A los 84 años, murió la escritora y “activista cultural” Lilia Lardone
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A los 84 años, murió ayer en la ciudad de Córdoba la escritora y gestora cultural Lilia Lardone. Había nacido en la localidad cordobesa de Hernando el 24 de octubre de 1941. Maestra y licenciada en Letras Modernas en la Universidad Nacional de Córdoba, se desempeñó en el área cultural de la Municipalidad de Córdoba y participó en la organización de las primeras ediciones de la Feria del Libro de su provincia natal desde la década de 1960. Integró el Centro de Difusión e Investigación en Literatura Infantil y Juvenil y fue jurado en concursos literarios nacionales e internacionales.
Desde mediados de la década de 1980 coordinó talleres de escritura y desarrolló una importante tarea de formación con niños y jóvenes. Dictó cursos y seminarios para docentes sobre promoción de la lectura. Tituló Es lo que hay a la antología de cuentos de jóvenes escritores que se reunían con ella en los primeros años 2000; ellos eran, entre otros, Luciano Lamberti, Cuqui, Pablo Natale, Federico Falco, Emanuel Rodríguez, Fernando Montes de Oca, Maricel Palomeque, David Voloj, Javier Quintá, Marcelo Díaz, Hugo H. Rabbia, Ramiro Pros y Pablo Dema.
“Salí de mi pueblo a los catorce años, decidida a ser maestra –dijo en una entrevista–. Estudié Letras, fui profesora, pero lo que más me gustó siempre fue el activismo cultural”.

Su primer libro, Nunca escupas para arriba, recuperó coplas anónimas cordobesas. En El Cabeza Colorada, hizo una recreación de cuentos populares de Córdoba. En 1998 publicó en Alfaguara su primera novela, Puertas adentro, inspirada en un relato familiar y con la que obtuvo una mención del Fondo Nacional de las Artes (fue reeditada en 2019 por la editorial Comunicarte). “La escritura me ayudó a entenderme y me abrió caminos insospechados. Podría decir que, gracias a la escritura, me reinventé”, dijo.
Publicó, además, la novela Esa chica (recientemente reeditada por la editorial Bardos), los cuentos de Vidas de mentira y los poemarios Pequeña Ofelia y Diario del río. Como autora de literatura infantil y juvenil, dio a conocer El nombre de José, Los Picucos, Los asesinos de la calle Lafinur, El día de las cosas perdidas, La banda de los coleccionistas, El olor del cocodrilo y La gran persecución, entre otros títulos.
Con María Teresa Andruetto, publicó los libros para docentes La construcción del taller de escritura, La escritura en el taller y El taller de escritura creativa: en la escuela, la biblioteca, el club y el libro de entrevistas, Ribak, Reedson, Rivera. Conversaciones con Andrés Rivera. En 2012 presentó 20.25. Quince mujeres hablan de Eva Perón, con testimonios que recuperan distintas miradas sobre la figura de Eva Perón.
En 1989 obtuvo el Primer Premio Latinoamericano de Literatura Infantil y Juvenil Norma/Fundalectura, en Bogotá, por Caballero Negro y, en 2003, Papiros fue seleccionado para integrar The White Ravens, la prestigiosa selección de la Biblioteca Internacional de la Juventud de Múnich. En 2009, recibió el Premio Saúl Taborda de Letras, por su trayectoria y su tarea a favor de la lectura y la escritura.
“Tuvo una importancia tremenda para la cultura de Córdoba –dice Andruetto a LA NACION–. Ha publicado novelas, libros para chicos, libros de cuentos. Y fue también una gran maestra de escritores; Fede Falco, por ejemplo, ha sido un discípulo de ella, y el editor Javier Quintás, la escritora Maricel Palomeque y mucha otra gente. Empezó a finales de la dictadura y organizó a pulmón la primera Feria del Libro de Córdoba. Era una persona de la planta de Cultura de la municipalidad, pero tan trabajadora, tan lúcida, tan aguda en sus percepciones que llevó a cabo iniciativas muy importantes”.
“Nos quedamos huérfanos, pensé, y eso escribí en los grupos de amigos –dice Javier Quintás–. Se fue una amiga, una verdadera maestra de muchos de nosotros: escritores y lectores. Lilia decía que disfrutaba más leer que escribir. Hacía rato que ya no escribía y la lectura seguía siendo su más íntimo refugio. Leer para ella no era una pose; era una forma de vida más real, más tierna, menos dolorosa. Era implacable con sus lecturas. Si algo no le gustaba, no hacía ningún tipo de concesión. Lo mismo aplicaba a sus propios escritos. Tampoco aceptaba adulaciones porque odiaba que hablaran de ella y no de sus libros. ‘¿Y vos para qué querés escribir?’, preguntaba, antes de hacerte una devolución, como para no perder el tiempo. Nos enseñó a leer antes que escribir. Y antes de leer, a mirar. Con ella aprendí a detenerme en detalles que antes no veía. Esa forma de mirar con palabras me enseñó la escritura. Esa forma de amor por el mundo es la literatura. Decía que a escribir se aprende escribiendo. Parece una obviedad, pero escribir para Lilia no era algo que se hiciera a la ligera ni de un día para otro. Durante años nos reunimos en el primer piso de Rubén Libros. En su casa disfrutamos su tono de voz pausado y firme, de su aprobación que era una mueca, una sonrisa y una mirada con la cual se podía soñar noches enteras. En una de sus últimas presentaciones, Lilia dijo que lo más importante que le había dado la literatura eran sus amigos; que la amistad que tejemos en la literatura, esa forma de intimidad que uno comparte entre lecturas y escritos, ese conocimiento sensible del otro, perdura toda la vida. Gracias, Lilia”.
La despedida a Lilia Lardone será hoy, de 12 a 16, en Casa Minoli (avenida Rafael Núñez 3849), ciudad de Córdoba.
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