
El abrazo que selló la transición
La obra de Juan Genovés subraya el carácter narrativo y simbólico de la muestra De Picasso a Barceló con obras procedentes del Museo Centro de Arte Reina Sofía de Madrid
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Fue Ortega y Gasset, con la misma urgencia con la que reclamó de los argentinos la necesidad de ir a las cosas, el primero en plantear a sus compatriotas la europeización como un atajo posible para recuperar la autoestima y el tren perdido con la caída del imperio. El mandato orteguiano no pudo ser más profético si se mira la bonanza económica y la expansión cultural que viven los españoles desde que la Moncloa sintoniza con la Europa comunitaria.
Esa holgura, que ha cambiado nuevamente la brújula de los sueños para muchos argentinos, se percibe de manera abrumadora en proyectos culturales que suman iniciativas públicas, fondos privados y una llamativa capacidad de gestión.
Cuando todavía está fresca entre nosotros la disputa vecinal a raíz de la construcción del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba), conviene recordar -salvando las distancias- con qué entusiasmo y pesetas recibió la corona española la posibilidad de mudar a Madrid los cuadros del barón Thyssen Bornemisza, que estaban instalados en el domicilio suizo de Villa Favorita.
Sin perder tiempo, gracias a la mediación de la baronesa Carmen Cervera y del duque de Badajoz, se tasó la colección; se pagó por ella una suma millonaria; los barones mudaron sus cuadros al palacio de Villa Hermosa, refaccionado para tal fin por el arquitecto Rafael Moneo, y ellos se mudaron a una lujosa casa en La Moraleja, un barrio residencial ubicado en la carretera que va a Burgos, cedida a los Thyssen como parte del acuerdo.
Además, como si esto fuera poco, el barón Heinrich y Tita, como llaman en España a su mujer, están retratados en el gran hall de entrada al museo junto a sus majestades, para que nadie dude de dónde vienen los 800 cuadros que son ahora un argumento más para visitar Madrid.
Con el mismo impulso, porque de sumar se trata, se puso en marcha el proyecto del Museo Centro de Arte Reina Sofía, que no tenía una colección propia y está punto de iniciar una espectacular ampliación, proyectada por Jean Nouvel. El tema es cercano en estos días, cuando más de cien obras procedentes del Reina se exhiben en el Museo Nacional de Bellas Artes, como parte de un proyecto conjunto de la Fundación Arte Viva y de Telefónica, que en medio del tembladeral de las relaciones comerciales con la Madre Patria invirtió un millón de dólares para poner en marcha la mayor exportación temporaria del arte español.
De Picasso a Barceló es una recorrida por el arte español del siglo XX que es como contar la historia de España. Qué pasó con los artistas, las tendencias, el paisaje y la identidad en el camino que fue del aislamiento a la integración de la Europa comunitaria, con la herida abierta de la Guerra Civil en el medio y la gran brecha que significó el franquismo.
No están los mejores cuadros, pero, tal como plantea la curadora María José Salazar, en la articulación de los módulos temáticos, cronológicos y estéticos se pueden juntar las piezas de un rompecabezas en el que caben expresiones tan disímiles como el informalismo matérico de Tapies, la hispanidad socarrona de Eduardo Arroyo, la sutileza de la línea de Fernando Zobel y el genio iconoclasta de Juan Muñoz. Muñoz ha sido el último invitado al templo del arte actual: la Tate Modern, de Londres, esa usina-museo montada por los suizos Herzog-De Meuron.
La obra de Muñoz integra también los catálogos de arte contemporáneo de Sotheby´s, y no precisamente por una operación de marketing.
Es otra vez Ortega y su mandato europeizador de 1925 en La deshumanización del arte. Integrar Europa representó una mayor visibilidad para los artistas peninsulares, a partir de una decisión estratégica. La colección del Reina, con el formato actual, fue abierta al público en 1992. Diez años después de la primera edición deArco, que resultó una pica en Flandes, el puente tendido hacia Europa cuando la democracia se consolidaba con el carisma único de Felipe González y la convicción de su rey, que supo cortar de cuajo el tejerazo regresivo y abrazar la transición.
Picasso y Barceló marcan las dos puntas de una historia que tiene como eje la identidad y como punto de inflexión la irrupción en la escena del grupo El Paso con su apertura informalista.
De todas las obras llegadas al MNBA, hay una que tiene un especial significado para los españoles, según me contó un amigo madrileño, de visita en Buenos Aires. Es El abrazo , de Juan Genovés, valenciano, nacido en 1930. Ese abrazo monocromático, anónimo, cálido y cercano se convirtió en la imagen de la transición democrática. Fue pintado en 1976. Las figuras están de espaldas y en movimiento. Porque el momento del encuentro es, en realidad, el punto de partida.
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