"El teatro estaba lleno de gente que deliraba"

Por Lydia Lamaison
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16 de agosto de 2008  

Yo fui la primera Doña Disparate. Es uno de los recuerdos más emocionantes de mis noventa y dos años de vida No, nunca había hecho teatro para chicos María Elena es una mujer tan inteligente que divertía a los chicos por una razón, y encantaba a los padres por otra. Canciones para Mirar había sido una serie de "números"; Doña Disparate y Bambuco es la obra de una gran dramaturga de avanzada La obra no tiene trama, por ejemplo; es como un sueño, nos va llevando de la Argentina a París y de París a la obra de Leonardo da Vinci con una absoluta libertad de imaginación Como en Shakespeare, no había escenografía todo se creaba con palabras y con gestos Además, ¡qué conjunción de talentos! Leda y María, unas juglares maravillosas a las que bastaba mirarlas y sentir la magia María Herminia Avellaneda, que logró que nosotros cuatro -sobre todo Osvaldo Pacheco, que era un Bambuco entrañable, un poco la personificación de la infancia- creáramos esos personajes tan peculiares partiendo de palabras únicas Y sobre todo, ¡nos hizo volvernos mimos ! No pasaba ningún río por el medio del escenario, claro, pero llegó un momento en que sólo me daba cuenta ¡cuando me caía en él y me daba unos golpes ! El teatro siempre estaba lleno de bote en bote de gente que deliraba, pero ¿sabe cuál era el momento en que la gente aplaudía más? ¡Cuando el Mono Liso veía pasar corriendo a la naranja invisible ! Yo soñaba con que Marcel Marceau viera la obra. Estoy segura de que se hubiera enamorado de ella. Y voy a estar siempre agradecida a María Elena por mi personaje que era un amor, a pesar de su apariencia adusta ¡Qué mandona más simpática! Lo quiere mucho a Bambuco, ¿se fijaron?, sólo que lo tiene a raya. No le importa nada si a los demás su formalidad le resulta ridícula. ¡Ella es de una pieza, y esta tranquila con su conciencia! Me acuerdo de la escena en que pone la mesa mientras suena la "Canción de tomar el té". ¡Por indicación de María Herminia, yo ponía los platos, las tazas, la tetera, las cucharitas; servía los metequetes -todo invisibles, claro- con una prolijidad de confitería de lujo! Y terminaba alisando las arruguitas del mantel. ¡Mucho mejor que yo en mi casa ! Después escribía en público y leía esas maravillosas rasnuflias ¡Qué mujer completa!

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