El inconsciente en disputa: mujeres artistas reescriben el surrealismo
A un siglo de su manifiesto, un conjunto de más de ochenta obras modernas y contemporáneas indaga en la persistencia de ciertas claves del movimiento
6 minutos de lectura'
Con más de 85 obras de medio centenar de artistas, Continente oscuro. Feminidad, disidencia y surrealismo en Argentina, en el Museo de Arte Contemporáneo de Buenos Aires (MACBA), propone una relectura exhaustiva de un movimiento que, a un siglo de su primer manifiesto, sigue siendo un territorio que interpela.
Con curaduría de Leandro Martínez Depietri, la exposición despliega en cuatro pisos un recorrido que cruza obras modernas y contemporáneas para indagar en la persistencia de ciertas claves del surrealismo, desde la década de 1940 hasta la actualidad.
Lejos de la idea más difundida que lo reduce a un universo de imágenes fantásticas, el proyecto recupera su dimensión política. “El surrealismo fue desde sus comienzos, en 1924, un movimiento que buscaba la liberación de la imaginación con fines muy específicos, a través de herramientas como el automatismo psíquico”, señala el curador. “Hoy, añade, en un contexto dominado por el pensamiento algorítmico, donde pareciera que todo se organiza desde la lógica y la previsibilidad, es importante volver a pensar el lugar del inconsciente”.
Esa recuperación implica también revisar ciertos malentendidos: el surrealismo no fue solo un estilo, sino una toma de posición frente al mundo. De ahí su interés por lo que escapa a la razón, como el sueño, el delirio, lo involuntario y por formas de producción que desbordan los parámetros morales y estéticos tradicionales. Como planteaba el primer manifiesto, se trataba de producir sin restricciones, en una apertura radical a lo desconocido.
En paralelo, la muestra se inscribe en una revisión historiográfica más reciente: la del lugar de las mujeres en el surrealismo. Tradicionalmente narrado como un “club de varones” en torno a André Breton, hubo, sin embargo, una cantidad significativa de artistas mujeres. Muchas exploraron identidades de género no normativas, jugaron con la androginia o ensayaron formas de vida por fuera de los mandatos de su tiempo. “La muestra revisa el legado del surrealismo desde una perspectiva de género, centrándose en la producción de artistas mujeres y disidencias sexuales, incluyendo miradas trans y no binarias”, señala el curador.
El título de la exposición retoma, con una inversión crítica, la expresión continente oscuro, utilizada por Sigmund Freud para referirse a la sexualidad femenina. Aquí, ese continente deja de ser un límite para el conocimiento y deviene espacio de potencia, desde el cual interrogar no solo el psicoanálisis, sino también las formas de representación.
El recorrido comienza con un núcleo dedicado a las representaciones del inconsciente y los estados límite de la conciencia. Allí se inscribe la pintura de Dignora Pastorello, donde lo naïf se cruza con lo onírico. El océano y la playa representan un espacio liminal entre la conciencia y el inconsciente. En esa línea, los fotomontajes de sueños de Grete Stern condensan visualmente ese pasaje entre lo vivido y lo imaginado. Hay una obra de Ana María Moncalvo basada en un poema de Alfonsina Storni. Se exhibe la única pintura conocida hasta ahora de Alejandra Pizarnik, firmada como con el seudónimo de Flor Alejandra.
La selección incluye además piezas de Elba Bairon, Valentina Quintero, Nora Correas, Rebecca Gitelzon, Cristina Schiavi y Fernanda Laguna.
Otro de los núcleos se centra en el interés de los surrealistas por la antropología y la etnografía. La fascinación por lo primitivo se traduce aquí en la presencia de figuras totémicas y referencias a culturas originarias en obras de Lucía Franco, Raquel Forner, Magda Frank, Alicia Penalba, entre otras.
En Ancestro mariposa, Penalba representa la potencia del cambio. Esa idea de transformación también se observa en otras piezas, donde lo animal y lo humano se entrelazan, como en El beso de las babosas, de Trinidad Metz Brea, magnífica escultura que condensa erotismo y extrañamiento.
La sección incluye piezas que dialogan con la historia material y simbólica de los cuerpos, como la pintura de Florencia Bohtlingk, vinculada al proceso de exhumación y exhibición de restos indígenas tras la Conquista del Desierto, y a su restitución, introduce una dimensión crítica sobre el archivo, la violencia y lo que la cultura decide mostrar u ocultar. Para el surrealismo, aquello que se descarta o se oculta, desde la ruina hasta lo abyecto, posee un potencial transformador.
Otro de los ejes de la exhibición indaga en la relación entre deseo y repulsión, donde lo cotidiano se vuelve inquietante: escenas domésticas atravesadas por elementos extraños, textos que desestabilizan la imagen, cuerpos que se deforman o se fragmentan.
En este núcleo dialogan obras de Graciela Sacco, Aída Carballo, Mildred Burton, Verónica Gómez, Mariana Tellería, Liliana Parra, Sofía Finkel, Florencia Rodríguez Giles, Liliana Porter, Catalina Oz y Nicola Costantino, entre otras.
La maternidad aparece en varias piezas como un territorio ominoso. En obras de Mónica Heller, Marie Orensanz y Emilia Gutiérrez y Florencia Marrapodi el propio cuerpo es espacio de extrañamiento y tensión. Esa cercanía entre fascinación y rechazo es una de las claves del surrealismo que la muestra recupera con fuerza.
El recorrido incorpora también un eje político. Obras realizadas durante la última dictadura, como las de Silvia Brewda, quien comenzó su serie Las ataduras en 1978. Josefina Auslender y Lucía Pacenza dan cuenta de prácticas artísticas que, incluso en contextos de represión, explora formas de expresión ligadas al cuerpo y a la subjetividad.
La tradición antifascista del surrealismo está presente con piezas de Mariette Lydis, artista austríaca que se radicó en la Argentina y produjo escenas de erotismo lésbico poco frecuentes para su tiempo.
El concepto de disidencia recorre toda la muestra, tanto en su dimensión política como sexual. “El surrealismo sirvió para explorar el erotismo, reinventar la vida, cuestionar la familia y el matrimonio”, señala Martínez Depietri. “Tiene un legado particularmente fuerte en artistas mujeres y disidentes”.
En esa línea se inscriben obras contemporáneas de Clara Esborraz, Metz Brea, Valentina Quintero, Ad Minoliti y Clara Esborraz, entre otras, donde el cuerpo, la identidad y el deseo se vuelven campos de experimentación.
Lejos de presentarse como un estilo cerrado, el surrealismo aparece aquí como una constelación en expansión. En tiempos signados por la lógica de los algoritmos, esta exhibición propone una experiencia singular: volver a ese territorio inestable, incómodo, y al tiempo fértil, que es el inconsciente. Un espacio donde, todavía, pueden imaginarse otras formas de vida.
Para agendar
Continente oscuro, hasta el 2 de agosto, en el Museo de Arte Contemporáneo de Buenos Aires (MACBA), Av. San Juan 328. Abierto todos los días, excepto los martes, de 12 a 19. Entrada general: $8.000; estudiantes, docentes y jubilados acreditados: $4mil pesos; menores de 6 a 12 años, $4.000. Miércoles: entrada general, $4.000.








