Dos mundos
Unos tan campantes y otros, podemos imaginarlo, tan enloquecidos. Hace unos días, una niebla espesa convirtió a la ciudad de Sidney en territorio de demoras, complicaciones en el tránsito, dudas y esperas. Vivido en el centro mismo de la vida económica de la ciudad, el fenómeno debe haber sido exasperante. Pero vista desde donde la observa (si es que se digna en observarla) este grupito de aves, la situación es totalmente diferente. Porque si algo hace que la niebla sea bella, es el modo en que se abre a la incerteza. Sumergido en la niebla, el mundo abandona rispideces, durezas, definiciones, límites. Todo se vuelve difuso, blando, como si un acuarelista se dignara, por un instante, a esfumar los rígidos colores de la rutina. Y, suele ocurrir, no hay zona más impregnada de arte que aquella donde, en una imagen pintada al agua o con tinta, los bordes se diluyen y habilitan el misterio.
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