Elogio del coleccionismo
En el Museo Nacional de Bellas Artes, Alberto Elía y Mario Robirosa exhiben su colección formada en los ochenta
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Cordobés de nacimiento, Alberto Elía descubrió su amor por el arte en un viaje de juventud, de visita en el Museo Metropolitano de Nueva York, donde vio una muestra de Degas. Ante su asombro se multiplicaban las bailarinas prodigiosas y suspendidas por la magia del pincel, o congeladas en el bronce de la escultura. Fue becario Fullbright, trabajó en la Cancillería y luego en el instituto Di Tella. Tras una breve estada en Paris define que su vocación estaba más cerca del área cultural que de las Ciencias Políticas y toma la decisión de abrir una galería de arte; primero en un departamento de la calle Junín para mudarse años más tarde, asociado con Mario Robirosa, al encantador local de Azcuénaga casi La Heras.
Este recorrido vital de Alberto y Mario es el punto de partida de la colección que se exhibe en la sala 29 del Museo Nacional de Bellas Artes. La selección lleva el sello del gusto personal, teñido por el compromiso de apostar por la obra de los artistas que producían en el tiempo y en el momento que ellos comenzaron a comprar.
Sin embargo, recuerda Alberto Elía en el prólogo del muy buen libro editado para acompañar la muestra, la primera compra fue un Boxeador, de Jorge Larco, adquirido en un remate porteño, tras una rápida puja seguida con los nervios propios del debutante. La elección resultó un acierto: pagó por el cuadro 160 dólares y con el tiempo llegaron a ofrecerle la friolera de 150.000 dólares. Sin embargo, convicción de coleccionista al fin, el Larco sigue siendo la nave insignia de la colección y el eje para sumar a lo largo de los años trabajos pintados varias décadas después. Sin perder de vista la tradición pictórica argentina, surgió la línea que definiría el conjunto: la producción experimental de los sesenta y setenta, y el neoconceptualismo de los ochenta y noventa.
Con su proverbial buen humor, Alberto Elía regala la mejor sonrisa para admitir que un día, no hace tanto tiempo, descubrió que habían formado una colección de arte argentino contemporáneo digna de las paredes de un museo.
La experiencia de la dupla Elía & Robirosa abona la idea de que coleccionar arte no es una empresa que toca sólo a la puerta de un millonario, sino, mucho más, cuestión de tiempo, paciencia y, sobre todo, de amor al arte. Obras de Pablo Suárez, Josefina Robirosa, Marcia Schvartz, Lavallén, Yuyo Noé, Jorge Macchi, Luis Wells, Gorriarena, Eckell, Alicia Carletti, Hugo Soto, Minujín, Dompé y Cambre, entre otros, conviven con armonía en el espacio de la sala del Bellas Artes. En la alternancia de la eleccíon y en la convergencia del gusto están el espíritu del galerista cordobés y la sensibilidad del arquitecto Mario Robirosa, integrante de una familia donde el arte es materia cotidiana.



