El perfume del jazmín y de los ajos
La filosofía hace mucho se topó con un dilema. Si a lo único que tenemos acceso es nuestra propia mente, ¿cómo saber si existe algo más? ¿Y si todo lo que hay ahí afuera es solo una fabricación personal? Por supuesto, nadie cree que esto sea así, el problema es que el razonamiento no tiene fisura. La realidad nos llega intermediada. Cuando hacemos todas las cuentas, el balance final deja constancia de que la mente está conectada a eso que es (o que creemos que es) la realidad por medio de una matrix perceptual en la que no tenemos más remedio que confiar. De pronto, la ficción de la película no es sino una radiografía (iba a decir una foto) de esta circunstancia a la que somos lanzados desde antes de nacer y de la que no es posible desvincularse.
Pero esperen, las cosas están mal, pero no tan mal como para que nos refugiemos en los postulados del Solipsismo. Por el contrario, si lo único a lo que accedemos de forma directa es nuestra propia mente (la mente es algo con muchas definiciones, dicho sea de paso) y la realidad (parte de la realidad) es el resultado de innumerables estímulos sensoriales, entonces hay ahí, en esa red de percepciones, mucho paño para cortar. Porque no solo están los estímulos por sí, sino también la forma en que cada uno de esos estímulos nos afecta de forma individual y el modo en que se entrelazan y crean armonías y resonancias.
El mismo perfume que a alguien le parece bastante lindo a otra persona le disparará un ramalazo de dolor por un amor perdido décadas atrás. Y sobre esta estructura de complejidad incomparable, los humanos, que nunca estamos del todo conformes, hemos superpuesto la red simbólica del lenguaje. Usé la palabra paño más arriba. ¿Es sedoso, áspero, tibio, aterciopelado, ligero? No, no dije que fuera blanco.
Pienso desde hace mucho, cuando voy a la huerta y corto una hoja del orégano, del tomillo, del Plectranthus o del Pelargonium, en la facilidad con que identificamos cada descriptor aromático cuando sabemos qué planta es y la inconsciente asociación entre esos perfumes y lo que existe. Sin que nos demos cuenta, la lavanda es el perfume de la lavanda.
Pienso entonces qué ocurriría si quitáramos una sola pieza de este oceánico telar de estímulos. Por ejemplo, el ajo. ¿Cómo sería la realidad si le sacamos los ajos? Dejaremos el perfume de las violetas, del cuero, del café, del romero, de las rosas, de la tierra mojada y de la hojarasca húmeda; dejaremos las mandarinas y el melón, la canela, el clavo, el alcanfor y el yodo del mar ese verano en el que nos enamoramos por primera vez sin saber que eso era enamorarse. Dejaremos el cardamomo, la nuez moscada, el laurel, la cúrcuma –que hay que tostar primero en aceite caliente, y el olor de la cúrcuma así tostada–; nos permitiremos el perfume de todos los pinos y los azahares, de la ropa recién sacada del sol, del jazmín común y del jazmín del Cabo, que en rigor de verdad se llama gardenia. Permanecerán el pan, el sándalo, el cloroformo, el óxido y hasta el olor del arroz blanco recién hervido. Pero sacaremos de ese universo los ajos. ¿Cuánto de cada perfume existe por sí y cuánto existe por oposición, por parentesco o por contraste? ¿Cómo olerían los jazmines, si no existieran los ajos?
O al revés: cuando, por una viaje o por una feliz coincidencia, conocemos una nueva sensación, ¿en qué medida cambia nuestra percepción de la realidad? ¿Cambian, por ejemplo, nuestros sueños? Nunca había soñado con volar hasta la primera vez que me subí a un planeador, a los 22 años, y así fue mi primer vuelo, diferente, visceral, sintiendo la nave en el cuerpo, deslizándonos como un albatros en el viento y con la coronilla calcinada por el sol.
Recuerdo ahora, porque estos días a mi memoria se le ha dado por revolver el altillo, cuando mi abuelo me abrazaba y me daba alguno de sus consejos de vida, que respeté a rajatabla y que nunca me fallaron, y entonces me vuelve el perfume de mi abuelo, que era inconfundible y que al mismo tiempo ha quedado atrapado para siempre en mi mente. Pero existía. Doy fe.
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