De gatopardos, chacales y hienas
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Está la famosa escena del vals en el palacio de Palermo cuando Don Fabrizio, Príncipe de Salina, rejuvenecido por el pedido de Angelica, bendice a la joven ante la mirada de todos.
Está la escena del funcionario piamontés cuando le ofrece el cargo de senador en la nueva república “por méritos, antigüedad, prestigio y actitud liberal” –cargo que el príncipe rechaza con elegancia en un célebre monólogo sobre Sicilia, el clima y el paisaje, que no conoce medio entre la belleza y la crueldad–. Y una pregunta incómoda, breve y concisa: “Explíqueme, Chevalley, ¿qué haría conmigo el Senado, un legislador inexperto, incapaz de engañarse a sí mismo, requisito indispensable para quien se proponga guiar a los demás? ¡No, Chevalley! Lo que ustedes precisan es gente joven y ágil (sin méritos pero con un sentido práctico extraordinario), gente que pueda enmascarar los intereses particulares en la vaguedad de sus ideales políticos.”
Y por supuesto, en una mañana ventosa y dorada, está también la despedida de Tancredi con el tema musical de Nino Rota, soberbio y nostálgico, más la frase icónica devenida en leitmotiv a fuerza de repetición y verdad: “Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie.”
Pero me detengo en otra escena brillante. Más que en la novela inolvidable de Lampedusa, en Il Gattopardo cinematográfico de Visconti donde la música, que no es inocente, cobra tanta vida: la llegada de Fabrizio y su familia a Donnafugata, el pueblo de sus latifundios y la iglesia (Santa María Magdalena, Chiesa Madre de Ciminna, en la provincia siciliana de Palermo).
Al cabo de tres días sofocantes y un viaje agotador –tres días en carruaje por caminos polvorientos que eran solo una huella bajo el sol, que era “la nieve de fuego como en la Biblia”–, los Salina llegaron a su destino. Agosto de 1860. La hora de Garibaldi y la unificación de Italia. Sin embargo, el cortejo de los campesinos y las autoridades locales, la nueva política tricolor y la banda municipal que Lampedusa describe con ímpetu frenético, les daba la bienvenida con pompa de altri tempi.
Dos fragmentos musicales intencionalmente torpes pero reconocibles ilustran la secuencia hasta la misa. Noi siamo zingarelle, el coro de los gitanos más rústico y desafinado que se haya oído. Y superpuesta, entre campanadas y risas, en el órgano de la iglesia, la ópera como sacrilegio en suelo santo, la melodía de Violetta en La Traviata. Es el grito de ¡Viva VERDI! disimulado en sus acordes. El grito de guerra y aliento por la revolución en el acrónimo del compositor: Vittorio Emanuele Re D’ Italia.
Y a continuación, la lectura poética más emocionante del relato en el himno gregoriano con que concluye la escena, el Te Deum. El ritual del incienso y una coreografía de metáforas sublimes de entre las cuales destaco una. La imagen detenida y los rostros cubiertos de polvo como fantasmas. ¡Polvo eres y al polvo volverás!, enseña la Biblia sobre la muerte y aquí sobre una clase, una aristocracia perdida, una reliquia en decadencia… Y el movimiento exquisito de un director genial que recorre el cuadro con lentitud mientras los devotos permanecen inmóviles, con sus trajes fastuosos en el sitial de honor, y el canto religioso que alaba a Dios en latín, acompaña la extinción. Por atmósfera y el contenido, una obra maestra de la música incidental.
Conocemos el desenlace, la resignación de Fabrizio y el diálogo legendario con Chevalley.
—Hemos sido los leones, los Gatopardos. Quienes ocupen nuestro lugar serán los pequeños chacales, las hienas. Y todos, Gatopardos, chacales y ovejas seguiremos creyéndonos la sal de la tierra.
—¡Pero, Príncipe, si los hombres honestos se retiran, el camino quedará libre para la gente sin escrúpulo, sin visión! Entonces, todo será como antes.
Palabras más palabas menos, lo entendimos todo. No querían terminar con nada, solo querían ocupar su lugar.
¡A Luchino Visconti en el 50° aniversario de su muerte!
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