
De las ideas y las formas
Ayer se cumplieron cincuenta años de la muerte de Rogelio Yrurtia, el gran escultor argentino que dejó un testimonio vigoroso en las calles de Buenos Aires.
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ROGELIO YRURTIA tenía veintiocho años cuando la municipalidad de Buenos Aires le encargó El canto al trabajo , una obra que por sí sola alcanza para medir la dimensión de un artista poderoso. Yrurtia venía de París, a donde había viajado becado por el gobierno argentino. Antes, el paso por el taller de Lucio Correa Morales fue decisivo. Allí conoció a la que sería su mujer, Lía Correa Morales, y definió su vocación de escultor.
En París, el destino le hizo un guiño cuando presentó en el Salón Nacional de Artistas Franceses, en 1903, su obra Las pecadoras .
La crítica se puso de su lado y ese joven sudamericano de sólo veinticuatro años, llegado de una ciudad remota, pasó a ser "un escultor de los grandes", alguien tocado por un genio indómito.
Estudió en el taller de Jules Coutan, autor del monumento a Carlos Pellegrini, pero rápidamente escapó de su tutela. En el fondo, reconocía a un solo maestro: Auguste Rodin, cuya obra admiraba e imitaba.
En 1905, Yrurtia expone por primera vez en Buenos Aires en el Salón Costa. El eco es inmediato. Recibe el encargo por parte del gobierno nacional del monumento a Dorrego, emplazado hoy en la plazoleta de Viamonte y Suipacha. Esa figura sobria de elegante porte, escoltada por la Historia, la Fatalidad y la Victoria, tiene el rostro impávido de la tragedia anunciada. La obra fue inaugurada en 1927. Por suerte para los porteños, fracasó el intento de mudarla de su actual emplazamiento, aunque tuvo que sufrir el pobre Dorrego meses de piqueta e incertidumbre.
A los treinta años, el escultor ya disfruta de los halagos de un artista consagrado y en su casa de la calle O´Higgins (ver recuadro) forma a los disicípulos dilectos. Es profesor de la Academia Nacional de Bellas Artes y en la Escuela Superior de Bellas Artes y académico. No le cabe a Yrurtia el desencuentro a que alude la remanida expresión "nadie es profeta en su tierra". Reconocimiento no le faltó; pero sufrió, sin embargo, los embates de una mente analítica y fue implacable consigo mismo hasta el punto de destruir aquella obra de juventud, Las pecadoras, que había despertado el asombro de los críticos. Sólo se conserva en el museo una cabeza del conjunto.
Vocación al paso
Hijo de inmigrantes vascos, originales de la provincia de Guipúzcoa, Rogelio Yrurtia nació el 6 de diciembre de 1879. Tenían programado para él un futuro de comerciante, pero eligió ser escultor, casi por casualidad.
Caminando por Constitución, siendo un chico de pantalones cortos, se cruzó con un santero de apellido Casals que lo contrató como ayudante. Hizo las primeras armas con el santero, que reconoció la destreza del muchacho, hasta que llegaron los estudios formales y el paso por el taller de Correa Morales.
A los veinte años partía a Europa con una beca, la primera otorgada por el gobierno nacional, a través del Ministerio de Instrucción Pública, para realizar estudios en el exterior.
La Argentina vivía su belle époque. Ese período de paz social, estabilidad política y crecimiento económico que va de 1880 a 1930, desde el primer gobierno de Roca al golpe de Uriburu. En esos cincuenta años cristalizó en Buenos Aires una identidad estética definida por los artistas descendidos de los barcos y por los hijos de los inmigrantes que mantenían con Europa una relación especular, más precisamente con París, por su condición inapelable de faro cultural.
Además de escultor y pintor, Yrurtia fue un notable medallista, de esa veta creadora quedan testimonios muy difundidos como los perfiles de Mitre, de Gerchunoff, de Enrique Finochietto y de su gran amigo Carlos Delcasse.
El resto de su obra se conserva en el museo de la calle O´Higgins. Allí está esa escultura formidable que Manuel Mujica Láinez, en las páginas de La Nación , llamó "el tesoro de la casa". Se trata de Los Boxeadores, o Combate de Boxeo , un trabajo que impresiona por la plasticidad de las dos figuras en actitud expectante, que han congelado el gesto en el bronce antes de empeñarse en el encuentro final.
Con razón subraya Manucho que hay un llamativo parecido entre ambos cuerpos: las mismas piernas largas, los mismos músculos en tensión y el rostro apenas esbozado. Como si se tratara, en realidad, de la misma persona, de un combate con uno mismo.
¿Serán los boxeadores un reflejo de la pelea interior que mantuvo en vela el alma del artista?
Asignaturas pendientes
El tiempo pasa y algunas deudas quedan sin pagar. Mujica Láinez sugería en una de sus recordadas columnas publicadas en este diario en los años sesenta, que la calidad de Los Boxeadores merecía mayor difusión, y no quedar encerrada en los límites de la casa museo del barrio de Belgrano.
"Lo aconsejable sería que la municipalidad hiciera reproducir la escultura, exactamente -sin olvidar la incomparable pátina- para ubicarla en la vastedad lógica de algun parque ciudadano, donde se alzaría como el doble símbolo del hondo culto argentino al deporte y del esencial conocimiento plátonico de nosotros mismos, sin el cual nada realmente constructivo es posible."
Otra asignatura pendiente es la imperiosa necesidad de dotar al Museo Casa de Yrurtia de la calle O´Higgins de un SUM(salón de usos múltiples), que pueda ser destinado a conferencias y exposiciones temporarias. Con más metros sería posible, también, mostrar la selección de dibujos y estudios preliminares para el monumento a Hipólito Yrigoyen, que nunca se hizo.
Otras escalas
- La producción monumental de Yrurtia se completa con el Mausoleo de Bernardino Rivadavia (1916-1932), emplazado en la plaza de Miserere, su obra con mayores elementos arquitectónicos realizada entre 1916 y 1936.
- La Justicia, encargada por su amigo del alma, Carlos Delcasse, para su bóveda en el cementerio de Vicente López, que luego fue reproducida en bronce y está en la entrada del Palacio de Tribunales.
- En 1904 ejecutó el monumento al doctor Alejandro Castro para el Hospital de Clínicas.
- Una excelente guía visual de la obra de Yturria, si se consigue, es el libro editado años atrás por Argencard, con fotos de Aldo Sessa, que a través del ojo de la Leica logra imágenes poderosas de las obras. El prólogo es de Bonifacio del Carril.






