
El socialismo y la globalización
Giuliano Amato, vicepresidente de la Convención Europea y Anthony Giddens, el teórico de la Tercera Vía, se ocupan en este debate de la necesidad de fomentar la convivencia de culturas distintas y de conciliar el nuevo capitalismo con la igualdad
1 minuto de lectura'
Giuliano Amato: Si extraigo el sentido del socialismo del contexto global de nuestras experiencias, no me parece correcto identificarlo con el anticapitalismo, y es con este espíritu como he leído las mismas instancias planteadas por los movimientos críticos de la globalización. Como ha demostrado nuestra mejor tradición del siglo XX, el socialismo no es el camino para abolir el capitalismo, sino para civilizarlo. A través de la lucha contra la discriminación, la redistribución de las ganancias, la creación de las instituciones del Welfare , el socialismo ha civilizado la economía capitalista, evitando que ésta se convirtiese en una máquina destructiva y unilateral. Y todavía hoy estamos frente a una evolución significativa del concepto mismo de socialismo, uno de cuyos mejores ejemplos es el New Labour . Porque si en una época los partidos socialistas representaban clases sociales bien definidas, los cambios estructurales de la sociedad nos han conducido a considerar no exclusivamente a las clases laborales tradicionales, a "aquellos que trabajan", como sujeto fundamental de nuestra acción política. Y se trata naturalmente de una diferencia sustancial.
Al mismo tiempo estoy convencido de que se debe evitar caer en disputas ideológicas que piden elegir entre libertad e igualdad, ya que el socialismo se propone adoptar a ambas. Creo que la atención que los socialistas, en primer lugar, reservan a los temas cruciales de nuestro tiempo, la formación de los recursos humanos y la instrucción, lo confirma. Nosotros buscamos la libertad y la igualdad porque el individuo es el centro de nuestras políticas: el ser humano como miembro potencial de una gran comunidad de iguales. Y lo hacemos teniendo como referencia la creación de una sociedad equitativa.
Anthony Giddens: No se puede negar que existe una continuidad con las ideas del pasado, pero tiendo a pensar que el socialismo, en tanto doctrina signada por la lectura del capitalismo como sistema irracional, está sustancialmente muerta. De hecho, la izquierda reconoce ahora que el mercado es el mejor contexto para llegar a concretar una economía eficaz y racional. La cuestión por resolver gira más bien acerca de los modos de conciliar, en la realidad de la globalización, una economía competitiva con una sociedad igualitaria. Los movimientos antiglobalización representan, no tanto la clásica suma de tesis anticapitalistas, sino más bien una especie de infantería de las organizaciones no gubernamentales: estas organizaciones, que trabajan en una dimensión global para obtener los cambios significativos del estado del mundo, constituyen los principales elementos de novedad en los últimos treinta años. Los grupos anticapitalistas no son sino los márgenes de un disenso mucho más arraigado, que refleja la ausencia de equilibrio en la sociedad globalizada entre los tres componentes necesarios para obtener una sociedad equitativa, o sea, una sociedad dentro de la cual una economía de mercado eficiente debería estar compensada por una sociedad civil profundamente humanizada, balanceada a su vez por un gobierno responsable.
Amato: Aunque no podemos esperar que lleguen soluciones mágicas de Europa, Europa es ahora indispensable para nosotros, ya que hoy estamos constreñidos por necesidad, y no por elección ideológica, a confiar en sistemas de gobierno transnacionales, que representan el único camino por recorrer en un mundo globalizado con el fin de dar soluciones a aquellas múltiples dimensiones de la accion humana que ya no encuentran suficiente espacio en el interior de las jurisdicciones nacionales. Una de las consecuencias de un mundo sin fronteras es precisamente el claro redimensionamiento del poder de los Estados nacionales, que preocupa y asusta a una parte de nuestros ciudadanos. Nosotros, los europeos, debemos considerarnos afortunados porque nuestra historia nos confía una arquitectura transnacional que nos provee los instrumentos para seguir adelante, y esto se ha hecho todavía más claro después del 11 de septiembre.
