
El éxito después de la muerte
Poco antes de morir en 2004, el escritor sueco Stieg Larsson terminó la trilogía policial Millenium , cuyas entregas son fenómenos de venta en Europa. Su atractivo radica en los personajes carismáticos y en la temática político-económica de sus novelas
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Cuando todavía se pensaba que Suecia era uno de los mejores lugares para vivir, un matrimonio de periodistas de izquierda se dedicaba a diseccionar al país cuyo sistema de gobierno "ni es socialismo ni es democracia", según les gustaba señalar. Desde 1965, cada vez que terminaban una nueva entrega de la serie de novelas protagonizada por el policía Martin Beck -y así lo ha contado Maj Sjöwall, la mujer de aquella pareja-, descorchaban una botella y se emborrachaban. Hasta que, en 1975, Per Walhöo tuvo la mala idea de morir, sin saber que Henning Mankell señalaría aquellos libros como los verdaderos precedentes de sus propias obras, hoy mundialmente conocidas como la Serie Wallander.
Casi treinta años después, otro periodista sueco le dijo adiós a este mundo y, en esa despedida, se quedó sin saber hasta dónde había sido capaz de llegar, incidir y denunciar. A los 50 años, en la ciudad de Estocolmo, el 9 de noviembre de 2004 Stieg Larsson se encontró con que el ascensor que debía llevarlo al séptimo piso de la revista Expo -un poco más arriba que las oficinas de Greenpeace- no funcionaba. Expo era y es una revista en la que prestigiosos profesionales colaboraban a pesar de que fuera deficitaria. Allí podían hacer lo que no era viable en otros grandes medios, algo que su fundador, Larsson, hacía desde el inicio de su carrera, cuando comenzó a investigar y denunciar en la publicación antifascista inglesa Searchlight . Expo terminó por inspirar a la revista Millennium -elemento fundamental en estas novelas, que da título a la trilogía- aunque como dice el periodista sueco Daniel Poohl, Expo "siempre fue una revista de perdedores, mientras que Millennium es grande y fuerte". Y a pesar de que en Los hombres que no amaban a las mujeres , la primera entrega de la serie, Millennium recibe un importante inyección de capital privado, la buena conciencia de Larsson hace que ésta no pierda su independencia ni su temeridad, aún cuando deba verse obligada a un pacto con la verdad criminal.
Pero volvamos al día en que Larsson subía, o intentaba subir, los siete pisos que lo llevaban hasta la redacción de su revista. Toda su vida había trabajado en la investigación del pasado nazi, los grupos neonazis y de extrema derecha en su país. Para ese momento, tenía uno de los más grandes archivos sobre el tema y había sido consultado por Scotland Yard. Desde el principio había recibido amenazas y, a manera de precaución, de regreso a su casa solía bajarse en la parada del ómnibus anterior a la que le correspondía. En el hogar, lo esperaba su compañera Eva, con quien vivía desde 1972, cuando la conoció en una manifestación contra la Guerra de Vietnam.
Subió los siete pisos por la escalera -según Eva, esto fue decisivo para que poco después se empezara a sentir mal y tuvieran que llamar a la ambulancia-, sin tener en cuenta que en los últimos años había dormido poco y mal, fumado mucho y bebido litros de café. Siempre había sido capaz de estar catorce horas delante de la computadora, y al llegar a casa desarrollaba una actividad secreta. Tres años antes de ese día de septiembre de 2004, este gran lector de novela negra decidió que había llegado la hora de escribir la suya, su propia y peculiar novela, que no se parecería a ninguna otra anterior. Y la escribió sin parar, dedicándole nueve meses a cada uno de los tres libros que constituyen Millennium .
Al final, cuando el autor no sabía que estaba a punto de morir de un infarto, su editora sueca ya había publicado la primera de la serie, y Larsson hasta llegó a asistir a la Feria de Fráncfort para ver cómo grandes editores de todo el mundo devoraban Los hombres que no amaban a las mujeres . En efecto, su editor francés Marc de Gouvenain y, posteriormente, su editora española Silvia Sesé, apostarían de inmediato por la trilogía, que solamente en Suecia, país de nueve millones de habitantes, lleva vendidos tres millones de ejemplares. En España, la aparición de la segunda entrega de esta serie - La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina , que ahora aparece en la Argentina editada por Destino- se anunció en los noticieros del mediodía.
A manera de inicio, Los hombres? abre diversas líneas narrativas -desde la delincuencia económica hasta el maltrato a las mujeres, tema en el que Larsson trabajó mucho-, de un modo clásico, recreando el misterio de la habitación cerrada, a lo Gaston Leroux: un octogenario industrial contrata a Mikael Blomkvist, periodista estrella de Millennium , para que escriba la saga de una familia poderosa, formada en buena parte por nazis fanáticos y mujeres castigadas y huidizas. Pero la verdad es que este empresario no quiere morir sin resolver la hasta hoy inexplicada desaparición, treinta años atrás, de su sobrina adolescente Harriet. Y, sin saberlo, Mikael, se convertirá en un detective brillante.
Como gran regalo para el lector, Mikael cuenta con una aliada que, descaradamente, le roba cámara en cada una de sus apariciones en el libro: una jovencita con pinta de anoréxica, llena de piercings y tatuajes, calificada de sociópata, violenta y peligrosa por los servicios sociales. Cada vez que Lisbet Salander abre la boca, es para soltar una frase seca y apabullante. Cada vez que clava la mirada en un sujeto, no se sabe qué pasará. Y es una fuente inagotable de incógnitas que sólo se revelarán en La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina . De momento, conviene decir que se trata de una hacker de las mejores, y que posee un tipo de inteligencia capaz de descifrar el delito económico mejor encriptado.
La gran pregunta que la prensa se formula una y otra vez es cómo y por qué se ha producido el impresionante éxito de estos gruesos libros, publicados sin ningún tipo de marketing previo. Seguramente hay más de una razón, pero no debería pasarse esto por alto: imagínese el lector a un periodista, cansado y con ambiciones de justicia, dando un paso tras otro para subir siete pisos por una escalera. Imagínelo con nuevas entregas de su sueño de ficción -tenía material para diez libros- en su cabeza, un sueño que nunca pudo hacer realidad, es decir que una revista independiente sacuda a un país entero. Y que una chica, carne de psiquiatras y de burócratas, consiga lo que ningún periodista económico fue capaz de hacer. Hoy Larsson no está entre nosotros, pero el lector puede oír a Mikael hablando de banqueros, especuladores y el crac mundial, de un modo que a no pocos les suena como música de violines: "Verdaderas ratas financieras a las que un reportero algo más valiente debería poner en evidencia e identificar como los traidores del país". Los sueños del autor son las pesadillas de la realidad.
A la manera del caso Watergate, un periodista en crisis logra atraparnos por el cuello y llevarnos lejos, muy lejos, hasta el fondo del agujero, al corazón de la miseria y la impunidad. Ni el autor ni el lector podrían decir que todo esto sólo es ficción.
© LA NACION
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