Crónica de una epidemia

Los recientes casos de ébola en Estados Unidos y España actualizan la novela del neoyorquino Richard Preston, un thriller de no ficción sobre el modo en que se expandió la enfermedad en los años 80, con iguales dosis de peripecias narrativas y sólida divulgación científica
Ana María Vara
(0)
27 de febrero de 2015  

Las reediciones plantean una pregunta inevitable: ¿por qué repetir lo que se dijo ayer? En el caso de Zona caliente, el thriller de no ficción publicado en 1994 que cuenta casos tempranos de ébola y marburgo, la respuesta es fácil: estamos ante un nuevo brote de ébola, con pacientes en España y en Estados Unidos, movilización de especialistas de un país a otro y un alerta mundial que ha llegado a todos los rincones. Es oportuno recordar qué pasó en la década de 1980 en África y Estados Unidos, cómo se respondió a la amenaza y qué se aprendió.

Preston es un especialista en no ficción. O en literatura periodística, como también podría llamarse este género que se apoya en una investigación minuciosa y en un cuidadoso trabajo de escritura. De hecho, Zona caliente es la expansión de un artículo publicado en 1992 en el New Yorker. En la misma temática microbiológica, Preston también escribió un libro de no ficción sobre la erradicación de la viruela en El demonio en el congelador (2002), y una novela sobre posibles ataques terroristas con agentes biológicos, Operación Cobra (1998). Aunque invente un poquito, siempre resulta muy convincente: parece que tras leer esta novela, el entonces presidente Bill Clinton inició una investigación para saber si había suficiente preparación para casos de ese tipo.

Zona caliente comienza el 1 de enero de 1980 en África, con la enfermedad y muerte de un francés que vivía en Kenia, tras visitar la cueva de Kitum en el monte Elgón. Es un relato angustioso, por momentos espeluznante, desde los primeros síntomas hasta que el enfermo llega, en un vuelo de línea y por sus propios medios, hasta el hospital de Nairobi. Preston apela a descripciones conmocionantes, con sangre profusa. Se suma el suspenso por el contagio: "Los charcos de sangre se extienden alrededor de Monet. Una vez que ha destruido el organismo del huésped, el agente sale por todos los orificios, en busca de otros organismos".

Efectivamente, la presencia del francés inicia una serie de contagios con un virus que resulta ser el marburgo, perteneciente al grupo de los filovirus, llamados así por su aspecto filamentoso, que incluye al propio ébola. La reacción en Nairobi es rápida: se cierra el hospital y se pone en cuarentena a casi ochenta personas que habían tenido contacto con el francés. Uno de ellos es un médico, Shem Musoke, quien logra sobrevivir a la enfermedad. Con muestras de su sangre se da origen a la cepa Musoke, que constituye uno de los insumos fundamentales para seguir estudiando el problema.

Enseguida Preston introduce a la protagonista norteamericana de la historia, Nancy Jaax, una veterinaria militar que comienza a trabajar en el laboratorio de alta seguridad de la base militar de Fort Derrick. Se trata de una instalación de nivel 4 de bioseguridad, o "zona caliente", donde se conservan los patógenos más peligrosos y contagiosos. Allí sólo se puede trabajar con trajes de seguridad que convierten a los investigadores en astronautas terrestres.

La línea principal del relato se instala en Fort Derrick, desde donde se cuentan historias secundarias interesantes: la de la enfermera que atendió al francés, la del chico que se contagia viajando con su familia, la de un investigador norteamericano que se arriesgó al contagio en África para atender a un grupo de pacientes y sobrevivió a un peligroso pinchazo.

Más allá de su inclinación por el morbo, Preston es cuidadoso en sus explicaciones científicas. Zona caliente tiene secciones enteras de divulgación científica en que se relatan los distintos brotes detectados y lo que se sabe de los virus: modos de contagio, mortalidad, curso de la enfermedad. Es especialmente valioso su esfuerzo por comprender la psicología de los investigadores y el modo de respuesta de las instituciones involucradas.

La trama, sin embargo, termina siendo decepcionante. No por todo lo que queda por saber de estos virus -notablemente, dónde se alojan y cómo se inician los brotes- sino porque Preston, entre todas las historias que podría desplegar, elige seguir una línea argumental que deriva en un chasco. En 1989, su protagonista femenina se cruza con un incidente que parece poner en riesgo la seguridad de Estados Unidos pero que, finalmente, termina siendo falsa alarma.

Ocurre que una partida de monos traídos desde África para investigaciones, que son alojados en una instalación en la ciudad de Reston, en Virginia, resulta estar contagiada con un virus que parece ébola. Es un área cercana a Washington y se encienden todas las alertas: gran movilización en Fort Derrick, gran operativo para matar a las decenas de monos? para descubrir, finalmente, que el virus no se transmitía a los humanos.

No es culpa de los protagonistas que sus esfuerzos se vean menoscabados por el resultado. Pero sí es culpa del escritor que se dediquen tantas páginas a afanes que, en última instancia, no supusieron ningún peligro. Retrospectivamente, los militares enfundados en trajes de astronauta, matando monos a diestra y siniestra y vigilando obsesivamente que sus trajes no se rasguen, resultan ridículos en lugar de heroicos. Se entiende que el incidente haya tenido interés en su país en tiempos cercanos a los acontecimientos; Zona caliente fue bestseller. Pero aquí y ahora, ya no tanto.

En síntesis, un capítulo de la historia médica reciente, contado como en Hollywood: mucho suspenso, mucho comandante resuelto, mucho equipamiento. También, respeto a la información científica y mucha emoción.

Zona caliente

Por Richard Preston

Salamandra

Trad.: Ana Isabel Sánchez

367 páginas

$ 195

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.