En los '70, Berni expuso en Caracas y adelantó el conflicto social en Venezuela
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Setiembre de 1977. Caracas es la ciudad capital de lo que el mundo (y un libro escrito por Sanín) ha dado en llamar Venezuela Saudita. En la tapa de ese libro se ve al presidente Carlos Andrés Pérez, alias CAP o El caminante, ataviado como un sheik árabe. Como un emirato insertado en el caribe sur, el país sacaba rédito de la "crisis del petróleo" aprovechando la decisión de la medialuna árabe de cerrar la canilla para Estados Unidos y cualquier país occidental que hubiera apoyado a Israel en la guerra de los seis días. La tormenta política repercutió en una lluvia de petrodólares para Venezuela que, en ese año de la primer presidencia de Pérez, alcanzó el PIB per cápita más alto de su historia. Un hito socioeconómico desde el inicio de la modernización en la década de los 50 cuando el país había duplicado la producción de barriles diarios de petróleo y por cuatro años, entre 1952 y 1956, tuvo el crecimiento más pronunciado de todo el hemisferio occidental.
Entonces, la ruta migratoria era a la inversa. Los venezolanos que hoy se desparraman por toda Sudamérica hasta alcanzar Buenos Aires escapando de una catástrofe económica y política recibían a los argentinos que tenían que exiliarse en el peor invierno de la dictadura militar. En ese contexto es que Antonio Berni desembarcó con su arsenal iconográfico a medir fuerzas con una escena que por efecto del abrupto modernismo arquitectónico se había decantado por el arte geométrico y abstracto.

Berni venía de exponer en la galería Bonino de New York cuando recibió la invitación del Museo de Bellas Artes de Caracas, que entonces mudaba sus salas de un edificio neoclásico a otro brutalista, para hacer una muestra retrospectiva como en Buenos Aires no había tenido desde la de 1965 en el Di Tella. La necesidad de embalar las obras vía aérea puso a Berni en la encrucijada de aceptar los auspicios del gobierno argentino que rápido de reflejos transformó el envío en oficial. Marta Traba, una de las críticas argentinas más influyentes que entonces vivía en Colombia, expresó en voz alta una opinión que circulaba sotto voce entre los exiliados argentinos: Berni se había vuelto un artista del régimen. En una columna publicada en Caracas escribió entonces: "La vulgaridad se ha apoderado de esta obra quitándole su poder contestatario. O es que ya ha renunciado a ese poder, como parece haberlo demostrado el inadmisible hecho de ser patrocinado por la Embajada Argentina, representante de una dictadura cuya filosofía y práctica nazifascista ha superado los peores modelos europeos". Aunque la obra lo redimía a todas luces de ser un pintor oficial, Berni sintió necesario entonces hacer un descargo en su cuaderno de notas que se publicaría recién en 1999. "Expuse en Venezuela como pintor y no como político. Tengo pasaporte argentino, he sido invitado por el museo de Caracas y mis trámites se hicieron a nivel de consulado. Si esto es signo de fascismo se puede decir que 25.000.000 de argentinos, por manejarse con documentos de identidad oficiales, son también fascistas, utilizando la interpretación de esa señora neurótica, convulsionada y gritona".
La polémica quedó instalada y la muestra de Berni en Caracas no pudo escapar a la coyuntura del destierro. Sin embargo, a ojos futuros, resultaría más importante lo que el rosarino hizo en Caracas de manera casi íntima y artesanal que lo que fue a mostrar. En la capital de la Venezuela Saudita, Berni que, literalmente no paraba nunca de producir, ejecutó una serie de pequeños collages en papel donde advirtió la malformación profunda de la petrodemocracia caribeña.
La artista Elda Cerrato pasaba entonces su segundo exilio en Caracas y era una referente de la colonia argentina. Recuerda haber visto la muestra de Berni en el Museo de Bellas Artes, pero también tuvo registro de esta producción silenciosa. "Cuando nos cruzamos en el Museo de Bellas Artes de Caracas, la mañana del día de la inauguración de sus grabados no había casi nadie aún. Lo acompañamos bastante luego a él y a Sunula (su última mujer), en encuentros casi cotidianos. Recuerdo que una vez que pasé por su hotel a la vuelta de Plaza Venezuela, estaba armando collages con papel glacé que le había conseguido, frente a la ventana abierta, construyendo a todo color el paisaje de los ranchos tapizando el cerro", dice a LA NACION.

En esos collages de pequeños formato, Berni superponía el modernismo de los rascacielos y las autopistas con sus enormes carteles publicitarios a la vida secreta de los cerros que rodean Caracas: visiones de un subdesarrollo soterrado. Imágenes de una bomba de tiempo sociopolítica que no estaban presentes en el arte venezolano. Estas delicatassen de Berni no se vieron sino hasta el invierno de 2004 cuando se mostraron en el Museo Metropolitano (inexistente hoy) en la muestra "El paisaje de Berni. ¿Solo paisaje?". Entonces pasaron ligeramente desapercibidas, al punto que en el texto curatorial ni siquiera hay referencias a su paso por Caracas. Hoy, claro, con la Venezuela Saudita exhausta, cobran otra relevancia. Basta detenerse en la que llegó a la tapa del catálogo. Híbrido de fotocollage y témpera muestra en la parte superior un dormitorio de la alta burguesía que parece sacado de una fotonovela. En el centro, Berni pinta las entrañas del cerro arrancadas por una máquina excavadora. Y en el extremo inferior, la vida indigna de una chabola. El paisaje natural y exuberante del espejismo petrolero se revela en estos mini Bernis en disputa. El final de la Venezuela Saudita ya estaba cifrado en estas piezas inadvertidas.
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