que Savino critica y convierte en apuntes de una ficción condensada podrían pertenecer a cualquier época y a cualquier país. En el fondo, como suele ocurrir en estos casos, el autor rivaliza con un contrincante imaginario, con el crápula literario o el astuto chupatintas que todo poeta lleva adentro.
No obstante, en medio del fragor de la batalla, este libro inclasificablese da un tiempo para quemar unas nostálgicas bengalas narrativas: el recuerdo de una mañana en un conventillo de la infancia, con sus personajes típicos, la visión de un cuerpo deseado que se esfuma, bocetos del hipódromo y la jerga del turf todo ello con una sintaxis estilizada y cortante que recuerda aquellas micronovelas y cuentos de una página -a veces tan sólo de una frase- que escribió Osvaldo Lamborghini a comienzos de los años ochenta.
Traductor de Mallarmé, Paul Claudel y Philippe Sollers, entre otros, Hugo Savino nació en Barracas, en 1945. Anteriormente, publicó el libro de poemas La línea del tiempo .






