El juego
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Una mujer juega con un niño, y en la escena hay algo de ancestral, de instante ajeno a cualquier coordenada ligada al paso del tiempo, los pliegues de la geografía, las marcas de la historia, las mezquindades nuestras de cada día. Juegan en una terraza, en medio de una Katmandú abigarrada y asediada por el smog. Algo nos dice que a ellos, en este momento, les es indiferente el agobio urbano: hay espacio entre los dos, alguna planta deja ver sus hojas a los costados de la vivienda donde están y, aunque sin duda la ciudad bulle y despliega su estruendo de animal enojado, no hay ruido que pueda molestarlos. La mujer juega con un niño que podría ser su hijo, su vecino, su hermano pequeño; no lo sabemos, no los conocemos ni hablamos su lengua. Apenas los miramos con la distancia –y el respeto– del que sorprende un pequeño destello de intimidad.
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