El arte de quedar bien
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“Quedar bien no cuesta nada”, me dijo mi madrina la noche en Navidad. No importa a cuento de qué, pero me dejó pensando. Quedar bien con las palabras. “Buen día”, “gracias”, “muchas gracias” (por qué no), “¿Cómo andás, tanto tiempo?”. Hay psicólogos que recomiendan practicarlo como un ejercicio, incluso cuando uno no tenga ganas, con conocidos como con extraños. O sobre todo con extraños.
No cuesta nada, es verdad. Entrenarse en la disciplina del arte de quedar bien genera un mejor clima en los otros y en nosotros. Ya sé, van a pensar que es fácil opinar desde abajo del ring. Como decía Ringo Bonavena, cuando suena la campana, te sacan el banquito y uno se queda solo. Pero opinar tampoco cuesta nada y hasta puede ser un servicio.
Nada que ver este “ejercicio” con el fomento de la práctica de la “falsedad”; se trata de crear un buen ambiente con poco. Hacerlo con el vecino que no te cae del todo bien, por ejemplo. O con el del kiosco, al que nunca saludás. Se complica si ese otro, por alguna razón, es una persona que te produce algún rechazo. Ahí es cuando hay que doblar la apuesta.
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