Ciertamente, antes debemos recomponer la divergencia entre la percepción común de la misión confiada a Europa y la de las complejas maquinarias que permiten concretamente su realización. Por eso tengo confianza en el trabajo de la Convención para la reforma de la Unión. Partiendo de la conciencia de que lo que más importa son las expectativas de la opinión pública acerca de Europa, es preciso superar la disputa ideológica sobre la "meta final" de la construcción europea. El punto fundamental es el proceso de la construcción europea y ese proceso debe continuar adelante colocando en su centro las necesidades reales de los ciudadanos.
Giddens: Estoy de acuerdo: lo que cuenta es verdaderamente el "proceso", y sería un error concentrarse demasiado en los mecanismos técnicos de la construcción europea. El punto de partida son los ciudadanos europeos, y lo importante es que Europa logre encontrar sus necesidades y sus expectativas para el futuro, con un proyecto que tome en cuenta el contexto internacional que tenemos delante de nosotros desde el fin de la guerra fría y las diferencias de las finalidades que este contexto requiere respecto de los años cincuenta. La posición de Gran Bretaña en relación con Europa y el euro depende, de hecho, de la percepción que la opinión pública tiene de las consecuencias económicas y sociales de la adhesión a la moneda única. Los últimos sondeos demuestran que la mayoría de la población puede ser definida como "eurorrealista", es decir, no incondicionalmente filoeuropea ni favorable a la moneda única, pero consciente de que Gran Bretaña debe ponerse a tono con Europa. Y eso demuestra un cambio evidente de tendencias en mi país. De todos modos, un referéndum sobre la adhesión al euro tendría un significado político decisivo y el Labour no puede permitirse perderlo.
Sin embargo, no debemos olvidar que Europa no es un Estado y que sus políticas pasarán siempre a través de las instituciones comunitarias que dan forma a la genuina colaboración entre las naciones. Después de los atentados terroristas de septiembre, Europa ya puede delinear un aproximación distinta a la globalización y por lo tanto, a la convivencia entre las distintas culturas. La centroizquierda debería declararse a favor de la globalización, pero sobre la base de un significado más amplio del concepto. Pienso en la absoluta necesidad de afrontar los problemas planteados por la globalización de la economía, frente a los cuales la izquierda no debe batirse en retirada sino buscar soluciones que traduzcan en el nivel internacional los valores de inclusión y dependencia que ya aplica a nivel nacional. La relación entre la violencia y el nuevo orden global requiere una concepción distinta de la seguridad, frente al surgimiento de una combinación inédita entre guerra, terrorismo e internacionalización de los conflictos. Es por lo tanto un deber de la centroizquierda afirmar en el seno de la comunidad mundial los valores cruciales sobre los cuales ya funda sus políticas nacionales.
Amato: Esos valores que son también un excelente antídoto contra las excesivas limitaciones de las libertades civiles determinadas por la necesidad de seguridad. También en esto radica la diferencia respecto de la centroderecha, donde hay un fuerte extremismo unilateral que no logra separar ni distinguir los distintos problemas en juego. El comportamiento propio de la centroizquierda tiende en cambio a la distinción y por eso desde el comienzo de esta crisis internacional hemos subrayado la diferencia entre el terorrismo y el Islam. Nosotros sabemos distinguir, y eso es esencial para defender los valores de la coexistencia en el mundo.
La misma actitud es válida para el uso de la fuerza militar. Que aun cuando se la considere como un paso necesario, es siempre un instrumento que en primer lugar debe estar estrechamente vinculado al principio de la proporción, y no puede prescindir después de la acción de la política, que debe reconstruir sobre las ruinas la comunidad destruida, volver a tejer las relaciones humanas e instaurar o restaurar la democracia. Este es también nuestro modo de distinguir, de aislar al enemigo y de involucrar a todos los otros en un tejido respetuoso de la diversidad y, conjuntamente, de los fundamentales valores comunes.
(Traducción Hugo Beccacece)






